Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Marzo 2017
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Capítulo IV

Llevo varios días en alta mar, embarcado en el singular buque Findus. El barco ha puesto rumbo a los ricos y rentables caladeros de merluza descubiertos hace unos años junto al archipiélago de las Shetland del Sur, situado en el mismo Sur del Océano Atlántico y al Sudeste del Cabo de Hornos, mi destino final. Como consecuencia del Tratado Antártico, se asignó a España la posibilidad de asentar instalaciones no militares en este continente, en concreto en las islas Livingston –la segunda en tamaño, después de la Rey Jorge– y Decepción, que son dos de la decena que forman este archipiélago situado a escasos kilómetros del gran bloque de hielo. El Tratado en sí es papel mojado. Antes de salir por la puerta todos los firmantes ya habían plantado una base militar. Maricón el último y más si la tiene pequeña. Los norteamericanos tienen en la vieja MacMurdo a más de cuatro mil hombres –y alguna mujer, imagino–, y los argentinos a otros tantos y tantas, reclamando ingenuamente la soberanía de los miles de campos de fútbol de agua helada desde hace una buena pila de años.

La travesía no se prevé exenta de dificultades, aunque las excelentes prestaciones de la moderna maquinaria del navío, unido ello a la pericia de la tripulación en este tipo de viajes, hacen que la tranquilidad reine entre todos nosotros. La única preocupación del capitán, del que me he granjeado su total confianza nada más ponerme a sus órdenes, son los problemas que puedan causar los deportistas olímpicos. Están más excitados y violentos de lo que acostumbran, posiblemente debido a alguna partida adulterada de vitaminas sintéticas o por la misma tensión de la importante competición que se les avecina. Malaspina no es la primera vez que tiene que hacer este tipo de transportes, obligado por la compañía congeladora, que sabe lo mucho que gustan sus productos en las habituales recepciones de deportistas organizadas por Zarzuela. Casi acabamos de salir y no ve el momento de llegar y dejarnos a todos –a los citados olímpicos y a mí mismo que, a mi pesar, no dejo de ser uno de ellos como así consta en mi documentación oficial– en las frías tierras polares. El trabajo de pinche me resulta sencillo y el simpático cocinero chino tiene paciencia conmigo, aunque he chamuscado docenas de valiosas varitas. Pero le voy cogiendo el tranquillo. Al menos ya he aprendido lo que significa emplatar.

Ya son dos las semanas de travesía, y de momento han transcurrido sin mayores novedades. El tiempo está calmado y también los ánimos de los deportistas abordo, que prácticamente no salen de sus camarotes si no es para leer el Marca en la cubierta, tumbados en sus hamacas, momentos que aprovechan los fisios para poner a punto sus delicados muslos. El trabajo en la cocina es aburrido por lo que he intentado cambiar los gustos del pasaje con alguna innovación en el menú –como añadir un par de huevos fritos al pescado, recordando viejos tiempos–, pero no he tenido éxito. Estoy empezando a pensar que estos hombres viajan precisamente en este barco por el único placer de poder comer varitas de merluza recién pescada. No sólo las comen con fruición, sino que incluso organizan concursos de construcciones con ellas. Resulta conmovedor contemplar una exacta reproducción a escala de la Sagrada Familia –primer premio, Pascual Escualo, contramaestre– cuando se está tan lejos de casa. La plasticidad de la merluza para el modelado es sorprendente para aquél que la desconoce. Para Pepe, con el que solía compartir buena parte de mi tiempo libre, que es mucho, el concurso ha sido un fracaso y a la vez una tragedia. Hacer bolas de pescado con la boca no es propio de hombres, sino de niños, según ha resuelto el jurado tras una difícil deliberación no exenta de polémica. De nada le ha servido presentar el certificado médico de inútil total –además de manco tiene los pies planos–, intentando evitar su nominación y consecuente expulsión. El capitán ha mostrado su lado más oscuro, ha cedido a las presiones de los otros mandos de la marinería, y le ha obligado a volver a puerto embarcado a solas en un bote. Creo que no llegará muy lejos remando en círculo.

Las singladuras se suceden y hoy hemos hecho nuestra primera y última escala. Con el fin de reponer provisiones y pisar tierra firme, amén de visitar prometedores burdeles –no sólo de merluza puede vivir un hombre–, pasaremos dos días en Ushuaia, la ciudad más al sur del continente americano. Ushuaia es un lugar extraño, de aspecto lúgubre, a pesar de la reinante claridad. Nos encontramos ahora al comienzo del verano austral y el sol no se oculta hasta las once de la noche, para aparecer sólo cinco horas después. Este fenómeno tiene rebotados tanto a la tripulación como al pasaje, acostumbrados como están a largas farras nocturnas. Aunque está situada a más de tres mil kilómetros de Buenos Aires, la pasión por el deporte del balón es similar. Hemos dedicado toda la tarde a jugar con los lugareños. Como no se acababa nunca la luz y, por consiguiente, el partido, alternamos las patadas al balón con puñetazos en partes blandas mientras nos mentábamos hasta cinco generaciones de nuestros respectivos árboles genealógicos. En el descanso, tumbado en el banquillo, he conseguido averiguar gracias al arquero rival que, en realidad, estoy enamorado de mi madre y que por eso he emprendido este largo e incierto viaje en la búsqueda de mi yo emocional. Entre sollozos y vestido con mi traje de comunión he prometido a mi psicoanalista llevarla conmigo a Zarzuela si se presenta la ocasión. Aunque sea disfrazado de repartidor de Pescanova y no de medallista.

Media ya el mes de octubre cuando el práctico del puerto de Ushuaia guía al Findus por el canal de Beagle, a un lado Chile, al otro Argentina. Casi seis horas de navegación hasta encontrarnos en mar abierto, en aguas del estrecho que separa el continente americano del antártico y que une el océano Atlántico con el Pacífico. Dejamos atrás el paralelo 50 camino del 60, el que marca el comienzo de la Antártida. El tiempo era bueno y la mar parecía el culito de un niño, en palabras de un rijoso marinero que ya ha cruzado este estrecho más de una docena de veces. Cuando todo parecía conseguido, y sin previo aviso, las olas comenzaron a levantarse por encima de los siete y ocho metros, sacudiendo al Findus como una marioneta. La aguja del inclinómetro marcaba una escora de más de cuarenta grados consecuencia del embate de las olas y vi gente llorar, vi gente rezar, vi gente correr. Yo hice lo propio, y al tiempo que rezaba corrí a mi camarote a lágrima viva, hasta encontrar un pequeño paquete que mi padre –que no iba a ser menos que mi madre– había colado de contrabando en mi equipaje. Ya con este asunto liado entre los dientes fui a compartirlo con el capitán. Malaspina, que estaba de los nervios, recuperó en ese mismo momento su pachorra habitual. Al son de Bob Marley saliendo a todo volumen por los altavoces varió ligeramente el rumbo mientras atravesábamos el terrorífico paso de Drake. Aferrado sonriente al timón y con su inconfundible e inseparable varita de pescado rebozada asomando por el bolsillo de la chaqueta. Una vez superados los imponderables de la ruta de las primeras estribaciones antárticas, llegamos al mar de Brandsfield, en el que nos esperaban aguas más tranquilas y el imponente espectáculo de una catedral de hielo.

– ¿Qué te parece si para celebrarlo les rebozamos a la tripulación hoy dos veces el pescado para la cena? –me ha preguntado Chang, apoyado conmigo en la borda del Findus, embelesado como yo por el fascinante paisaje helado que tenemos ante nosotros.
– No sería mala idea –he contestado–. Doble de pan, doble de huevo, pochamos, reposamos, aliñamos, freímos, emplatamos y servimos aún bien calientes.
– Me gustas, Zine. Tienes iniciativa –me ha dicho el chino llamándome por mi nombre, en perfecto castellano–. Deberías dejar de preocuparte por las enfermizas costumbres reproductivas de esos gusanitos marinos que estudias, y empezar a pensar en dedicarte de lleno al negociado del marisco y su variada gastronomía. Fíjate en esa tropa –añade, refiriéndose a los olímpicos–, y en cómo se llenan los carrillos con ellos sin acusar el cansancio ni las agujetas producidas por la ingesta masiva del ácido láctico contenido en tanto crustáceo.
– Te refieres, intuyo, al ácido úrico –comienzo a corregirlo–. Y los nematodos no son unos gusanos cualquiera. Son redondos, de cuerpo alargado y cilíndrico pero no segmentado, con una clara simetría bilateral. Y respecto a su reproducción, te diré que con frecuencia el macho tiene un extremo posterior curvado o helicoidal con espículas copulatorias. Los órganos reproductores son en proporción a su cuerpo muy grandes y complejos. En el macho nematodo están formados por testículos, vasos deferentes, vesícula seminal y conducto eyaculatorio…
– Para ya, Zine, que te vienes arriba y te olvidas de lo fundamental –me interrumpe–. ¿Has repasado ya la alineación?
– Joder, no –exclamo, mordiéndome el labio inferior–. Casillas, Ramos, Piqué, Puyol…
– Capdevilla –me ayuda.
– Sí, ése. Capdevilla –y continúo–: Alonso, Busquets, Xavi, Pedro, Villa y…
– ¡Iniesta, joder! ¿Quién si no? –Chang se irrita–. Te van a atizar esta noche otra vez. No digas que no te lo advertí.

Resoplo. En efecto, cada noche se repite la misma cantinela. Después de repartir las viandas, todos los deportistas desplazados hasta aquí tienen la obligación de recitar como un mantra la alineación campeona del mundial de fútbol de 2010 a modo de acción de gracias, y yo, obviamente, con ellos. Ayer me pillaron silbando porque me atasqué con el puñetero lateral derecho. Y me zurraron, claro. Huelga recordar aquí que la tripulación, desde el más humilde marinero hasta el mismísimo capitán Malaspina, se abstiene de cualquier intento de mediar en asuntos de vestuario. Además de la paliza tengo que lavar los trapos sucios allí, como si tuviera poco con los platos pringados de aceite que Chang no deja de apilarme.

Aprovecho ahora para escribir un poco acerca de mí. Al menos, para presentarme.
Me llamo Zinedine, aunque todos me conocen por la apócope de Zine. Zinedine María es mi nombre completo. Vine al mundo con el siglo, el año 2001. Otro rato explicaré por qué mis padres me hicieron esto, pero supongo que es fácil hacerse una idea de los gustos y devociones de mis progenitores. Mi padre es muy creyente y mi madre no se quita la camiseta blanca ni para ir a un entierro. Ella dice que es por el frío, pero mi hermano pequeño se llama Iker. Pensando en esto me vuelvo a replantear el asunto del presumible posado familiar en Zarzuela. Al fin y al cabo, el argentino era un charlatán que sólo buscaba mi plata.

2015-11-16 12:09 | Categoría: | 1 Comentarios | Enlace

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Comentarios

1
De: jose Fecha: 2015-11-17 18:01

Siempre me atrajo tu divertida y amena forma de escribir en la que se lucen tu desbordante imaginación y tu sentido del humor. La vida es conveniente tomarla con una sonrisa. Esperando el próximo capítulo. Abrazos.



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