Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Mayo 2017
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Capítulo III

– ¿Cuándo zarpa ese barco del que me hablaste ayer, comemierda? –le he espetado al sosias de Popeye nada más cruzármelo en el puerto. Odio las espinacas desde niño, pero él agradece con una sonrisa desdentada el piropo cartagenero. Nuevamente el marino ha sido parco en las explicaciones.
– Un par de días, a lo sumo. En cuanto terminen de descargar la merluza –me contesta–. Para embarcarte tendrás que hablar con el Moro y convencerlo, y eso no te saldrá barato.

He deambulado por allí durante toda la tarde en busca del sujeto indicado por el fornido personaje. El ambiente bullicioso invitaba al paseo. La actividad era febril en torno a dos buques de la Armada, otrora invencible y ahora reducida a unas pocas fragatas desvencijadas cuya única misión oficialmente asignada es la de escoltar las frecuentes regatas en las que siempre toman parte los desocupados y numerosos infantes. Cerca de allí he reparado en un barco diferente. Un combi cuatro estrellas con dos motores de funcionamiento independiente, arcón congelador, distribuidor de hielo y panelable. No puede ser otro que el magnífico frigorífico Findus, el barco más moderno de la flota de Pescanova. Me he encaminado hacia él, con la esperanza de encontrar en sus proximidades al misterioso moro que pueda solucionar mis problemas. Un marino del moderno navío me ha dado razón de este individuo. Se había ido de putas pero mañana tiene turno de faena todo el día.

He vuelto a pasar la noche en el mausoleo. Casi no he podido dormir por culpa de los numerosos visitantes, que no dejan de acudir a cualquier hora del día o de la noche para venerar los restos incorruptos del famoso escritor, restos que flotan ingrávidos en un gran cilindro de material transparente. Llaman especialmente la atención sus enormes huevazos. Sorprendido yo también del tamaño fuera de lo normal de sus atributos viriles, me he unido a sus plegarias hasta que ha despuntado el día. De nuevo en el puerto, he preguntado discretamente a un joven que comenzaba su jornada en el Findus si conocía a un individuo de aspecto magrebí, tez oscura y cabellos ensortijados y negros, y que respondiera al apelativo del Moro. El muchacho, alto y rubio pero de complexión frágil, más tenía el aspecto de un fracasado proselitista mormón que de un descargador de merluza, aunque su camiseta a rayas horizontales y, sobre todo, el tatuaje de dos gaviotas en vuelo en su antebrazo derecho delataban su inmunda condición. Respondía al común nombre cristiano de Pepe. En su antebrazo izquierdo no había tatuaje alguno, supongo que por falta de espacio en el muñón que le colgaba. También las cajas de teleósteos –vulgo merluzas, y es que me puede la deformación profesional– que apilaba dificultosamente, daban cuenta de su anodina actividad diaria.

– ¿Preguntas por el Moro? –ha contestado a mi pregunta con otra el citado sujeto.
– Sí. Necesito hablar urgentemente con él.
– ¿Otro científico? –ha vuelto a preguntar sin apartar la vista de su gélida carga.
– Pues… sí –he dudado en la respuesta–. Supongo que ya puedo denominarme así.
– El precio habitual para embarcar es de una córnea. Si no hay calidad, y veo que tú llevas gafas, entonces tienes que desprenderte de un riñón. La operación es limpia y segura, no tienes de qué preocuparte.
Reconozco que me preocupé. Pero no todo estaba perdido, pensé.
– Quiero hablar con el Moro. No admito intermediarios –le he chuleado.
– Lo tienes delante de tus podridas córneas, maldito bergante chupapollas –me ha respondido utilizando correctamente la conocida jerga cartagenera. Mi imaginación esperaba a alguien tomando el té en chilaba y babuchas sobre una alfombra, apuntando nombres de desgraciados como yo en una lista de viajeros de derecha a izquierda. Me ha explicado cortésmente que estaba empezando, y que por tanto necesitaba un nombre de guerra para impresionar.
– Ya sé que cuesta empezar. Dímelo a mí –le he dado la razón, con la secreta esperanza de conseguirle arrancar un poco de lástima y compasión hacia mi persona.
– No me gusta mi trabajo, no soporto ese maldito olor a pescado. Ni los tiburones. Por eso intento dejarlo –me ha explicado agitando su ya inexistente extremidad superior siniestra–. Yo antes era como tú, un jodido investigador sin futuro.
– ¿Te estás quedando conmigo, maldito lisiado? –he preguntado sorprendido, sin perder la compostura propia de una educación pobre en sabores pero rica en saberes.
– Aquí donde me ves, soy doctor en cirugía oftalmológica. Pero hasta hoy sólo he practicado con los besugos, que son de ojos grandes y saltones. Y es fácil entrenarse con ellos.
– ¿Y pican muchos?
– No, no creas. Nadie se atreve a dejarse operar por mí. Supongo que trabajar con sólo un brazo no inspira confianza. El colega nefrólogo tiene más negocio. Y buenos contactos en el mercado negro.
– Me refería a los besugos, pero te agradezco igualmente la información.
– Entonces, ¿cerramos el trato, malparido? –me ha insistido.
– Sigue intentándolo con los besugos. Creo que esperaré otro barco.
Dándole la espalda, he comenzado a caminar hacia la salida. Pero despacio.
– ¡Eh, tú! ¡El cuatrojos! No tan deprisa…
– ¿Puedes ofrecerme algo menos doloroso? –le pregunto girándome hacia él.
– ¿Sabes cocinar?
– Sé freír huevos –y he sido sincero.
– Creo que bastará –ha respondido–. En el barco no se come otra cosa que varitas de merluza, y la fritura es la misma técnica.
– Entonces, ¿podré embarcar? –grito sin poder contener la alegría.
– Déjame que le hable de ti al capitán –me afirma moviendo la cabeza–. Necesitamos un pinche de cocina nuevo, porque el anterior se fue por la borda durante una juerga en el último viaje.
– ¿Se emborrachó y perdió el equilibrio?
– Algo así. Cogió una merluza enorme.
– Me imagino el mareo dentro de un barco, sí.
– No, no te imaginas el cabreo del capitán. Nadie roba en el Findus. Lo largó fuera de una patada en los cojones –añade.
– Seré prudente, entonces.
Mañana a primera hora tengo la entrevista de trabajo con el capitán. Si todo sale bien, zarparé dentro de dos días en el Findus rumbo a mi destino antártico.

Otra noche sin pegar ojo en el mausoleo Pérez–Reverte. Pero salgo de allí con buen ánimo –y buen hambre–, al encuentro del capitán Malaspina. El nombre me resulta familiar y sonoro, supongo que por la clara asociación de ideas con la mercancía que transporta. Este ha resultado ser un hombre tranquilo y afable, muy diferente en trato y maneras al del episodio narrado por Pepe el manco, antes conocido por mí como el Moro. Al contrario que a este, le sobra mano izquierda para tratar con la gente. Me ha invitado a un café caliente acompañado de unos churros de aspecto indescriptible en una taberna cercana, no sin previamente ceder su brazalete de capitán a un compañero antes de abandonar el barco, tal y como marcan las ordenanzas al producirse una sustitución. La Carta Esférica es un local de estilo indefinible, lleno de fornidos marineros que lucen orgullosos su musculatura con los más variados tatuajes grabados en extraños lugares, como Benalcázar, Bañares, Alcocer, Curiel o Burguillos, por ejemplo. Allí un incidente ha perturbado nuestra entrevista. Un grupo de pelanas ataviados con el chándal de respeto de la selección olímpica ha irrumpido en el tugurio exigiendo a gritos sus consumiciones. Los rudos marineros se han apartado prudentemente de la posible refriega, sabedores de que se exponen incluso a penas de cárcel si no respetan a los deportistas. Están especialmente furiosos porque dicen tener que hacer un largo viaje hacia su concentración en un bacaladero, y no en el yate habitual tal y como se estipula en sus contratos de imagen. Para mi desgracia, como me ha confirmado avergonzado entre lágrimas el capitán, serán mis compañeros de pasaje.

2015-11-09 11:22 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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