Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Octubre 2017
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Capítulo VI

Juanillo continúa sin aparecer, y ya van para cinco días. La federación no ha tenido otra salida que comunicar el hecho a Madrid. Zarzuela ha suspendido todos los actos oficiales, incluida la asistencia a la corrida de toros de Beneficencia en la plaza de la Maestranza. Esperamos la inmediata llegada del ministro.

El urgentemente creado gabinete de crisis antártico ha decidido que una expedición formada por doce personas embarque hacia el continente. Por pura lógica, han escogido a los más torpes. En caso de percance, sea éste cual fuere, no se perdería mucho potencial olímpico. Así que además de un servidor –que apenas me mantengo en posición vertical sobre la tabla unos segundos, y eso que entreno con entera dedicación a diario–, el Cholo –que tampoco es un virtuoso en lo suyo– y otros diez inútiles más –la mayoría rayistas–, subimos en una Zodiac para emprender la búsqueda.

El desembarco es un desastre. Apenas ponemos pie en el trozo de hielo más grande del planeta, una manada de osos polares nos huele y decide dejar de hibernar para reponer grasas. Al verlos llegar a la carrera aún tenemos tiempo de acordarnos de la lumbrera de la geopolítica que decidió abrir aquí un parque temático con esta especie exclusiva del Ártico. Y de su santa madre, que no tenía culpa. Les ahorraré aquí una descripción gore de la masacre acontecida, que no fue nada grata de ver y mucho menos de sufrir. El resultado pudo ser aún peor si no llega a ser por el palo de escoba del Cholo, fabricado con una aleación de titanio de última generación para accesorios deportivos y, por tanto, irrompible por más veces que impactara contra el cráneo de los plantígrados, única zona no mullida de su poderosa anatomía y, por ende, su único punto débil. También flojearon según se les llenaba el estómago, pero eso les llevó un buen rato, pues paladeaban nuestras magras carnes con inusual deleite. Armado de valor, yo enarbolé los restos de la santa Gerasina, a la que religiosamente respetaron. No son muy de carroña estos bichos.

De tal guisa que la expedición en busca de Juanillo quedó reducida, a las primeras de cambio, al Cholo y a mí.
– Y ahora, ¿qué hacemos, Zine? –me pregunta el Cholo arrojando su escoba a la nieve, rodeado de vísceras. A nuestro alrededor pareciera que se hubiera montado una casquería.
– Ni idea –le respondo–. Dios y santa Gerasina proveerán –añado besando la reliquia salvadora de mi añorado padre–. ¿Volvemos?
– Ni hablar –me replica tajantemente mi compañero de fatigas–. A tu santa pongo por testigo de que no volveré a limpiar más letrinas. Y tampoco volveré a pasar hambre –añade palmeando su mochila en la que ha guardado qué sé yo–. Tengo que descubrir la explicación del origen del Universo y no hay más tiempo que perder.

Supongo que mis humildes nematodos también tienen derechos adquiridos en el complejo árbol de la evolución de las especies animales, así que me uno a su propuesta de abandonar definitivamente la concentración española, desertar, y dirigirnos hacia la base estadounidense Amundsen-Scott para proseguir con nuestros abandonados estudios científicos. Esta base se encuentra prácticamente en el Polo Sur geográfico y es el lugar más meridional del planeta. Los técnicos de la federación especulaban con que Juanillo hubiera tomado este rumbo, así que si nos pillan siempre podremos decir que seguíamos una buena pista, y tal vez librarnos así de la más que merecida pena capital por traidores a la patria. La mencionada base está habitada por los yanquis de manera permanente todo el año y, como puede colegirse de su denominación, su nombre honra a Roald Amundsen y a Robert Scott, los primeros bípedos no palmípedos que alcanzaron el Polo Sur. Esto ocurrió hace más de un siglo, concretamente en los años 1911 y 1912, respectivamente. Lo sé porque tengo estudios y un ordenador con acceso a Wikipedia. Además de una notable actividad militar y policial –consecuencia esta última de la creciente amenaza islamista, incluso en estas latitudes–, la base alberga un buen número de importantes experimentos científicos. El Cholo quiere llegar cuando antes al llamado “proyecto Bíceps”, que a mí me recuerda a partes iguales a deportistas y marineros pero que, según él, es la Meca de todo cosmólogo. Asocio la Meca con el problema integrista, los rudos marineros y los violentos atletas y trago saliva. Pero allá que vamos.

– ¿Y cómo llegamos hasta esa base?
No llevamos esquiando más allá de media hora y nuestras articulaciones están entumecidas por el frío y por el hambre. De agua, aunque fresquita, estamos bien servidos. A mi pregunta el Cholo no tiene respuesta. Se encoge de hombros, se detiene y se sienta en el suelo. Con parsimonia saca un paquete sanguinolento de su mochila.
– Come –me ordena–. De entre los papeles aparecen los sesos revueltos de un ingeniero geógrafo que había pedido ser destinado a la Antártida con la peregrina intención de perforar el Polo Sur y salir de nuevo a la luz por su homólogo del hemisferio Norte. Los osos no entienden esas cosas.
Rechazo su ingesta tanto por motivos éticos como por pura precaución. Ese tío estaba loco y se me puede pegar algo. Además, tengo varitas de merluza para varios días. El Cholo le mete diente al cerebro como si no hubiera comido en años. Tal vez sea un zombi y yo vengo a enterarme ahora, en medio de la nada. Por mi propio bien, espero que sólo sea la justificada gazuza y no algo más preocupante. Si aparecen otros síntomas, me colgaré el hatillo con los restos de santa Gerasina del cuello para dormir. Los muertos vivientes tampoco le dan a la carroña, son exquisitos en ese aspecto igual que los osos.

– ¡Mira, viene un coche! –grita alborozado el Cholo.
En efecto, un coche viene hacia nosotros a toda velocidad. Y tras él otro. Y otro más.
Agitamos los brazos intentando hacernos ver. Pero pasan de largo envueltos en una gran nube blanca de niebla y nieve. Sin detenerse. Incluso tenemos que apartarnos de la trazada de los neumáticos si queremos conservar el cuerpo entero, y después del episodio acaecido con los cariñosos plantígrados, conviene no tentar mucho a la suerte.
– Caminante no hay camino, se hace camino al andar –tarareo los inolvidables versos del gran poeta sevillano intentando animar a mi asilvestrado compañero de expedición. Gruñe un poco, remolonea, pero se reincorpora a la dura marcha. Entonces escuchamos el motor de otro coche, mucho más lento que los anteriores.
– No te vuelvas –me dice el Cholo–. Será un espejismo. Esto es hielo y refleja lo suyo.
No hago caso del caníbal y giro la cabeza para descubrir la razón del ruido. Un coche casi enteramente destrozado traquetea tras nuestros pasos. En el capó lleva enganchado de mala manera un alce, posiblemente víctima de un tropiezo accidental. Antes de que pueda explicarme la razón de esta paradoja espacio temporal, escuchamos una voz que nos reclama, precisamente a nosotros, ayuda.
– ¿Podéis empujarme un poco? Sólo hasta el control, quedan dos kilómetros para terminar el tramo cronometrado.
Tengo ante mí a un personaje que me resulta conocido, pero no acierto a recordar a ciencia cierta su identidad. Además, sigo haciéndome cruces sobre la presencia de alces cerca del polo Sur, ya que el parque temático sólo incluía osos. El Cholo se gira también al escuchar los lamentos del piloto.
– No sé de dónde salió este bicho, yo iba en cabeza. Soy un conductor experto, con muchos ralis Paris-Dakar a mis espaldas.
– Es mala suerte, hombre –le anima el Cholo sin dejar de mirar con lascivia los restos del alce chamuscados. Son unos cuantos kilos de carne ya preparada.
Decidimos ayudar al buen señor y entre los dos nos estrujamos los sesos para poner de nuevo en funcionamiento el vehículo. El Cholo no es mal mecánico y tiene más sesos que yo, aunque a mitad de digerir. Con el motor carburando, aunque despacio, nos ponemos en ruta. La civilización está más cerca. Confiado, lo celebro masticando una de mis últimas varitas de merluza. El alce estaba demasiado pasado de fuego para mi gusto. También he colgado los restos de santa Gerasina del retrovisor para evitar males mayores y es que este tío conduce como un poseso.

Con bastantes apuros hemos llegado al final del tramo cronometrado.
Ya es de noche y no queda ni el Tato, si es que ha venido. Y eso que apenas hay cuatro horas sin sol por esta época veraniega en la Antártida, pero nos acompaña la mala suerte sentada al volante. Así que nos acurrucamos dentro del coche como buenamente podemos para echar una cabezada y esperamos a que amanezca y vuelvan los organizadores de la carrera. A primera hora –alrededor de la una, obvio– oigo el rugir de los motores. O quizá sean los osos, porque de tan poco dormir y menos comer me estoy volviendo algo paranoico. Pero el Cholo me confirma que se está desplegando el campamento móvil y que tanto pilotos como mecánicos e ingenieros están poniendo a punto sus bólidos. El gran circo ambulante ha vuelto a la vida y la reinventada París–Dakar–Polo Sur está en su momento álgido. Varios helicópteros sobrevuelan nuestras cabezas sin perder detalle de lo que aquí ocurre para retransmitirlo a ansiosos telespectadores sentados a miles de kilómetros de distancia. En esas estábamos cuando se me ocurre que quizás podrían hacernos un favor y buscar desde el aire a Juanillo, que no debe de andar muy lejos. Por intentarlo no pierdo nada.
– ¿Españoles? ¿Perdidos? –me pregunta uno de los encargados de la seguridad cuando me dirijo a él. Me pide que espere, o eso creo entenderle, porque mi inglés apenas me llega para pedir un relajante café con leche en Madrid. El vocablo ‘churros’ no tiene traducción conocida, apunto aquí.
Hace una llamada por su teléfono móvil y casi de inmediato uno de los helicópteros gira y desaparece por el horizonte. Al cabo de unos quince minutos está de vuelta.
– ¿Ese Juanillo viste de frac? –vuelve a preguntarme tras hablar con el del helicóptero.
– No. Lleva el uniforme de respeto, así que no se pase –le contesto algo airado.
– Pues entonces no es él. Lo que han visto los pilotos será posiblemente un pingüino alejado de la manada –replica el guarda–. Será mejor que se vuelvan por donde han venido, si es que pueden.
Y sonríe maliciosamente. Nuestro coche está bastante perjudicado y no tiene pinta de poder arrancarse nunca jamás. Y nuestro compatriota es un baño de lágrimas. Procuramos consolarlo –inútilmente– y decidimos abandonarlo a su suerte, que intuimos no será buena, pero puede intentarlo otra vez el año que viene. La gente es muy mala y seguro que le pagan otra carrera, sólo sea por reírse.
– Vámonos ya –me apremia el Cholo.
– ¿Y Juanillo? –le pregunto.
– Se lo habrán comido los osos hace días. Es lo habitual por aquí, ¿no?
Le doy la razón moviendo la cabeza afirmativamente. Además, la decisión de abandonar la concentración deportiva española y unirnos a los científicos estadounidenses ya estaba tomada. Echamos a caminar con los esquíes al hombro. A los pocos pasos, uno de los coches de la competición se detiene y abre las puertas traseras de forma automática. Entendemos que es una invitación a subir, así que no preguntamos nada y nos acomodamos en el habitáculo. Los pilotos no hacen gesto alguno pero uno de ellos nos tira una cáscara de plátano a la cara. El otro le imita poco después. Como no tenemos ganas de pasar frío y queremos llegar pronto a nuestro destino, de momento dejaremos pasar la afrenta. Luego ya veremos.

2015-11-30 20:11 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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