Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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Capítulo VIII

– Entonces –se arranca Dakota frente a un plato bien surtido de carnes rojas y de todos los demás colores–, sois dos proscritos, ¿no?
– No exactamente –intento explicarle–. Salimos a buscar a un compañero y decidimos no volver, pero nada de eso habría pasado si no hubieran aparecido los hambrientos peluches a las primeras de cambio. Luego éste –añado, señalando al también hambriento Cholo que disfruta de una hamburguesa, con la consiguiente alegría por mi parte–, dijo que su destino estaba aquí, en el telescopio polar Martin A. Pomerantz-Norris. Y que en cuanto consiga una chapucilla, que se pone a buscar neutrinos.
– Radiación cósmica de microondas –me corrige el Cholo con la boca chorreando mayonesa–. Mi tesis estudiará los estados de polarización de estas radiaciones.
– Lo vas a tener difícil –le apunta Dakota–. El Congreso les ha quitado la subvención federal y van a desmantelarlo. Por mentirosos –añade–, y porque es un buen sitio para poner un silo nuclear apuntando a Corea del Norte.
– ¿Del Norte? –le interrumpo.
– Sí, del Norte. El petróleo ha bajado y vamos sobrados de combustible, así que los misiles darán la vuelta y pillarán a los comunistas desprevenidos mirando a otro lado –explica–. A mí no me preguntes que yo no tengo nada que ver con esa estrategia. Un par de hostias bien dadas –dice, haciendo el gesto de golpearme la mandíbula– y terminaríamos con el problema de una forma rápida y barata. Pero se han puesto finos en el Pentágono. Allá ellos.
– ¿Y para mí? –le pregunto al tiempo que bebo un sorbo de mi Coca-Cola–. ¿Sabes de alguna instalación científica que precise de un experimentado microbiólogo marino?
– Así a bote pronto, no –contesta con rapidez–. Claro que tampoco tengo mucha idea en ese campo. Lo mío son los libros antiguos. Me viene de familia.
– ¿Tus padres no tenían un gimnasio? –interviene el Cholo, que ha comenzado a dar cuenta de su tercera hamburguesa. No le conviene un exceso ahora, pienso.
– Antes de ser gimnasio era una librería. El abuelo de mi padre tenía una enorme colección de volúmenes antiguos, que a su muerte fueron donados a la universidad. Me lleno de orgullo y satisfacción cada vez que abro uno de ellos en la biblioteca y veo su nombre grabado en las guardas. De ahí mi pasión.
Hizo un gesto mezcla de tristeza y alegría. La comprendí. Yo también sé lo que es vivir a diario la transformación de salas de lectura en vestuarios y duchas. El éxito deportivo olímpico estadounidense se basa en una perfecta planificación de estas reconversiones, amén de en el uso adecuado e indetectable de anabolizantes y otras sustancias isotónicas potentes. O, al menos, eso me decía mi entrenador cuando me pinchaba las venas para atiborrarlas de hematocrito. Si acudieran a las competiciones sólo con macarrones, ya veríamos los resultados, añadía aquel bastardo.

Dakota siguió hablando sin freno, excepto en las obligadas pausas necesarias para engullir la comida y trasegar la bebida. La escuchamos sin perder ripio, porque la tía parecía entusiasmada con lo suyo y sabía transmitirnos esa pasión. También aflojaba el bolsillo sin miramientos y eso, estando tiesos y desnutridos como estábamos, era una poderosa razón como para hacernos los interesados con su historia. Tal y como nos había comenzado a contar, provenía de una notable familia venida a menos de la pequeña pero pujante ciudad de Arkham, en Massachusetts. Su bisabuelo, de nombre William Dyer, había sido hombre de letras y ciencias, amén de un simpar aventurero. Llegó a ser director de la más famosa institución de enseñanza en su ciudad natal, la conocida Universidad Miskatonic. Esta universidad es muy antigua, y aun hoy conserva parte de su bien merecido prestigio. Dakota va a disfrutar durante seis meses de una de sus jugosas becas, aunque de momento (a mi particular juicio) temo que se la funda antes de tiempo en patatas y hamburguesas, tanto o más jugosas. Si su gula nos sirve de algo, bien está. La magníficamente surtida biblioteca de esta universidad es igualmente antigua, y Dakota calcula que empezó a recibir libros raros a finales del siglo XVII. Allí es donde su bisabuelo descubrió, con otros colegas universitarios, un viejo ejemplar que ni él ni nadie logró descifrar ni mucho menos entender, puesto que se especula que estaba escrito en un lenguaje remotísimo.

– Todo eran ilegibles caracteres extraños, de apariencia muy antigua, con grabados de plantas y animales incomprensibles –nos dice en el intervalo que va desde un eructo al siguiente.
El extraño libro tuvo una historia singular, que para abreviar y no cansar Dakota promete detallarnos en próximas conversaciones. Junto a este manuscrito –que recibía el terrible y extraño nombre de ‘Necronomicón’–, en la universidad de Miskatonic se guardaba la mayor colección de material inclasificable sobre ocultismo conocido en el mundo occidental, así como intrigantes artefactos provenientes de culturas ancestrales. Siguiendo el rastro de uno de estos aparatos –una especie de reloj indestructible de origen incierto, con una extraña silueta en forma de manzana mordida grabada en la parte posterior del mismo–, su bisabuelo organizó con sus colegas una expedición costosísima, financiada por empresarios y gentes de bien de Arkham, que les conduciría precisamente hasta la Antártida. El bisabuelo Dyer, geólogo de formación, quería recoger fósiles de las rocas antárticas, mientras que su amigo y compañero Frank Pabodie, del departamento de ingeniería, planeaba seguir el rastro del raro cronógrafo vegetal, habiendo diseñado previamente un poderoso taladro capaz de penetrar en las capas más profundas de los materiales helados. A la expedición se unió también el prestigioso biólogo John Lake, que llevaba consigo una reproducción precisa del mencionado Necronomicón, con la esperanza de dar en la Antártida con alguna de las plantas y criaturas representadas en el intrigante volumen.

– ¿Qué ocurrió en esa expedición, Dakota? –el Cholo interrumpe a Dakota para preguntar completamente embelesado. Si no fuera porque la chica es más fea que gorda, que no es poco, de naturaleza agresiva imprevisible, y porque apesta a azufre quemado (supongo que por mor de las flatulencias que periódicamente libera para hacer sitio a nuevas consumiciones), pensaría que está enamorado. O quizá lo esté de verdad. Creo que no hay estudios suficientemente probados de los efectos sobre la psique de la ingesta de carne humana en seres de la misma especie. Con independencia de estas consideraciones personales, Dakota aúna simpatía e inteligencia y además tiene también una tarjeta de crédito ilimitado.
– Algo terrible que todavía nadie alcanza a comprender –responde la interpelada bajando la voz–. En las primeras transmisiones de radio, y como producto de las perforaciones antárticas iniciales, se dio cuenta del descubrimiento de unos fósiles de criaturas que parecían mitad animales y mitad vegetales, lo que estimuló la curiosidad del biólogo Lake. Éste partió con un pequeño grupo de hombres hacia el noroeste del campamento base, pilotando tres pequeños planeadores. Parece que avistaron una cadena montañosa que podía ser incluso más alta que el mismísimo Himalaya, pero cuando sus compañeros partieron para unirse a esta avanzadilla y explorar este hallazgo inesperado, dejaron de recibirse informes. Sólo regresó con vida de la Antártida mi bisabuelo. Y lo hizo para pasar el resto de su vida recluido en una institución mental de Arkham.
– ¿Por eso estás tú aquí? –soy yo ahora el que pregunto, conteniendo las náuseas por mor de la curiosidad extrema que la narración de esta especie de ogro que acabamos de conocer me produce. El local está bien cerrado para evitar el frío exterior, pero no parece tener salida de gases. Si alguien enciende una cerilla, va a arder Troya.
– Sí –me contesta–. He pasado años leyendo los antiguos volúmenes de la universidad, los extraños textos escritos producto de la demencia de mi bisabuelo, y toda suerte de libros que puedan tener alguna relación con él o con los hechos. Incluso he examinado un libro similar al Necronomicón que fascinara a John Lake, y que se encuentra en la Biblioteca de Libros Raros Beinecke, en la Universidad de Yale.
– ¿Te refieres al indescifrable ‘Manuscrito Voynich’? –pregunta el Cholo para mi sorpresa. Nunca he oído hablar de él, pero estos físicos están muy puestos en casi todo. Y digo ‘casi’ porque tampoco es capaz de recordar la alineación completa del mundial de 2010, ya que él siempre confunde Pedrito con Torres. El muy burro. Le he recomendado que se haga un tatuaje con sus nombres en las nalgas, porque es un lugar discreto y porque seguro que tendrá que echar mano de esa estratagema. Que lo veo venir.
– El mismo –contesta Dakota–. Con el Necronomicón perdido, es mi único recurso. Y tengo la intención de seguir los mismos pasos que aquí diera mi bisabuelo. Y quien sabe si tal vez consiga resolver el misterio que rodea a estos libros malditos.
– ¿El auténtico Necronomicón desapareció? –sigo preguntando mientras sumerjo de forma compulsiva patatas fritas en el kétchup. Ya no me preocupo del metano que me rodea, de tan absorto que estoy en la historia.
– Mi bisabuelo en su locura prendió fuego a la biblioteca universitaria de Miskatonic con este maligno ejemplar en su interior. Cuando las llamas se extinguieron, no era más que un montón de cenizas. Luego, para compensar al profesorado del desaguisado causado, legó los volúmenes de su propia biblioteca personal, pero nunca se pudo paliar esa pérdida. Si por lo menos hubiera donado alguna de las novelas del portentoso Arturo Pérez-Reverte, el dolor habría sido menos, pero todavía no había nacido el inmortal genio cartagenero.
Afirmamos con la cabeza, sorprendidos de la vasta cultura internacional de nuestra amiga. Ella se queda pensativa, mojando la última patata requemada. El local está a punto de cerrar, no tanto por el estricto cumplimiento de los horarios –algo bastante relativo en estas latitudes–, sino porque ya no queda nada que poner en la parrilla. Salvo que descuarticemos a alguien, y no quiero dar ideas porque luego me echarían la culpa.

Entonces ocurrió:
– ¿Os unís a mi causa? Pago bien.
Dudamos. Somos un par de españoles muertos de hambre, sin laboratorio para trabajar ni lugar a dónde ir, proscritos y desesperados. Seguimos dudando hasta que comienza a golpearnos para ablandarnos, como si fuéramos calamares. A la primera sangre aceptamos. ¿Qué mal nos puede pasar?

2015-12-14 20:19 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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