Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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Capítulo VII

Hemos llegado al Polo Sur. Los primeros.
Junto a la antigua cúpula geodésica estadounidense dedicada antaño a la investigación polar de la estación Amundsen-Scott se encuentra la línea de meta. Según el Cholo –y de lo suyo sí que sabe– hemos barrido en el último tramo cronometrado. Nuestro coche es el ganador.
Pero comienzan a suceder cosas extrañas.

El coche se mueve solo. El piloto tiene las manos lejos del volante y sigue tirando cáscaras de plátano al asiento de atrás, donde tan apaciblemente nos ubicamos. El copiloto, para no ser menos, le imita en todo. El Cholo y yo estamos esperando la ocasión para meterles mano a los energúmenos, aunque de momento la intriga nos puede y dejamos nuestras propias manos quietas. Muy despacio, el coche entra en una especie de hangar. Se cierra la puerta del extraño garaje y una docena de mecánicos embozados se abalanzan sobre el coche.
– Tocará cambio de gomas –bromea mi compañero de fatigas, que ha vuelto a masticar sesos y, posiblemente, no rige ya al ciento por ciento.
– Vamos, fuera de aquí atrás –nos ordena uno de ellos–. Pasad al asiento de delante, haceos las fotos, cogéis la copa y cuando terminéis os damos diez dólares.
A cada uno. Mientras nos dicen esto, otros dos supuestos mecánicos están sacando a empujones y patadas a los pilotos de sus asientos, lo que nos va a ahorrar un buen trabajo. En el intercambio de puestos el Cholo aún atina a meterle un buen viaje en la cabeza a uno de ellos, de resultas del cual pierde el casco.
– Joder, si es un mono –acierto a decir, estupefacto.
Poco a poco tomamos el control de la situación. No es un mono estrictamente hablando, sino un mandril, de los del culo a colores. El otro también le imita en el diseño del culo. Los de los monos, de nuevo estrictamente hablando, tampoco son tales. Tienen estudios y no pocos, por cierto, y es que el que menos se gasta un doctorado en ingeniería aeronáutica. Nos explican que el coche ganador es un prototipo desarrollado por ellos, totalmente automático y teledirigido. La elección de mandriles como supuestos pilotos es deliberada, ya que no podían permitirse el más mínimo error.
– Somos españoles que trabajamos en el MIT. Perdiendo la carrera hubiéramos perdido la subvención –nos dice el que organiza este caos, que por el acento colijo es de Cuenca.
– Obviamente, no está permitido maltratar animales aquí, así que nadie puede ver a los monos –continúa un segundo, de acento entre Pinto y Valdemoro. Los simios están ahora en un rincón, pelándosela el uno al otro con gran vigor.
Ahora nos caen bien. Y son de los nuestros. También los ingenieros. Así que hacemos el paripé de ponernos los cascos y salir triunfantes manejando el ultramoderno dispositivo móvil, que tiene tantos indicadores y luces en el salpicadero que más parece la fachada de un puticlub. A todo esto los mandriles siguen a lo suyo. Han sido muchas horas juntos y se nota que el roce ha hecho el cariño.
El jaleo de la entrega de premios y las obligadas entrevistas a los medios pasa pronto: «Ha sido duro, lo mejor posible, cualquiera pudo marcar y blablá...» y, casi sin darnos cuenta, nos percatamos de que hemos alcanzado nuestro objetivo final: llegar al Polo Sur. Ante la magnificencia de las vistas de los edificios que albergan los experimentos cosmológicos ‘Biceps’ y ‘Ice Cube’ –que, según me confirma el Cholo, busca neutrinos chiquitines–, nos abrazamos emocionados, chocando y estrujando nuestros cuerpos sin poder evitar mojarnos los pantalones. Ahora sólo falta que nos den un puestito aquí. Pero antes le pido al conquense unos pantalones limpios, porque los frascos de nematodos que llevaba ocultos en los bolsillos se me han roto con la efusividad del Cholo, y los gusanos han desaparecido dejando sólo el agüilla pringosa empapando la tela.
Así que empezaré desde cero.

La actividad en la estación antártica estadounidense Amundsen-Scott-Norris es frenética.
La base cuenta con un formidable aeropuerto cuya pista tiene casi cuatro kilómetros de largo, y que entre este mes y el próximo febrero recibirá varios vuelos diarios desde la base nodriza de MacMurdo. De esta forma se hace acopio de todo tipo de equipos y suministros, y del más variado instrumental tanto militar como científico, puesto que durante los meses siguientes –en el invierno austral– el tiempo impedirá los accesos hasta aquí tanto por tierra como por aire.
También llegan nuevos inquilinos para las instalaciones, principalmente investigadores.
Así que no tendría que ser muy difícil ni para el Cholo ni para mí hacernos pasar por alguno de ellos –por alguno de los suyos–, y conseguir la residencia temporal en este idílico lugar. Decidimos esperar a mañana para, bien descansados, ir al aeropuerto a intercambiar opiniones con el personal que se incorpora. El Cholo es partidario del secuestro y posterior suplantación, pero no creo yo que tengamos que llegar a esos extremos de dureza.

Aunque a juzgar por las aficiones de la tropa aquí reunida, tal vez nos tomaran como héroes. Con las primeras luces del amanecer –hace apenas un rato nos hemos acostado en un barracón abandonado– resulta imponente la gran imagen del prócer amarrado al volante de un enorme blindado, aguantando los embates de un tremendo huracán bajo el fuego enemigo en Afganistán, treinta metros de altura en bronce fundido a la entrada del aeropuerto que, como todo en esta base americana –salvo los apellidos de los pioneros que le acompañan–, lleva su nombre: «Dios te bendiga, Carlos Ray Norris»
– ¿Qué te parece la cita de abajo, biólogo? –me pregunta sonriendo el Cholo. Se refiere a una frase grabada que aparece en la base de la estatua erigida en honor de Chuck Norris, que no es otro el nombre de guerra del homenajeado aquí y allá. Antes de contestar al cosmólogo antropófago leo en voz alta para él:
– «La violencia es mi última opción, a pesar de ser la respuesta a todo.» Interesante –opino.
– ¿Se puede saber qué estáis haciendo?
Sin poder emitir la más mínima respuesta, ni tan siquiera un débil quejido, nuestras cabezas ya están bajo las botas militares de un ser ciclópeo. En apenas cinco segundos nos ha derribado –a saber con qué malignas artes–, y ahora nuestra vida depende únicamente de su clemencia. Yo muevo la mano que me queda libre en señal de saludo, por supuesto pacífico. De resultas del gesto, o de que el gigante se aburre de la situación, nos libera.
– Las manos detrás de la cabeza –ordena–. Las piernas separadas y, en la medida de lo posible, contened la orina.
La última orden es fruto de la confusión, infiero, puesto que el Cholo no se ha cambiado los pantalones desde que se le vaciaran mis nematodos encima. Pero nuestro atacante –o defensor de lo suyo, según se mire–, piensa que somos unos cagados. Y no se equivoca, aunque el Cholo es capaz de comer carne humana como ya ha demostrado varias veces. Pero no lo veo yo con ganas de provocar ahora al descomunal armario armado que tenemos enfrente.
– Así me gusta, chicos –parece sonreír bajo el casco y la pintura de camuflaje. Esto último me parece una sobreactuación, puesto que los arbustos no abundan en el polo Sur–. Ya podéis descansar. Sois inofensivos.
Nos ha cacheado a base de bien. Nos ha quitado las botas, el cinturón y todos los objetos metálicos. Nos devuelve la bandeja, pero falta la reliquia de mi santa Gerasina.
– Me quedaré estos huesillos un tiempo, me pirro por las cosas antiguas. Me llamo Dakota. ¿Y vosotros?
Sorprende su afabilidad cuando hace sólo un par de minutos ha estado a punto de liquidarnos por, según él, mear el pedestal del señor Norris. Poco a poco vamos aclarando la situación y los conceptos. El primero, que tiene tetas. Grandes y hermosas. O sea, es ella y es policía. O militar. O ‘ranger’ como su ídolo, qué sé yo.
– ¿Militar yo, Zine? –se ríe al pronunciar mi nombre–. No. Sólo soy una becaria de doctorado.
Joder. Igual que nosotros. Sonreímos con la coincidencia. Pareciera que el aquí presente polo sur magnético tuviera la propiedad de atraer a todos los pringados y gente rara del mundo. Dakota es realmente enorme, nos saca una cabeza tanto al Cholo como a mí. En cuanto a sus otras dimensiones, guarda entera proporción, por lo que su peso rondará las cuatro fanegas de centeno si utilizo las unidades preferidas por mi abuelo, que en paz descanse. Yo me aclaro bien así.
– ¿Dakota del Norte o del Sur? –bromeo ahora que hemos cogido confianza. No mucha pero algo. El Cholo me interrumpe el chascarrillo, porque es algo lerdo en estos menesteres, y alega que la interpelada tiene que ser del Sur, que cómo si no habría llegado hasta aquí. Será por el acento sureño, no te jode.
– Dakota a secas. En realidad, Dakota Norris, como el tío este. Cosas de padres –añade.

Y rompe a hablar de forma compulsiva. Entre toda su verborrea acierto a comprender que viene de Massachusetts, que es filóloga o traductora y habla una docena de lenguas vivas y otras tantas muertas –esta es la razón por la que no tenemos que chapurrear nuestro inglés, cosa que agradecemos vivamente–, y que acaba de llegar a la Antártida siguiendo la pista a no sé qué extraño libro sobre el que está preparando su tesis doctoral. Además de todo eso, a Dakota le gusta el look gótico militar, las artes marciales –sus padres tienen un gimnasio allá en Arkham, de donde procede– y nos cuenta (como si no nos lo imagináramos a estas alturas) que ha crecido entre las patadas voladoras provenientes tanto de sus papás como de las películas de Carlos Ray, alias Chuck. También le gusta mucho comer. Dice que es una táctica para acumular grasas y ahorrar en prendas polares por estas latitudes, pero creo que viene ya gorda de paquete.
Con toda su locuacidad, nos resulta simpática. Si pienso en lo que podía haber sido, no tengo más remedio que reconocer que somos muy afortunados. Esta tarde hemos quedado en el McDonald’s de la base y nos va a invitar a unas hamburguesas. Al fin podré terminar con mi ayuno involuntario, y supongo que el Cholo retornará a la senda de los hombres cuerdos. Malo sería para todos que ahora encontrara insípida la carne de vacuno.

2015-12-06 20:28 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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