Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Febrero 2017
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Capítulo XII

El Cholo señala la cúpula. Una gigantesca compuerta se está abriendo lentamente desde el centro hasta la base. Una luz cegadora y un disparo de nieve nos alcanzan.
– Ojalá que nos lleve la muerte –completa por lo bajini Dakota.
– Tampoco hay que ponerse así –comento yo–. Creo que tenemos visita.
En efecto, un enorme artefacto metálico desciende a través de la abertura, girando con suaves movimientos que nos resultan inverosímiles para su tamaño y presumible peso. Supongo que es una nave espacial, pero me cuesta creerlo porque soy de ciencias oficiales. El Cholo, que es muy ortodoxo en este aspecto, intenta hacerme cambiar de opinión.
– Ese chisme, aunque parezca un platillo volante, no es más que un dron forrado de papel aluminio y sujeto con hilo de nylon. Seguro que nos quieren gastar una broma los militares de esta base.
Discrepo. Mide casi cincuenta metros de diámetro y, según aterriza, pulveriza los estratos paleolíticos con los que roza su estructura sin mostrar el más mínimo rasguño. Ya está en el suelo, en el centro de la gran explanada. El Cholo recula hacia posiciones algo más heterodoxas.
– Este trasto no se aparca al toque si el piloto no tiene seguro a todo riesgo. Otra prueba de que probablemente son humanos.
No hay militares. No estamos en una base cualquiera. No es una máquina concebida en la Tierra. El exterior del platillo tiene el aspecto del acero inoxidable sin pulir. La nave permanece posada sobre su vientre, en espera de ser desenergizada. Los rigelianos, que llenaban la explanada, se han apartado a un lado, curiosos y expectantes, pero parecen saber qué está ocurriendo. Y también Dakota.
– En este modelo de pasajeros la entrada se encuentra en la parte superior, desde donde se puede acceder a los tres niveles internos. En el inferior se encuentran los llamados ‘amplificadores de gravedad’, además de las guías de onda. El reactor en este tipo de ingenios suele estar situado directamente sobre los amplificadores, en el nivel central, donde además se encuentran los sistemas de control de discos y los asientos para los tripulantes. El Pentágono no dispone de información del nivel superior, cuya tecnología se mantiene en secreto por parte del contingente alienígena.
De repente se calla, lo que resulta un alivio. Al desenergizarse la nave el panel del nivel superior se ha vuelto transparente, lo que permite ver en el interior a los viajeros como si fuera una ventana. Los recién llegados están pegando los hocicos a este extraño material, en lo que parece ser un diseño que involucrara algún proceso de inyección de aire sobre material derretido y luego enfriado.
– ¿Más rigelianos de vacaciones en nuestro planeta? –pregunto al aire esperando respuesta.
– Creo que no –contesta Dakota que observa igual que yo como los cabezones grises que nos rodean han comenzado a chillar. El escándalo es insoportable.
– Juanillo, por Dios bendito, ¡haz que se callen!
Juanillo hace algunos cambios, pero no surten efecto. Los visitantes comienzan a descender por las escalerillas de su aeronave, observándolo todo con aire de superioridad.
– ¡Reticulianos! –grita Dakota–. Estamos de suerte.
No veo la razón. Han comenzado a chillar como sus primos y esto parece una competición de papagayos. Me va a estallar la cabeza como siga subiendo la frecuencia del berreo. De repente, el silencio. Unos cuarenta reticulianos, también grises y cabezones pero un poco más agraciados que sus congéneres rigelianos, están alineados en perfecta formación junto a la nave. Nos miramos. Nos miran. Al final nos ponemos de acuerdo y todos fijamos la vista en la escotilla principal, por donde comienza a asomarse el que parece ser su comandante en jefe. O lo que sea en su maldito planeta. No doy crédito.
– ¿Pepe? ¿Pepe el Manco? –le grito.

Tras los primeros minutos de lógica confusión, Pepe y yo nos fundimos en un abrazo. Él hace todo lo que puede al respecto, que no es mucho, pero le noto contento a pesar de todo.
– Entonces –le interrogo–, ¿no terminaste ahogado en el fondo del mar?
– Ya ves que no –me dice–. Aunque en realidad no sé cómo sobreviví. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento como consecuencia del hambre y la fatiga, es un enorme tornado que se formó en medio del océano. Cuando desperté me encontraba lleno de ventosas adheridas por todo el cuerpo y conectadas a cientos de cables entrando y saliendo de extrañas máquinas, en el centro de una enorme cúpula dentro de una ciudad submarina inimaginable. Poco a poco me hice comprender por sus habitantes, y ellos me consideran ahora una especie de dios.
Aquello sonaba muy parecido a lo que nos había contado Juanillo, que se había alejado por un momento de nosotros para intentar animar a los suyos, que eran presa fácil de calambres y otras afecciones similares. Dakota nos interrumpe.
– Aquí hay problemas –comienza a decir–. Estos alienígenas puede que sean primos, pero parecen cuñados.
En efecto, un rigeliano de marcados músculos y extraño tupé se estaba encarando con uno de los reticulianos más chillones.
– Te espero en mi planeta, si tienes huevos.
– ¿Tu planeta? –le responde el reticuliano desafiante–. Estás desahuciado tú y los tuyos. Ya lo hemos parcelado y vendido a un fondo buitre.
El manco tiene que intervenir. El Cholo está que lo flipa.
– Compañeras y compañeros –se arranca aquel que conociera en su día como el Moro en la lejana tierra cartagenera, y que tantas ínfulas tenía–. Estamos aquí para mirar adelante, para construir el futuro, para crecer y para sumar.
Lo de crecer parece que gusta tanto entre los rigelianos como entre los reticulianos. También todos quieren sumar, especialmente los rigelianos. Un empate es mejor que nada y el visitante es un equipo muy complicado.
– Cabezonas y cabezones –continúa Pepe dirigiéndose a su tropa que, por cierto, es hermafrodita al completo–. Este es un proyecto ilusionante para toda la ciudadanía, y desde la responsabilidad y el talante conciliador que me distinguen, yo me comprometo a que cuando gobernemos haremos de esta tierra un lugar mejor, más seguro, más libre y más democrático, donde todos tengan cabida con independencia de sus creencias, de su raza, de su religión, de su afición o del tamaño de su mollera.
Poco a poco está perdiendo la pinza, pero logra el objetivo de captar la atención de todos. Un chiquitajo reticuliano de segunda fila se pone de puntillas para ver mejor al orador.
– Os lo dije, ¡ya estamos creciendo! –grita, señalando al cabezón empinado. Este, emocionado, le responde:
– Todos somos contingentes, ¡pero sólo tú eres Imputado!
Una estruendosa ovación resuena en el recinto semiesférico:
– ¡Imputado! ¡Imputado! ¡Llévanos contigo en las listas!
Pepe se baja del improvisado atril –un reticuliano agachado como una mesa de noche– estrechando todas y cada una de las extrañas extremidades que se cruzan en su camino. Se le nota en su salsa. Apenas puede llegar hasta nosotros, tal es el fervor de sus simpatizantes.
– Ya veis –nos dice–. No es tan difícil tratar con ellos.
Luego nos explica algo que ya intuíamos. Al igual que los rigelianos, los reticulianos son telépatas, y estos últimos han tenido la dudosa fortuna de sintonizar sus comunicaciones con los debates políticos televisados. Mientras tanto, las discusiones entre unos y otros enanos continúan.
– Hay que respetar la presunción de inocencia.
– Es un penalti de manual.
– Que decida la justicia.
– El juez de la contienda dice que ha metido la mano.
– Respetamos, pero no compartimos la decisión judicial. Puede que haya metido la mano, no será ético pero es legal. Presentaremos recurso.
– Eres un sinvergüenza.
– Y tú un cabrón con pintas.
Hastiados de la conversación, y a sugerencia de Dakota, nos retiramos a echarnos unas Coca-Colas y un pequeño refrigerio. Ya se cansarán.

2016-01-24 21:54 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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