Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Marzo 2017
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Capítulo II

Hoy he terminado mis estudios en la Universidad. Comienza una nueva vida para mí. La primera decisión importante que he tomado, ahora que he aprendido a escribir correctamente, ha sido la de llevar un diario de mis andanzas, que espero sean muchas. Aunque la universidad no es ya un lugar tan serio como dicen que lo fue, me hacía falta una titulación cualquiera para conseguir un trabajo y escapar de casa. O eso, o la vida mendicante en los duros tiempos que corren. El panorama que se dibuja ante mí, una vez licenciado en la compleja especialidad de microbiología marina en nematodos abisales, sólo puede definirse como desolador, amén de patético. Pero mi inquebrantable optimismo, mi juventud –todavía no he cumplido los cuarenta–, y mis renacidas ganas de vivir, me impulsan a salir del cálido y seguro nido familiar en busca de inciertas aventuras. Mi principal mentor, don Leandro Rebolledo, un viejo profesor desencantado de las miserias universitarias pero todavía entusiasta investigador, hará lo posible por conseguirme una modesta beca y enrolarme en el buque científico Hespérides. Ojalá lo consiga.

Don Leandro acaba de llamar. Los acontecimientos se precipitan. A uno de los deportistas del programa olímpico se le han cruzado los ligamentos y yo puedo ocupar su lugar si retocamos un poco las fotografías. Un amigo me ha juntado las cejas con Photoshop y asunto arreglado. Es un extenso contrato de tres meses gracias al cual se supone que voy a ir a la Antártida para practicar snowboard, en su puntera modalidad halfpipe, disciplina en la que se nos resisten los metales desde hace décadas, con el consiguiente enfado de Casa Real, que ve en estas debilidades deportivas, antaño triunfales, una prueba más de su decadencia. Don Leandro es un lince, tanto por su proverbial inteligencia y sagacidad para conseguir dinero, como por estar en las últimas, existencialmente hablando. Tengo que incorporarme a la concentración nacional dentro de cinco días en Cartagena, desde donde partiremos deportistas y científicos rumbo al Continente Helado. Casi no tengo tiempo para prepararme. De momento voy practicando con la tabla de planchar en el sofá mientras veo en el reproductor un cursillo acelerado a cámara lenta, valga la paradoja. Al encontrarme de esta guisa mi madre ha empezado a gritar, convencida en sus sospechas del reblandecimiento de mi sesera como consecuencia de tantos años de inútiles estudios de bichos marinos, igualmente blandengues. Tampoco mi padre parece muy entusiasmado con la nueva afición de su retoño, y menos aun viendo el lamentable aspecto de sus camisas. Quiere que le devuelva inmediatamente el sofá, la tele y el mando a distancia. Ver llorar a un padre no es plato de gusto, así que he claudicado ante ellos y ahora prosigo con los entrenos en la bañera, que voy rellenando periódicamente con su espuma de afeitar. Papá parece un pordiosero, con barba de varios días y la ropa hecha un churro, pero puede presumir en la oficina de tener un hijo deportista olímpico. Antes, cuando los compañeros le preguntaban por mí, agachaba la cabeza y decía: «El chico me ha salido microbiólogo marino. Qué le vamos a hacer.» Ahora es feliz y sueña con una foto en Zarzuela junto a mi madre.

He llegado esta tarde a Cartagena en el AVE, ligero de equipaje puesto que mi madre no ha permitido que me llevara su tabla de planchar. Allá ella si se pierde la foto real por autoritaria. La estación murciana lleva pomposamente el nombre de su hijo más ilustre: «Estación Internacional de Ferrocarriles de Alta Velocidad Arturo Pérez–Reverte.» Todo en este lugar lleva su nombre. Las calles se denominan con los títulos de sus novelas más conocidas, sus plazas y rotondas se adornan con bustos, estatuas y monolitos dedicados a su insigne persona. Incluso la gente habla como él, orgullosa de haber nacido en la misma ciudad. Al tomar un taxi para dirigirme a la pensión, el conductor, sin perder en ningún momento su franca sonrisa, me ha preguntado: «¿A dónde vamos, mamoncito de mierda?» No me lo he tomado a mal, pues sé de las costumbres de sus peculiares habitantes. He respondido con pareja cordialidad: «A la pensión Conde–Duque de Pérez–Reverte, en la plaza del mismo nombre, cabronazo.» Ha sido un trayecto apacible a la par que tranquilo, del que hubiera disfrutado plenamente si el taxista no se hubiera empeñado en recitarme de memoria el inmarcesible guion de Gitano. En verso. Ya en la pensión, me he dado una ducha rápida para poder disponer de más tiempo y salir de inmediato a conocer un poco la ciudad y, sobre todo, su gran puerto, donde se supone está atracado y listo para zarpar mañana conmigo a bordo el otrora formidable buque Hespérides. Pero no he podido dar con él. Tal vez debido a la poca luz, dado lo avanzado de la tarde. Botado en el año 1990, dicho navío tiene que estar ya para pocos trotes, pero se mantiene operativo y a flote en virtud del Tratado Antártico, del que España es miembro consultivo. Perder influencia en la zona sería catastrófico para las renacidas aspiraciones olímpicas de Madrid. La relación causa–efecto no está muy clara, pero a los escasos pero astutos científicos no se les ha ocurrido argumento mejor para sobrevivir que alegar la importancia estratégica de un tratado como el citado, de numerosas a la par que clarísimas implicaciones con la promoción olímpica. Los políticos nunca pondrán en duda las opiniones de personas con el graduado escolar aprobado. Como digo, la supervivencia del conocido como Buque de Investigación Oceanográfica Hespérides es una razón política y, por tanto, de todo punto incuestionable. Con capacidad para realizar actividades multidisciplinares, el navío ha surcado los siete mares –incluidas aguas polares con hielos someros de verano–, y ahora se dispone a comenzar su trigésima tercera campaña antártica. Durante todos estos años ha llevado a buen puerto –valga la expresión para un barco– serias investigaciones sobre corrientes de hielo en el margen pacífico de la Península Antártica, sobre circulación y batimetría en el entorno de la corriente circumpolar, o trabajos no menos importantes de botánica, radiación austral, agujero de ozono, geodesia, vulcanología o zoología de ecosistemas acuáticos, por ejemplo. Los nervios me impiden conciliar el sueño pensando en la leyenda del navío que me acogerá las próximas semanas, y el cansancio no basta para rendirme. Mañana será un gran día y tengo que estar bien despierto para disfrutarlo, así que abro la mesilla de noche buscando una Biblia reparadora, pero sólo encuentro un ejemplar de La tabla de Flandes. Cuando el sopor comienza a invadirme cierro la novela y termino este resumen diario.

El despertador ha sonado frenéticamente al punto de la mañana. No he tardado ni quince minutos en recoger mis cosas, abonar la magra factura de la modesta pensión y salir hacia mi destino, tal es mi ansiedad. Con las primeras luces del amanecer resulta imponente la gran imagen del prócer amarrado a un enorme timón, aguantando los embates de un tremendo huracán bajo el fuego enemigo en Sarajevo, treinta metros de altura en bronce fundido a la entrada del puerto que, como todo en Cartagena, lleva su nombre. Otro taxista me ha traído hasta aquí junto con mi pequeño petate. Aunque no lo suficientemente pequeño como para que mi madre, a mis espaldas, haya añadido un par más de calzoncillos y el olvidado traje de mi primera comunión. «Por si te hace falta en alta mar, mi marinero», dice una pequeña nota que apareció en el bolsillo de la chaquetilla. Definitivamente, si hay foto con sus altezas será sólo con papá. El citado conductor se ofrece a acercarme al mausoleo si dispongo de tiempo, donde puede visitarse el cuerpo criogenizado del santo varón: «Merece la pena, hijoputa. En esta época del año está lleno de peregrinos venidos de todo el mundo.» Declino amablemente la oferta, le mento igualmente la madre como es aquí obligado, y me despido.

Pero el barco no está.

Al rato de vagar inútilmente por el puerto, y viendo que el tiempo se me echaba encima sin encontrar el Hespérides, me atrevo a preguntar a un rudo trabajador de la mar que paseaba ociosamente por allí acerca del paradero del barco. El sujeto me mira de arriba abajo con aspecto divertido y luego comienza a reírse a carcajada limpia. Le hubiera atizado de no ser porque conozco el mito de Popeye, que rápidamente asocio al instinto básico de supervivencia. Por lo que parece –según me ha explicado el marino no sin antes orinarse encima como consecuencia de la supuestamente graciosa pregunta–, el tal buque hace más de dos meses que yace hundido en la bahía cartagenera. La noticia no ha salido todavía a la luz, por las antedichas razones de la estrategia política y porque el COI continúa sin decidirse entre Madrid y Buyumbura. Sin perder la compostura –aunque ya clara presa del desánimo–, le he preguntado si él conocía alguna manera para poder viajar a la Antártida, con la esperanza de que pudiera echarme un cabo, nunca mejor dicha la metáfora entre marinos que somos. Su escueta respuesta ha sido que, o bien iba nadando, lo que no era muy aconsejable dada la distancia y la temperatura del agua, o bien me colaba de polizón en el buque congelador de Pescanova. He sopesado rápidamente las opciones. No tengo ya dinero ni forma de conseguirlo. (Excepto si practico innombrables acciones en un local de alterne cercano que mi interlocutor me recomienda vivamente, puesto que él es cliente habitual. Por supuesto declino su invitación.) A pesar de todo estoy decidido a volver mañana al mismo lugar del puerto a buscarlo, con el deseo de encontrarlo ya aliviado y con calzoncillos limpios, que yo mismo le podría proporcionar, en su caso, pues ando sobrado de dichas prendas.

Hoy no me queda otra que hacer noche en el mausoleo.

2015-11-03 13:59 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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