Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





enrique.joven@gmail.com
eJoven

Categorías:

Archivos:

<Junio 2017
Lu Ma Mi Ju Vi Sa Do
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30    
             

Documentos:


Blogalia

Capítulo XI

Aquel lugar dejaría sin aliento a cualquiera. Especialmente a Dakota, porque ha sido entrar allí y tener que empezar a bajar por tramos de escaleras interminables. Los peldaños están esculpidos en roca viva, una vez que la profundidad ha convertido el hielo en estratos de rocas de una época geológica remota, totalmente ignota para mí. Tampoco el Cholo parece poder identificar la antigüedad y naturaleza de la enorme caverna en la que nos vamos adentrando. Este oscuro mundo interior, cuya existencia desconocíamos apenas unas horas atrás, nos atrae de forma irremediable y no podemos dejar de avanzar y avanzar. Tanto es lo que avanzamos que terminamos por perder la cobertura. Juanillo va delante cómodamente sentado en unas parihuelas portadas por sus esclavos, siempre sonriente, abriendo camino rodeado de su cohorte de incondicionales rigelianos.

– Más cojones, hatajo de cabezones –les anima–. Hay que dejarse la piel en el campo.
– ¿Podemos descansar y abrir ya una Coca-Cola? –suplica Dakota. Está bañada en sudor y apesta. Los rigelianos no se apartan de ella como hacemos el Cholo y yo, de lo que colegimos que los orificios que tienen en el lugar de la nariz no llevan asociado el sentido del olfato. Eso que ahorran en colonias, que además llevan rapado al cero el pelamen. Nos detenemos a un gesto de Juanillo, que teme que Dakota enfurezca y le destroce la pierna buena. La temperatura ha subido más de veinte grados respecto a la que teníamos en la superficie. Posiblemente nos hallemos cerca de algún tipo de magma convectivo asociado a la naturaleza volcánica de esta franja antártica. Cada vez hace más calor.
– Míster –pregunta un rigeliano a Juanillo–. ¿Cuándo sudaremos nosotros la camiseta?
Juanillo se encoge de hombros. Aunque lleva unas semanas viviendo con ellos, imagino que no ha tenido tiempo de comprender en profundidad la fisiología de estos extraños seres. El Cholo y yo, que somos licenciados en despreciables ciencias oficiales, vamos anotando mentalmente las características morfológicas más reseñables de los pelones grises.
– No huelen, no sudan –me dice–. Seguro que no follan tampoco.
– Seguro –afirmo–. Ya has oído a Dakota que son clones.
– No creas todo lo que dice ese troll –me extraña su calificativo en un presunto enamorado como él–. Esto no parece una base yanqui ni de lejos.
En efecto, no lo es. Las paredes están llenas de bajorrelieves interminables que representan extrañas escenas, pobladas de seres indescriptibles llevando a cabo actos inenarrables. También hay horrendos grupos escultóricos, columnas imposibles, capiteles y frontispicios que parecen desafiar la fuerza de la gravedad en incomprensibles equilibrios…
– Rarito sí es el sitio –comento, sin poder apartar la vista de lo que me rodea–. Dakota se acerca a nosotros sorbiendo aliviada su refresco, ensimismada como yo en la contemplación de la peculiar decoración mural que van descubriendo nuestras potentes linternas. Súbitamente, grita.
– Oh my God! ¡Es igual que en el libro!
Algunos rigelianos se vuelven con cara de pocos amigos y rodean a Dakota, que no termina de comprender por qué se han enfadado.
– Supongo que sus creencias religiosas son muy diferentes a las nuestras –nos susurra intentando disculparse. Pero Juanillo interviene para evitar que llegue la sangre, o los fluidos verde viscosos, al río.
– No te preocupes, Dakota. Que yo ya me he encargado de evangelizarles y de que abracen la verdadera fe, y ellos rezan y se santiguan tres veces antes de entrar al campo como Dios manda. Pero no les menciones libro alguno, ten un poco de cabeza. Son muy sensibles.

En efecto, algunos de ellos están tirados en el suelo, en un intento desesperado por aplacar la picazón producida por unas extrañas ronchas rojas que repentinamente han cubierto su peculiar piel gris. Juanillo hace unos gestos y a sus órdenes dos de ellos desaparecen por un corredor, para regresar poco después cargados con dos enormes cubos llenos de un extraño líquido color mierda. No sólo parece mierda, sino que huele igual.
– Es su comida –nos aclara Juanillo–. La elaboran con excremento de focas, principalmente.
Ahora son ellos los que gritan alborozados, mientras comienzan a untarse el pestilente mejunje como si fuera bronceador. Unos a otros, desde la cabezota a los pies, ya sean estos dos o cuatro. Dakota tenía razón y nos lo recuerda.
– Debe de ser la sopa celular biológica con la que se alimentan a través de la piel –se reafirma–. Y aprovechando que están entretenidos absorbiendo el bien merecido tentempié –continúa–, sigamos examinando estos grabados.

Nos señala uno particularmente extraño y enorme. Ni en la escultura decorativa de la rotonda humana más abyecta podría uno nunca imaginarse algo así. En él parece representarse una gran masa viva en forma de cono, que podría tener unos tres metros de altura y otros tantos de diámetro basal. De su vértice nacen cuatro tentáculos flexibles, de unos treinta centímetros de longitud, que pienso podrán retraerse hasta casi desaparecer o, por el contrario, alargarse hasta alcanzar más de cuatro metros. Dos de ellos terminan en pinzas, y en el extremo del tercero hay cuatro apéndices rojos en forma de trompetas, estando el cuarto terminado en un globo irregular amarillento, de medio metro de diámetro. De la parte inferior de esta cabeza cuelgan unas excrecencias o palpos verdosos, que parecen antenas. La gran base del cuerpo cónico está orlada por una forma gris en apariencia viscosa, elástica y contráctil, que a buen seguro constituye el aparato locomotor del sujeto.
– Igual que una de las representaciones que aparecen en el manuscrito Voynich. No hay duda de que este libro y el desaparecido Necronomicón tienen el mismo origen. O son la misma cosa, quién sabe.
– Hay un problema con este grabado tuyo tan bonito –le interrumpo irónicamente.
– ¿Cuál es? –preguntan al mismo tiempo Dakota y el Cholo.
– Que no es un grabado. Es un bicho empotrado en la pared.
Y acto seguido le meto una patada con toda mi alma a uno de los apéndices que presenta en forma de trompeta. La figura se retuerce y estira algunos de los tentáculos fuera del muro, intentando alcanzarnos, aunque sin éxito. Sin embargo, un rigeliano despistado es atrapado por la enorme criatura primordial. El monstruo desaparece con su pequeña víctima a través de la roca ante nuestros ojos estupefactos.
– Nada como una Coca-Cola bien fría. Vámonos ya –comenta claramente acojonada Dakota. Mucha bravuconada, pero a las primeras de cambio ya ha renegado del apellido Norris.
– Mejor será que sigamos –dice también Juanillo tras contemplar la escena–. A caminar todos.
Aunque él no pone un pie en el suelo, porque cuatro rigelianos se apresuran diligentemente a portar su camilla. Como tienen la barriga llena, lo hacen de buena gana. Nosotros nos quedamos en silencio y reanudamos la marcha tras los rigelianos, que parecen satisfechos con el yantar a pesar del susto y la pérdida de uno de los suyos de forma tan imprevista. Juanillo le quita importancia.
– No es la primera vez que pasa esto –nos dice–. No sé qué son esas cosas, vienen y se van.
– Y ellos, ¿lo saben? –pregunta Dakota con curiosidad.
– Creo que sí, pero no quieren explicármelo. Se limitan a decirme que unas veces se gana y otras se pierde, y que no hay enemigo pequeño.
– Pequeño no era, desde luego –constato.

Al cabo de una hora larga más de caminata hemos llegado a lo que parece ser nuestro destino final. Ante nosotros hileras interminables de cabezones grises entran y salen por cientos de galerías horadadas en las paredes, en lo que parece ser una enorme encrucijada de caminos convergiendo en la gran explanada que tenemos bajo los cansados pies. Por encima de nuestras cabezas, a unos veinte metros de altura, entra rabiosa la luz del sol, filtrándose por una enorme bóveda de hielo azulado que aparece cubierta de nieve en buena parte de su superficie.
– Rediós –exclamo en forma castiza–. ¿No es la misma cúpula por la que entramos hace más de tres horas?
– En efecto –me aclara Juanillo–. Hemos dado un pequeño rodeo para llegar hasta aquí abajo, pero no he podido hacerles comprender todavía el concepto de ascensor. Si os sirve de consuelo, os diré que hemos dado la vuelta al mundo en estas tres horas. Ríete de Julio Verne y sus libros.
Al oír reírse a su líder de los odiados libros, muchos cabezones le imitan estallando en unas risotadas horrísonas. La enorme cavidad resuena de forma terrible, y tenemos que taparnos los oídos para poder soportarlo. Ellos no, así que seguimos tachando órganos sensoriales de su peculiar fisonomía. Dakota está muy rabiosa con el asunto del garbeo, pero se contiene. Sabe que si lesiona nuevamente de gravedad al Míster tendría que enfrentarse con un ejército innumerable de rigelianos, y no procede. De momento.

– ¿Y eso?

2016-01-14 20:32 | Categoría: | 1 Comentarios | Enlace

Referencias (TrackBacks)

URL de trackback de esta historia http://precario.blogalia.com//trackbacks/76084

Comentarios

1
De: Enrique Fecha: 2016-01-14 20:43

Me quedan un par de entregas más ya preparadas...
Y la historia está sin terminar. Así que anímate a comentar algo.
Supongo que ahora se pone complicado manejar los capítulos en la pantalla, pero al terminar la serie pondré un fichero para descargar en un lector electrónico. Por si apetece llevarlo de viaje o algo.

saludos, Enrique



Nombre
Correo-e
URL
Dirección IP: 54.196.117.47 (8d0319b13a)
Comentario

© 2002 - 2003 joven
Powered by Blogalia