Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Febrero 2017
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Capítulo V

He desembarcado con mi equipaje en isla Livingston, situada en las proximidades de la costa antártica, el día primero de noviembre del presente. El petate que me acompaña no ha cambiado mucho respecto al que preparé en el lejano Madrid. Allí siguen, además del almidonado vestido de almirante infantil camuflado por mi amada madre, unos cuantos libros, mi portátil, la reliquia de santa Gerasina, que igualmente me ocultó mi padre para protegerme en la travesía –envuelta en un precioso hatillo, y que tan buenos servicios prestó durante el dantesco paso del estrecho–, y ahora también una bonita tarjeta, firmada por toda la tripulación del Findus como recuerdo de mi paso por su cocina. «Al Zine, un mago con la varita», han escrito todos en plan cachondo, empezando por el bueno del chino Chang y terminando por el afable capitán Malaspina, que ha intentado sin éxito confiscarme los huesos carpianos de la citada santa antes de mi marcha definitiva. Le he dicho que nones, pero se ha quedado contento con el extra de rebozado que le he dedicado en la última freidora. Bien escondidos de miradas indiscretas –y perfectamente envueltos en periódicos deportivos de muchos colorines–, llevo también en la mochila algunos de mis ejemplares preferidos de nematodos debidamente enfrascados. De momento sólo dispongo de estos para proseguir con mis estudios biológicos, aunque saldré en busca de nuevos y raros especímenes tan pronto como me sea posible. Siempre y cuando los previsibles duros entrenos me lo permitan.

Conmigo desembarcan igualmente del Findus el resto de integrantes de la selección olímpica. Elegidos por el cielo para alcanzar la gloria en venideras hazañas, a buen seguro en desigual competencia contra foráneos titanes. Todos nos uniremos de inmediato a los compañeros ya concentrados desde hace semanas en estos lejanos parajes. La olimpiada invernal se acerca, y no hay tiempo que perder ni gasto en el que reparar para lograr tan formidable empeño, porque las medallas sólo son patrimonio de los mejores. Como Capdevilla, mismamente, cuyo nombre me he tatuado en el lateral del brazo derecho –donde corresponde– para evitar males mayores. He disimulado esta grabación con algo de tradición marinera. Así, he añadido junto al nombre del héroe de la banda diestra un corazón con la frase «Amor de padre» porque, de momento, es el único de la familia que me ha sacado las castañas del fuego. Mi madre me negó la tabla de planchar y ésa es una de las principales razones por las que llego aquí bajo de forma. Me enervo cada vez que lo pienso vestido con este minúsculo traje de florido gondolero. Rabiarás con la foto, mamá, te lo juro.

En isla Livingston está ubicada la casi abandonada base científica Juan Carlos I, en la que se hacinan en condiciones extremas los últimos becarios que pudieron llegar hasta aquí y que, tal vez, nunca podrán regresar a su querida España. Y también la modernísima y recién inaugurada base Capitán Fernando Hierro, donde yo viviré. Aunque su denominación militar pueda llamar a engaño, se trata de un complejo para la práctica deportiva sin parangón en el mundo. Una auténtica ciudad en medio del hielo. La presencia nacional en estos lejanos parajes se completa con la también base militar del Ejército de Tierra en la pequeña isla volcánica de Decepción, la bautizada con el egregio nombre del simpar marino Gabriel de Castilla.

Imagino que sólo desde el aire será posible hacerse una idea de la magnitud de estas construcciones. Esto no es una ciudad corriente. Aquí se extiende una inacabable megalópolis, en comparación con la cual las fabulosas Atlantis y Lemuria se me antojan ridículas aldeas; durante kilómetros sin límite se extiende en cualquier dirección un laberinto de titánicas torres, columnas ciclópeas, grotescas estructuras de piedra maciza, muros, puentes y nervios de vidrio y acero que unen, de modo siniestro y amenazador, el complejo entramado olímpico.

– Se nos ha ido un poco la mano con las zonas comunes, pero ya está hecho –nos explica el Secretario de Estado para el Deporte mientras recorremos las instalaciones–. Sobraba terreno por todas partes –se justifica–. Así que dejamos trabajar al arquitecto a sus anchas. Nosotros sólo queríamos un edificio emblemático, de esos blancos llenos de pinchos tan monos que suele hacer, pero al final quedamos muy satisfechos con el resultado a pesar del ligero sobrecoste.
– ¿Y no está de más el aire acondicionado? –pregunto ingenuamente, ante la inquisidora mirada de mis supuestos compañeros deportistas. Estoy completamente helado y está trabajando a tope. Hace más frío dentro que fuera.
– Nunca se sabe. La calidad de la infraestructura ha previsto cualquier contingencia –me replica el político–. ¿O es que no has oído hablar del cambio climático, comulgante? Puede ocurrir en cualquier momento y fundir todo este hielo. Debemos confiar en nuestros científicos.
Lo miro y me santiguo de forma instintiva, igual que suele hacer mi padre.

Mis primeros días en la Antártida no puedo calificarlos sino de tranquilos, a pesar del duro trabajo físico que conllevan los interminables entrenos en la nieve. Además, por mor de las extremas condiciones de vida en este lugar y también por la escasez de personal y medios, los novatos tenemos que hacernos cargo de muchas de las labores de mantenimiento de la base deportiva. Aunque sé que el ejemplo no servirá de mucho, puesto que ya es cosa del pasado lejano, diré que la organización, la logística, y todo lo relacionado con la intendencia en este lugar se asemeja a lo que antaño se denominaba 'Servicio Militar', leva obligatoria de jóvenes abolida a principios de siglo cuando yo nací. Teniendo en cuenta mi reciente experiencia en el Findus, he sido destinado a cocinas nada más llegar a la Fernando Hierro. Aquí sigo preparando varitas de merluza de casi todas las formas imaginables, porque se conservan bien al fresco y, además, porque no hay otra cosa más a mano.

Los tubos de halfpipe se encuentran en uno de los pabellones a las afueras del formidable complejo. El Secretario de Estado se ufanó al calcular una extensión total aproximada de más de seiscientos campos de fútbol y, si esto es así, yo debo de tener mi lugar de entreno en el tercer anfiteatro del campo quinientos noventa y cinco. De un tirón llego ya cansado, así que me paro de tanto en tanto para ver practicar otras modalidades deportivas de camino. Y me entretengo.

Hoy he descubierto un deporte nuevo para mí, aunque supongo que no sería novedad para cualquier antepasado cavernícola de la época glacial. Básicamente, se tira una piedra –y se esconde la mano, cosa que tiene su malicia–, y se rompe el hielo. No se trata de ligar, sino de pegarle a otra piedra, y así hasta aburrir a los pingüinos. En los intermedios de este impagable festival de risas y diversión, un empleado –imagino que un becario investigador, por lo desastrado que luce–, limpia la pista con una escoba hasta dejarla brillante como una patena. Y tiene que hacerlo sí o sí, aunque no haya sudado ninguno de los competidores.

Hay ocasiones en las que, sin saber por qué, a uno le da por arrancarse por palmas. Algunos le llaman duende, otros lo denominan arte y yo, simplemente, le llamo frío que jode. El caso es que como yo era el único espectador en la grada, y la cúpula de cincuenta metros de altura de este pabellón auxiliar resuena lo suyo, todos han vuelto su mirada hacia mí. Así que no me ha quedado otra que bajar a saludar a mis compañeros de selección.

– Parece duro esto, ¿no? –pregunto por educación al tiempo que voy chocando en alto sus palmas con la mía. Por educación y porque así me las caliento, que tonto del todo no soy.
– Duro, muy duro –me responde una jugadora entre fingidos jadeos–. Pero lo hacemos lo mejor posible. Dejamos todo en la pista cada vez que jugamos.
No respondo a eso y miro la mencionada pista. Limpísima. O no han dejado tanto como dicen o el realmente bueno es el limpiador. Mi siguiente pregunta es para él.
– ¿Merengue o colchonero?
– Del Rayo –me contesta guiñando un ojo–. El truco ha funcionado. Es la forma que utilizamos los investigadores para identificarnos entre nosotros sin ser descubiertos. Luego intercambiamos un mensaje en código morse –él dando golpes con su escoba, yo palmadas en la frente como si intentara recordar el nombre del lateral derecho– para vernos al final de la tarde. Los demás piensan que somos gilipollas, pero no vamos a sacarles de dudas. Seguimos fingiendo durante un rato.
– ¿Cómo va el partido? –pregunto.
– Dos a cero –responde.
– ¿Y quién gana? –continúo.
– Los que llevan dos –afirma convencido.
Pongo cara de interés y prometo a todos volver cuanto antes para aprenderme bien las reglas.
El jugador de ‘curling’, que es así como se denomina al juego de las cavernas que acabo de describir, responde al apelativo del Cholo. Su nombre real es Miguel Cervantes, pero prefiere no usarlo en público por razones que todo el mundo entenderá. Es doctor en astrofísica y trabaja en un experimento internacional de búsqueda de pruebas de polarización de la radiación cósmica del fondo de microondas. Para comer tiene que fregar suelos.

Uno de los concentrados ha desaparecido esta noche. Este suceso nos llena de inquietud, alterando nuestra tranquila existencia. Los directivos de la federación están muy preocupados, no en vano el fornido rubio Juanillo Henriksdal –de madre sevillana y padre reponedor en el Ikea de la capital andaluza– es uno de los deportistas más prometedores de nuestra escuadra, estando considerado por toda la prensa especializada como un fijo del plantel para entrar en la lucha por los metales. Juanillo no ha pasado por el control de avituallamiento mientras se entrenaba en su especialidad de esquí de fondo. Reunido durante toda la mañana el cuerpo técnico, se ha decidido no comenzar la búsqueda hasta dentro de dos días. Es posible que esté entrenando más al fondo aún, y si llega al polo Sur no será bobo y suponemos que se dará la vuelta. Además mañana hay Champions en la tele todo el día y no hay que sacar las cosas de quicio.

2015-11-23 20:11 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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