Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





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<Marzo 2017
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Capítulo I

He regresado vivo del infierno. Y voy a contarlo.

Incluso hoy, pasados ya varios años desde mi vuelta de las regiones polares, los recuerdos son tan vívidos que ni el sueño más profundo inducido por los médicos que me atienden –y que no dejan de intentar a diario que descanse al menos durante unas pocas horas–, logran que olvide o tan siquiera amortigüe los terribles sucesos que una y otra vez golpean mi cerebro. Y cuando consiguen que cierre los ojos la pesadilla renace con mayor virulencia, como si mi cabeza no tuviera ya voluntad propia, subyugada a una fuerza superior desconocida, y como si se negara a que todas las experiencias vividas y padecidas en la Antártida me abandonasen. Han tomado posesión de mi cuerpo y de mi voluntad, y dudo que fármaco alguno pueda conseguir ya que un incierto día me reinserte de nuevo cuerdo en esta sociedad donde, siendo muy joven, partí lleno de inquietudes hacia el continente helado en busca de conocimientos, aventuras y algo de fortuna.

Apenas son seis metros cuadrados. Y un jergón.

La exigua habitación en esta institución psiquiátrica donde me encuentro internado no da mucho de sí, pero supongo que a nadie le importa. Si ellos supieran… Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué. Y yo era uno de ellos. Hasta que tomé la decisión más terrible de mi vida, ofuscado por los cantos de sirena de convertirme en un gran sabio, en el gran desvelador de los secretos que todavía encerraba la naturaleza. Craso error. Apenas conseguí entreabrir esa enorme caja de misterios helada que todos conocemos como Antártida. Pero lo que vi allí nunca me compensará de los horrores sufridos. Ya no puedo quedarme callado por más tiempo. Y más a sabiendas de que otros pretenden continuar mis trabajos en aquellas hostiles tierras polares, no sin antes advertirles de los inimaginables peligros que correrían. Mi voluntad, aunque debilitada, me empuja a narrarles lo que allí ocurrió.

Me llamarán loco. Y razón no les faltará. Yo ya perdí toda.

Y se burlarán de mí tildándome de exagerado y embustero, de fantasioso. No me importa. Allá ellos si hacen caso omiso de mis advertencias. Yo sólo espero descansar pronto en paz. Los próximos días intentaré poner orden y fechas en mis confusos y amargos recuerdos. Los médicos me han autorizado a ello, puesto que creen que, tal vez, –ya perdidas las esperanzas en los ansiolíticos y tranquilizantes más potentes, y también en los más complejos estupefacientes psicotrópicos sintetizados hasta hoy– esa liberación consiga dejar paso a algo de luz en mi destrozada consciencia.

A partir de mañana podré dictar estas notas a un ordenador.
En ningún caso me será permitido el uso de un bolígrafo o cualquier otro objeto punzante, y ni tan siquiera me veré libre de mi camisa de fuerza si no es en la presencia de un enfermero cuya altura –según se recoge en el permiso redactado para este fin por el director del psiquiátrico– nunca podrá ser inferior a la del armario ropero del pasillo. Tal es la fuerza de mis desvaríos. De esta manera se evitará que pueda atentar contra mi propia vida de forma alguna. Después de cada grabación el mismo enfermero retirará la batería del portátil, puesto que tengo intolerancia tanto al gluten como al litio. Por el contrario, como tolero bastante bien las bofetadas, el director deja al enfermero la potestad del buen uso de las mismas si así lo cree conveniente.

Y todo por ir en la busca de ese maldito libro.
Mil veces maldito. Qué razón tienen quienes desdeñan la existencia de la droga del conocimiento y son felices en la ignorancia, absortos como viven en el subyugante videojuego de última generación, en su idilio con el alcohol de garrafa de incierto origen, o en la absorta contemplación de la inefable tertulia catódica, en la que se discute hasta el paroxismo la posibilidad de discernir la voluntariedad o no de una mano pegada al cuerpo. Con la mano abierta les daba yo, de tenerles a mi alcance y de acompañarme las fuerzas ya irremisiblemente perdidas. Pero estos ágrafos congéneres han demostrado ser más prudentes que yo. Y eso me hace sentirme inferior en mi pretenciosa sabiduría.

Uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Puede que el tiempo sea el juez implacable que da y quita razones. Y puede que no haya peor ciego que aquel que no quiere ver, pero estas frases encierran sólo medias verdades. Son aún más ciegos aquellos que desean, sin atenerse a las consecuencias, ver lo que nunca debería verse. En mis pesadillas nocturnas aparecen sus láminas como claras fotografías. En mi vigilia diurna sus textos ilegibles cobran forma y significado, revelándome ignotos secretos ocultos para los no iniciados. Una vez abierto ya no puede volver a cerrarse. Te atrapa sin remisión y te obliga a seguir leyendo sin poder desengancharte de sus páginas. Palabra tras sílaba, oración tras plegaria, pliego tras folio.

Y en este desquiciante viaje supe del formidable conflicto entre las fuerzas que habitaron la Tierra antes que los hombres, y me di cuenta de que nuestra especie había aparecido en el planeta como el fatal resultado de la cruenta batalla librada entre inmortales seres ancestrales, contrincantes feroces que alteraron el ritmo pausado de la evolución humana haciéndola progresar de forma caótica e impredecible. Sólo somos formas bestiales y deformes lejanamente emparentadas con aquellos más sabios y poderosos. Descendientes fallidos e indignos, esclavos de aquellos seres predestinados para dominar el universo, venidos hasta aquí desde remotos planetas girando en torno a lejanas estrellas incombustibles. Estamos a merced de la voluntad de los dioses Primigenios que habitan entre nosotros desde un tiempo que no somos capaces de imaginar.

Pero volvamos al inicio. Ese fatídico año yo me había licenciado en la universidad. Y nada sabía de otros libros que no fueran mis textos científicos o las excepcionales novelas de Arturo Pérez-Reverte. Todavía.

2015-11-03 13:40 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

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