Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Febrero 2017
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Capítulo IX

Partimos al día siguiente. Dakota ha conseguido para nuestro peculiar viaje una espectacular autocaravana adaptada a la nieve, con esquíes en lugar de ruedas, de la renombrada marca paramilitar Sky-Hummer. Es el modelo más vendido en Alaska porque tiene de todo, incluso un habitáculo pensado para repeler un ataque de zombis, llegado el caso. Éste es su mayor gancho comercial. Me viene de inmediato a la cabeza el Cholo y suspiro con alivio. No sé cuándo podrían repetirse sus pulsiones caníbales. De todas formas, es improbable que pasemos hambre, porque nuestra guía y mentora no se ha quedado corta con el avituallamiento. He contado no menos de un millar de cuarterones de hamburguesas de vacuno en la baca. Curiosamente, en el McDonald’s utilizan las mismas unidades que mi ya mencionado abuelo Eusebio. Un cuarto de libra es un cuarterón, y los cinco pavos que cuestan son como cinco palomos de la época. Emprendemos ruta hacia el noroeste.

No tenemos una referencia exacta, pero por alguna parte hay que empezar. Dakota conduce y el Cholo está sentado a su lado, revisando en el ordenador de abordo el ‘Google Earth’. Da la impresión de que ya todo está perfectamente cartografiado y de que, posiblemente, la extraña cordillera que dijeron haber descubierto los integrantes da la antigua expedición Pabodie-Dyer no haya existido nunca. Pero esto es grande de cojones y ante nosotros se extiende un inmenso mar blanco, así que no damos nada por perdido de antemano.

– La expedición de mi bisabuelo comenzó en el puerto de Boston en septiembre de 1930 –nos ameniza el trayecto Dakota, que es muy buena contando historias siempre y cuando no salpique trozos de carne picada durante la cháchara–. La organización fue muy laboriosa y costosa, pero no les faltó el dinero. Un mes después, exactamente el día 26 de octubre, el ‘Miskatonic’ llegó al continente helado. Desembarcaron en la ribera de la bahía de MacMurdo, donde más adelante se instalaría la mayor base permanente antártica estadounidense.
Al igual que narraran aquellos valientes, también nosotros nos sorprendemos con las vistas que aparecen ante nuestros ojos. A lo lejos vemos grandes picos envueltos en misterio, pero el chivato del GPS no deja de informarnos de su posición exacta, altitud, temperatura, nombre oficial y nombre coloquial. Los enormes volcanes gemelos Erebus y monte del Terror –que se alzan imponentes en la lejana isla de Ross–, aparecen también denominados como Pérez y Reverte, seguramente fruto del periplo vacacional de algún ocioso programador cartagenero. Según avanzamos surgen nuevas cimas hacia la ruta oeste que nos hemos fijado, mientras el bajo sol meridional de medianoche extiende su halo mágico rojizo sobre la nieve, el hielo azul pálido o las rocas graníticas que asoman por las laderas que surgen a nuestro paso. El coche se tambalea cuando enfilamos alguna garganta de hielo, de tan furiosas que son las ráfagas de viento antártico. Este no parece un buen lugar para vivir, ni ahora ni antes.
– Aquí llegó mi bisabuelo con otros veinte hombres y cincuenta y cinco perros de Alaska –se ufana Dakota al contarlo mientras me riega con kétchup y saliva. Pues ya le vale a ésta. Al menos ahora me ha dejado a mí el volante, y me entretengo tarareando canciones con una vieja cinta de Camela para hacer más corto el camino. Cortesía de mi padre, otra reliquia por sorpresa que nunca le agradeceré bastante.
Le echo de menos. A mi amigo Chang también. Estoy cansado de carne cien por cien vacuno. Daría cualquier cosa por unas varitas de merluza bien fritas.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes, mediomoro?
Dakota me está gritando de no muy buenas maneras. Puede que de su profundo conocimiento de la jerga cartagenera haya aprendido ese adjetivo tan despectivo, pero también puede que sepa algo de fútbol y del origen de mi nombre. En cualquier caso, no me gusta que me hable así. Aunque me callo porque no quiero perder la cabeza de una patada voladora descontrolada. Estoy conduciendo con precaución, pero el coche no deja de dar tumbos como si pasara por encima de un bosque de topos. Pero no son topos.

Bajamos los tres del blindado y examinamos los extraños bultos que salpican la improvisada carretera. Una docena de ellos han reventado al paso de las doce ruedas, manchando de una sustancia pegajosa verde la nieve. Al parar el motor, oímos una especie de quejidos y el hielo se deshace delante de nosotros. Aparecen del orden de un centenar de extraños seres grises, con una enorme cabeza de profundos ojos negros, un pequeño cuerpo amorfo y algo que parecen ser extremidades, en un número que varía alegremente entre dos y siete. Con parsimonia salen de sus agujeros, en los que aparentemente dormían, y se dirigen hacia nosotros. Nos rodean. Dakota adopta la posición de la grulla, el Cholo agarra la escoba inquebrantable y yo la reliquia incorrupta de santa Gerasina. No parecen creyentes, pero de algo valdrá el postureo. Uno de ellos toma la palabra y con una extraña voz gutural nos saluda:

– ¿Sois los refuerzos que ha pedido el Míster? –pregunta–. ¿El nuevo tridente?
Nos miramos atónitos. El Cholo baja el palo, agarra con las manos al extraño ser por la cabeza y empieza a agitarlo frenéticamente. Espero que no esté pensando en sorberle los sesos que le asoman tentadores por uno de sus agujeros parietales. Pero no. Después de hacer alguna comprobación cuyo significado escapa a mi entendimiento, se dirige a él de forma educada:
– ¿Tú quién cojones eres, bicho?
– Soy el crack –responde sin inmutarse–. Desequilibro bien por banda derecha y la pego duro desde cualquier posición. De libre directo la pongo donde tejen las arañas y defino como un killer. He vestido la zamarra nacional desde que el Míster confió en mí.
– ¡Cállate! –brama Dakota–. Que alguien me traduzca a este imbécil, por favor.
– Pues ya te lo ha dicho él –intento aclarar–. Es el crack, así que imagino que actúa algo así como de portavoz de este ejército de enanos. Que, por otra parte, parecen inofensivos.
– En efecto, son unos benditos.
Una voz familiar llega hasta nosotros desde lo alto de una pared de hielo.
– ¡Juanillo!
El Cholo ha sido el primero en reconocerle y tanto él como yo corremos a abrazarlo. Dakota no entiende nada y se queda quieta apoyada en el capó del coche, rodeada por los enanos cabezones que tampoco parece que se enteren de nada.
– ¿Ha sido gol? –dice uno gris verdoso–. ¿Hay que bailar ya alrededor del banderín?
Sin esperar respuesta una docena de ellos se han puesto las camisetas sobre las cabezotas y corren como pollos sin cabeza celebrando el supuesto tanto, gritando en todas las direcciones mientras deslizan sus deformadas barrigas sobre la nieve, mejor que los mismos pingüinos. Nosotros seguimos estrujando a Juanillo, al que casi no dejamos respirar.
– ¡Te creíamos perdido! Salimos en tu busca y no hemos parado hasta encontrarte, sin importarnos los peligros.
Hay que reconocer que el Cholo miente como un bellaco. Sabe que si dan con nosotros y tenemos que reincorporarnos a la concentración olímpica nos van a hacer un montón de preguntas comprometidas. Así que mejor tener al imprescindible Juanillo Henriksdal de nuestra parte.
– Es una extraña historia –nos contesta–. ¿La gorda viene con vosotros?
La respuesta de Dakota es contundente. Difícilmente podrá recuperarse Juanillo antes de los Juegos Olímpicos ni aunque lo opere el traumatólogo del rey. No tiene buena pinta esa tibia sin peroné, y ahora no vamos a ponernos a buscarlo. La patada ha sido auténticamente voladora en mil pedazos.
– Eso ha dolido –se queja con resignación Juanillo, que es un buenazo–. En fin, de perdidos al río. Tampoco pensaba volver a competir, que aquí me tratan como a Dios.

Juanillo nos cuenta su curiosa experiencia. En efecto y como ya sabíamos, había ido lejos a entrenar. Se encontraba fuerte y con ánimos. Ya se disponía a volver cuando una luz cegadora le hizo perder el conocimiento. Al despertarse estaba encima de un gran altar de hielo en el centro de una bóveda cristalina inmensa, rodeado por los cabezones grises que parecían adorarle y no paraban de llamarle Míster.
– Era increíble –nos dice–. Todos intentaban llamar mi atención y destacar sobre los demás. Y no paraban un momento de correr y de hacer estiramientos sin balón.
Como para corroborar las palabras de nuestro querido Juanillo, los inquietos cabezones grises nos interrumpen constantemente:
– Sí, esperábamos con ansiedad la llegada de un nuevo Míster, alguien con ideas nuevas, dispuesto a dar espectáculo y sacarnos del pozo de segunda –afirma uno.
– ¡Fíjese en mí, Míster! ¡Vea mi capacidad de definición con la chilena! –exclama otro más pequeñito, que acto seguido se rompe la crisma en el intento. Un par de camilleros lo retiran para que los demás puedan seguir jugando. El Cholo añora viejos tiempos y limpia los sesos del hielo con la fregona. Le tienta lamerla pero se da cuenta de que le miro y se corta un poco.
– ¿Y por qué hablan tan raro? –interviene Dakota–. Sigo sin entenderles.
– Al principio yo tampoco les entendía –contesta Juanillo–. Pero luego me di cuenta de que probablemente son seres extracomunitarios, o extranjeros de fuera de España, no lo sé. El caso es que creo que entre ellos hablan de forma telepática, pero que por alguna razón sus transmisiones se mezclan con algo que reciben aquí de forma involuntaria.
El Cholo ha vuelto a agarrar a otro de ellos, a uno que estaba solo calentando en la banda, y con este pobre es mucho más expeditivo que con el anterior. Con ayuda de un extraño accesorio de su IPhone hurga dentro de su cabeza, a la que conecta un cable, y así monitoriza la respuesta cerebral en la pantalla. De paso logra recargar el móvil, porque el cabezón echa chispas por la boca.
– Lo que imaginaba desde un principio –exclama mi compañero de fatigas con tono triunfal–. Estos seres, con toda probabilidad alienígenas, se comunican entre ellos utilizando la banda de radio de frecuencia modulada entre 90 y 100 megahercios, que aquí en la Tierra es la misma banda de las emisoras especializadas en transmisiones deportivas.
– O sea –añado yo mirando a nuestra amiga americana–, que se les han cruzado los cables nada más llegar. Pobrecicos.
– Y tontos no son –continúa el Cholo hurgando la cabeza de otro más–. Ahora mismo este chiquitín está discutiendo con el falso delantero centro una solución revolucionaria al teorema de Fermat. Claro que se está saltando pasos en la demostración y prefiere el pelotazo largo.
– Posiblemente sean rigelianos –sentencia Dakota, ya más tranquila.

2015-12-21 19:34 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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