Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo

Resumen:

Una desenfadada novela por entregas de Enrique Joven

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué

'En las montañas de la locura'

H. P. Lovecraft





enrique.joven@gmail.com
eJoven

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<Diciembre 2016
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Capítulo XII

El Cholo señala la cúpula. Una gigantesca compuerta se está abriendo lentamente desde el centro hasta la base. Una luz cegadora y un disparo de nieve nos alcanzan.
– Ojalá que nos lleve la muerte –completa por lo bajini Dakota.
– Tampoco hay que ponerse así –comento yo–. Creo que tenemos visita.
En efecto, un enorme artefacto metálico desciende a través de la abertura, girando con suaves movimientos que nos resultan inverosímiles para su tamaño y presumible peso. Supongo que es una nave espacial, pero me cuesta creerlo porque soy de ciencias oficiales. El Cholo, que es muy ortodoxo en este aspecto, intenta hacerme cambiar de opinión.
– Ese chisme, aunque parezca un platillo volante, no es más que un dron forrado de papel aluminio y sujeto con hilo de nylon. Seguro que nos quieren gastar una broma los militares de esta base.
Discrepo. Mide casi cincuenta metros de diámetro y, según aterriza, pulveriza los estratos paleolíticos con los que roza su estructura sin mostrar el más mínimo rasguño. Ya está en el suelo, en el centro de la gran explanada. El Cholo recula hacia posiciones algo más heterodoxas.
– Este trasto no se aparca al toque si el piloto no tiene seguro a todo riesgo. Otra prueba de que probablemente son humanos.
No hay militares. No estamos en una base cualquiera. No es una máquina concebida en la Tierra. El exterior del platillo tiene el aspecto del acero inoxidable sin pulir. La nave permanece posada sobre su vientre, en espera de ser desenergizada. Los rigelianos, que llenaban la explanada, se han apartado a un lado, curiosos y expectantes, pero parecen saber qué está ocurriendo. Y también Dakota.
– En este modelo de pasajeros la entrada se encuentra en la parte superior, desde donde se puede acceder a los tres niveles internos. En el inferior se encuentran los llamados ‘amplificadores de gravedad’, además de las guías de onda. El reactor en este tipo de ingenios suele estar situado directamente sobre los amplificadores, en el nivel central, donde además se encuentran los sistemas de control de discos y los asientos para los tripulantes. El Pentágono no dispone de información del nivel superior, cuya tecnología se mantiene en secreto por parte del contingente alienígena.
De repente se calla, lo que resulta un alivio. Al desenergizarse la nave el panel del nivel superior se ha vuelto transparente, lo que permite ver en el interior a los viajeros como si fuera una ventana. Los recién llegados están pegando los hocicos a este extraño material, en lo que parece ser un diseño que involucrara algún proceso de inyección de aire sobre material derretido y luego enfriado.
– ¿Más rigelianos de vacaciones en nuestro planeta? –pregunto al aire esperando respuesta.
– Creo que no –contesta Dakota que observa igual que yo como los cabezones grises que nos rodean han comenzado a chillar. El escándalo es insoportable.
– Juanillo, por Dios bendito, ¡haz que se callen!
Juanillo hace algunos cambios, pero no surten efecto. Los visitantes comienzan a descender por las escalerillas de su aeronave, observándolo todo con aire de superioridad.
– ¡Reticulianos! –grita Dakota–. Estamos de suerte.
No veo la razón. Han comenzado a chillar como sus primos y esto parece una competición de papagayos. Me va a estallar la cabeza como siga subiendo la frecuencia del berreo. De repente, el silencio. Unos cuarenta reticulianos, también grises y cabezones pero un poco más agraciados que sus congéneres rigelianos, están alineados en perfecta formación junto a la nave. Nos miramos. Nos miran. Al final nos ponemos de acuerdo y todos fijamos la vista en la escotilla principal, por donde comienza a asomarse el que parece ser su comandante en jefe. O lo que sea en su maldito planeta. No doy crédito.
– ¿Pepe? ¿Pepe el Manco? –le grito.

Tras los primeros minutos de lógica confusión, Pepe y yo nos fundimos en un abrazo. Él hace todo lo que puede al respecto, que no es mucho, pero le noto contento a pesar de todo.
– Entonces –le interrogo–, ¿no terminaste ahogado en el fondo del mar?
– Ya ves que no –me dice–. Aunque en realidad no sé cómo sobreviví. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento como consecuencia del hambre y la fatiga, es un enorme tornado que se formó en medio del océano. Cuando desperté me encontraba lleno de ventosas adheridas por todo el cuerpo y conectadas a cientos de cables entrando y saliendo de extrañas máquinas, en el centro de una enorme cúpula dentro de una ciudad submarina inimaginable. Poco a poco me hice comprender por sus habitantes, y ellos me consideran ahora una especie de dios.
Aquello sonaba muy parecido a lo que nos había contado Juanillo, que se había alejado por un momento de nosotros para intentar animar a los suyos, que eran presa fácil de calambres y otras afecciones similares. Dakota nos interrumpe.
– Aquí hay problemas –comienza a decir–. Estos alienígenas puede que sean primos, pero parecen cuñados.
En efecto, un rigeliano de marcados músculos y extraño tupé se estaba encarando con uno de los reticulianos más chillones.
– Te espero en mi planeta, si tienes huevos.
– ¿Tu planeta? –le responde el reticuliano desafiante–. Estás desahuciado tú y los tuyos. Ya lo hemos parcelado y vendido a un fondo buitre.
El manco tiene que intervenir. El Cholo está que lo flipa.
– Compañeras y compañeros –se arranca aquel que conociera en su día como el Moro en la lejana tierra cartagenera, y que tantas ínfulas tenía–. Estamos aquí para mirar adelante, para construir el futuro, para crecer y para sumar.
Lo de crecer parece que gusta tanto entre los rigelianos como entre los reticulianos. También todos quieren sumar, especialmente los rigelianos. Un empate es mejor que nada y el visitante es un equipo muy complicado.
– Cabezonas y cabezones –continúa Pepe dirigiéndose a su tropa que, por cierto, es hermafrodita al completo–. Este es un proyecto ilusionante para toda la ciudadanía, y desde la responsabilidad y el talante conciliador que me distinguen, yo me comprometo a que cuando gobernemos haremos de esta tierra un lugar mejor, más seguro, más libre y más democrático, donde todos tengan cabida con independencia de sus creencias, de su raza, de su religión, de su afición o del tamaño de su mollera.
Poco a poco está perdiendo la pinza, pero logra el objetivo de captar la atención de todos. Un chiquitajo reticuliano de segunda fila se pone de puntillas para ver mejor al orador.
– Os lo dije, ¡ya estamos creciendo! –grita, señalando al cabezón empinado. Este, emocionado, le responde:
– Todos somos contingentes, ¡pero sólo tú eres Imputado!
Una estruendosa ovación resuena en el recinto semiesférico:
– ¡Imputado! ¡Imputado! ¡Llévanos contigo en las listas!
Pepe se baja del improvisado atril –un reticuliano agachado como una mesa de noche– estrechando todas y cada una de las extrañas extremidades que se cruzan en su camino. Se le nota en su salsa. Apenas puede llegar hasta nosotros, tal es el fervor de sus simpatizantes.
– Ya veis –nos dice–. No es tan difícil tratar con ellos.
Luego nos explica algo que ya intuíamos. Al igual que los rigelianos, los reticulianos son telépatas, y estos últimos han tenido la dudosa fortuna de sintonizar sus comunicaciones con los debates políticos televisados. Mientras tanto, las discusiones entre unos y otros enanos continúan.
– Hay que respetar la presunción de inocencia.
– Es un penalti de manual.
– Que decida la justicia.
– El juez de la contienda dice que ha metido la mano.
– Respetamos, pero no compartimos la decisión judicial. Puede que haya metido la mano, no será ético pero es legal. Presentaremos recurso.
– Eres un sinvergüenza.
– Y tú un cabrón con pintas.
Hastiados de la conversación, y a sugerencia de Dakota, nos retiramos a echarnos unas Coca-Colas y un pequeño refrigerio. Ya se cansarán.

2016-01-24 21:54 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo XI

Aquel lugar dejaría sin aliento a cualquiera. Especialmente a Dakota, porque ha sido entrar allí y tener que empezar a bajar por tramos de escaleras interminables. Los peldaños están esculpidos en roca viva, una vez que la profundidad ha convertido el hielo en estratos de rocas de una época geológica remota, totalmente ignota para mí. Tampoco el Cholo parece poder identificar la antigüedad y naturaleza de la enorme caverna en la que nos vamos adentrando. Este oscuro mundo interior, cuya existencia desconocíamos apenas unas horas atrás, nos atrae de forma irremediable y no podemos dejar de avanzar y avanzar. Tanto es lo que avanzamos que terminamos por perder la cobertura. Juanillo va delante cómodamente sentado en unas parihuelas portadas por sus esclavos, siempre sonriente, abriendo camino rodeado de su cohorte de incondicionales rigelianos.

– Más cojones, hatajo de cabezones –les anima–. Hay que dejarse la piel en el campo.
– ¿Podemos descansar y abrir ya una Coca-Cola? –suplica Dakota. Está bañada en sudor y apesta. Los rigelianos no se apartan de ella como hacemos el Cholo y yo, de lo que colegimos que los orificios que tienen en el lugar de la nariz no llevan asociado el sentido del olfato. Eso que ahorran en colonias, que además llevan rapado al cero el pelamen. Nos detenemos a un gesto de Juanillo, que teme que Dakota enfurezca y le destroce la pierna buena. La temperatura ha subido más de veinte grados respecto a la que teníamos en la superficie. Posiblemente nos hallemos cerca de algún tipo de magma convectivo asociado a la naturaleza volcánica de esta franja antártica. Cada vez hace más calor.
– Míster –pregunta un rigeliano a Juanillo–. ¿Cuándo sudaremos nosotros la camiseta?
Juanillo se encoge de hombros. Aunque lleva unas semanas viviendo con ellos, imagino que no ha tenido tiempo de comprender en profundidad la fisiología de estos extraños seres. El Cholo y yo, que somos licenciados en despreciables ciencias oficiales, vamos anotando mentalmente las características morfológicas más reseñables de los pelones grises.
– No huelen, no sudan –me dice–. Seguro que no follan tampoco.
– Seguro –afirmo–. Ya has oído a Dakota que son clones.
– No creas todo lo que dice ese troll –me extraña su calificativo en un presunto enamorado como él–. Esto no parece una base yanqui ni de lejos.
En efecto, no lo es. Las paredes están llenas de bajorrelieves interminables que representan extrañas escenas, pobladas de seres indescriptibles llevando a cabo actos inenarrables. También hay horrendos grupos escultóricos, columnas imposibles, capiteles y frontispicios que parecen desafiar la fuerza de la gravedad en incomprensibles equilibrios…
– Rarito sí es el sitio –comento, sin poder apartar la vista de lo que me rodea–. Dakota se acerca a nosotros sorbiendo aliviada su refresco, ensimismada como yo en la contemplación de la peculiar decoración mural que van descubriendo nuestras potentes linternas. Súbitamente, grita.
– Oh my God! ¡Es igual que en el libro!
Algunos rigelianos se vuelven con cara de pocos amigos y rodean a Dakota, que no termina de comprender por qué se han enfadado.
– Supongo que sus creencias religiosas son muy diferentes a las nuestras –nos susurra intentando disculparse. Pero Juanillo interviene para evitar que llegue la sangre, o los fluidos verde viscosos, al río.
– No te preocupes, Dakota. Que yo ya me he encargado de evangelizarles y de que abracen la verdadera fe, y ellos rezan y se santiguan tres veces antes de entrar al campo como Dios manda. Pero no les menciones libro alguno, ten un poco de cabeza. Son muy sensibles.

En efecto, algunos de ellos están tirados en el suelo, en un intento desesperado por aplacar la picazón producida por unas extrañas ronchas rojas que repentinamente han cubierto su peculiar piel gris. Juanillo hace unos gestos y a sus órdenes dos de ellos desaparecen por un corredor, para regresar poco después cargados con dos enormes cubos llenos de un extraño líquido color mierda. No sólo parece mierda, sino que huele igual.
– Es su comida –nos aclara Juanillo–. La elaboran con excremento de focas, principalmente.
Ahora son ellos los que gritan alborozados, mientras comienzan a untarse el pestilente mejunje como si fuera bronceador. Unos a otros, desde la cabezota a los pies, ya sean estos dos o cuatro. Dakota tenía razón y nos lo recuerda.
– Debe de ser la sopa celular biológica con la que se alimentan a través de la piel –se reafirma–. Y aprovechando que están entretenidos absorbiendo el bien merecido tentempié –continúa–, sigamos examinando estos grabados.

Nos señala uno particularmente extraño y enorme. Ni en la escultura decorativa de la rotonda humana más abyecta podría uno nunca imaginarse algo así. En él parece representarse una gran masa viva en forma de cono, que podría tener unos tres metros de altura y otros tantos de diámetro basal. De su vértice nacen cuatro tentáculos flexibles, de unos treinta centímetros de longitud, que pienso podrán retraerse hasta casi desaparecer o, por el contrario, alargarse hasta alcanzar más de cuatro metros. Dos de ellos terminan en pinzas, y en el extremo del tercero hay cuatro apéndices rojos en forma de trompetas, estando el cuarto terminado en un globo irregular amarillento, de medio metro de diámetro. De la parte inferior de esta cabeza cuelgan unas excrecencias o palpos verdosos, que parecen antenas. La gran base del cuerpo cónico está orlada por una forma gris en apariencia viscosa, elástica y contráctil, que a buen seguro constituye el aparato locomotor del sujeto.
– Igual que una de las representaciones que aparecen en el manuscrito Voynich. No hay duda de que este libro y el desaparecido Necronomicón tienen el mismo origen. O son la misma cosa, quién sabe.
– Hay un problema con este grabado tuyo tan bonito –le interrumpo irónicamente.
– ¿Cuál es? –preguntan al mismo tiempo Dakota y el Cholo.
– Que no es un grabado. Es un bicho empotrado en la pared.
Y acto seguido le meto una patada con toda mi alma a uno de los apéndices que presenta en forma de trompeta. La figura se retuerce y estira algunos de los tentáculos fuera del muro, intentando alcanzarnos, aunque sin éxito. Sin embargo, un rigeliano despistado es atrapado por la enorme criatura primordial. El monstruo desaparece con su pequeña víctima a través de la roca ante nuestros ojos estupefactos.
– Nada como una Coca-Cola bien fría. Vámonos ya –comenta claramente acojonada Dakota. Mucha bravuconada, pero a las primeras de cambio ya ha renegado del apellido Norris.
– Mejor será que sigamos –dice también Juanillo tras contemplar la escena–. A caminar todos.
Aunque él no pone un pie en el suelo, porque cuatro rigelianos se apresuran diligentemente a portar su camilla. Como tienen la barriga llena, lo hacen de buena gana. Nosotros nos quedamos en silencio y reanudamos la marcha tras los rigelianos, que parecen satisfechos con el yantar a pesar del susto y la pérdida de uno de los suyos de forma tan imprevista. Juanillo le quita importancia.
– No es la primera vez que pasa esto –nos dice–. No sé qué son esas cosas, vienen y se van.
– Y ellos, ¿lo saben? –pregunta Dakota con curiosidad.
– Creo que sí, pero no quieren explicármelo. Se limitan a decirme que unas veces se gana y otras se pierde, y que no hay enemigo pequeño.
– Pequeño no era, desde luego –constato.

Al cabo de una hora larga más de caminata hemos llegado a lo que parece ser nuestro destino final. Ante nosotros hileras interminables de cabezones grises entran y salen por cientos de galerías horadadas en las paredes, en lo que parece ser una enorme encrucijada de caminos convergiendo en la gran explanada que tenemos bajo los cansados pies. Por encima de nuestras cabezas, a unos veinte metros de altura, entra rabiosa la luz del sol, filtrándose por una enorme bóveda de hielo azulado que aparece cubierta de nieve en buena parte de su superficie.
– Rediós –exclamo en forma castiza–. ¿No es la misma cúpula por la que entramos hace más de tres horas?
– En efecto –me aclara Juanillo–. Hemos dado un pequeño rodeo para llegar hasta aquí abajo, pero no he podido hacerles comprender todavía el concepto de ascensor. Si os sirve de consuelo, os diré que hemos dado la vuelta al mundo en estas tres horas. Ríete de Julio Verne y sus libros.
Al oír reírse a su líder de los odiados libros, muchos cabezones le imitan estallando en unas risotadas horrísonas. La enorme cavidad resuena de forma terrible, y tenemos que taparnos los oídos para poder soportarlo. Ellos no, así que seguimos tachando órganos sensoriales de su peculiar fisonomía. Dakota está muy rabiosa con el asunto del garbeo, pero se contiene. Sabe que si lesiona nuevamente de gravedad al Míster tendría que enfrentarse con un ejército innumerable de rigelianos, y no procede. De momento.

– ¿Y eso?

2016-01-14 20:32 | Categoría: | 1 Comentarios | Enlace

Capítulo X

Descansamos unas horas antes de proseguir camino. Decidimos hacer caso a Juanillo y aceptar la invitación de los cabezones para conocer dónde viven. Estamos realmente intrigados, y ellos parecen encantados de poder darnos alojamiento y ser nuestros anfitriones. Además el Míster les ha concedido la tarde libre y les permite usar por fin los móviles. Según nuestro reencontrado amigo, la entrada al recinto de Valdebebas –ellos llaman así a su ciudad subterránea– está muy cerca, así que podemos dejar el coche aparcado en doble fila e ir caminando. Todos en fila, cual pingüinos de por aquí.

Como Dakota no es muy ligera de pies, y tampoco para de hablar –y, por ende, de resollar–, nos lleva más tiempo del esperado el paseíto. Pero ahora está eufórica con el singular encuentro.
– Son rigelianos, estoy segura –empieza a contarnos–. No hay duda de que naves tripuladas por seres de otro mundo se han estrellado en la Tierra. Estas naves proceden no sólo de nuestra propia dimensión sino también de espacios multidimensionales. Nuestra civilización es una de las muchas que han existido en los últimos dos millones de años. Los esfuerzos del gobierno de Estados Unidos para obtener tecnología alienígena han resultado satisfactorios en algunas ocasiones, habiéndose practicado autopsias de estos seres y mantenido rehenes alienígenas durante algún tiempo con fines científicos y militares. Las principales agencias de seguridad norteamericanas están involucradas en el encubrimiento de estos hechos...
El Cholo y yo nos miramos, pero dejamos que siga con su entretenida cháchara. Además, como la tía no ha hecho acopio de muchas provisiones previendo una excusión breve, habla sin lanzar perdigones, lo que es muy de agradecer.
– Como resultado de las actividades de ciertos alienígenas, muchas personas han sido y están siendo abducidas, secuestradas, mutiladas y muertas. En la actualidad existe una presencia activa alienígena en el planeta, que controla elementos diferentes de nuestra sociedad. Algunas de estas entidades son hostiles y otras no. Mi gobierno ha tenido por algún tiempo compromisos oficiales de trabajo con estos seres con el propósito de obtener información acerca de la propulsión gravitacional, los motores iónicos y el control mental, principalmente. La tecnología actual en poder de algunos gobiernos como el norteamericano excede con mucho aquello que es conocido por la opinión pública y así, por ejemplo, el programa espacial de la NASA encubre otros propósitos. Algunas personas que han llegado a saber lo que está sucediendo han sido necesariamente asesinadas...
– ¿La NASA? –le interrumpe extrañado el Cholo–. Interesante reflexión, Dakota. ¿Y a quién han asesinado, si puede saberse?
– No puede saberse, por supuesto –contesta indignada Dakota–. Si te revelara los nombres que conozco mi vida valdría menos que un centavo. Y luego está ese libro…
– ¿Qué tiene que ver ese Necronomicón tuyo? –intervengo yo.
– Precisamente es el libro de los nombres. O de los muertos. O de los nombres muertos –y se detiene a reflexionar sobre ello, sin dar con la traducción adecuada–. O algo así. Y nadie ha conseguido desentrañarlo todavía.
Pausa para respirar.
– Pero hablemos de los extraterrestres –se pide a sí misma. Dakota vuelve sobre el asunto sin que ninguno de nosotros pueda impedírselo.
– Como os decía, hay un acuerdo secreto de mi gobierno con las vulgarmente denominadas Entidades Biológicas Extraterrestres. Su nombre en clave es EBE. A cambio de su tecnología, Estados Unidos les proporciona lugares seguros donde ellos pueden esconderse y desarrollar sus actividades, algunas inconfesables.
– ¿Leer? –bromea el Cholo mirando el rondo que practican unos cuantos rigelianos.
– No es para tomárselo a broma, amigo mío –se indigna Dakota–. El primer lugar donde se escondieron fue Groom Lake, una base militar ampliada en los años setenta y ochenta del siglo pasado bajo la supervisión de uno de ellos, al que llamaban Lionel. Allí se construyó una enorme instalación subterránea en la que se colocó el instrumental militar pactado por ambas partes, pero que era manejado exclusivamente por los alienígenas…
– ¿No es la famosa Área 51 en Nevada? –le pregunto. Me ordena guardar silencio con gestos. Continúa hablando, pero en voz más baja.
– Hubo que cerrar Groom Lake porque los periodistas se echaron encima y amenazaban con descubrirlo todo, especialmente vuestro sabueso Iker.
– ¿Iker Casillas? –grita un cabezón que estaba poniendo la oreja. O, hablando con propiedad, el agujero donde tendría que ubicarse algo similar a un pabellón auditivo en el género humano.
– He dicho sabueso, no cancerbero, aprendiz de neumático –le contesta con una patada entre ceja y ceja Dakota–. El rigeliano frunce el ceño producto más del impacto del borceguí que del enfado y vuelve al campo. Por supuesto, espera la autorización del referee para hacerlo.
– El gran Iker Jiménez –susurra–. Estos son los hechos. Sacad vuestras propias conclusiones. Hablamos de algo más serio que de ciencia oficial.
El Cholo me clava la mirada y me indica con gestos que salgamos a la carrera, le robemos el vehículo a la gorda y regresemos a la concentración. Tenemos a Juanillo y tenemos provisiones. No es mala idea visto el panorama. Y yo que pensaba que había surgido el flechazo entre ellos…

Pero no le hago caso. Me estoy divirtiendo con toda esta novedad, y ya casi no me acuerdo de los estudios de los nematodos que me trajeron hasta aquí. Sigo escuchando a Dakota con embeleso.
– Podemos hablar de entre sesenta o setenta clases de EBEs que nos visitan hoy en día de forma habitual. Entre ellas, hay cinco o seis que son las que están más relacionadas con nosotros. Los primeros de estas entidades –comienza a enumerar y describir– son llamados ‘cognitivos’, invisibles, y muy difíciles de ser comprendidos por nosotros porque son prácticamente energía mental. Su actividad principal es influir en el cerebro humano, teniendo mucho que ver con las religiones y todas las grandes corrientes filosóficas y sociológicas. Parece que están en la Tierra desde antes que nosotros...
– Continúa –le ruego.
– Los llamados ‘grises’, por el color de la piel. También se les conoce como ‘reticulianos’. Son bajitos, de 1,20 a 1,40 metros, con una gran cabeza pelada y ojos muy rasgados. Muy psíquicos, con un gran dominio de la comunicación mental. Tienen una conducta grupal con una conciencia individual poco desarrollada, lo que constituye uno de sus puntos más débiles. Presentan también un gran dominio sobre la materia, pudiendo cambiar su apariencia física y crear robots biológicos. Están interesados en los experimentos genéticos debido a que quieren mezclarse con nosotros para conseguir una raza híbrida superior a ambas. Pero rechazaron el trato propuesto por nuestro gobierno de Estados Unidos y ahora son una amenaza latente...
– ¿Son éstos? –le pregunto señalando a un grupo de cabezones que están formando la preceptiva barrera frente a un tirador de falta, claramente sin respetar distancias. Otros más allá no hacen sino especular con el cuero.
– No, Zine. Estos también son grises y cabezones, pero ya te he dicho que son del tipo ‘rigeliano’ –me explica–. Están aliados en cierta manera con los reticulianos y físicamente son muy parecidos, aunque con los ojos menos rasgados y más profundos. Estos son los que están ahora en relación con mi gobierno, aunque parece que el presidente ya se ha arrepentido del trato pactado. De hecho, se dice que también estamos intentando librarnos de ellos. Son una raza genéticamente dañada, parece que por una guerra atómica de hace miles de años en su mundo de origen, y es posible que esta sea la causa de sus desórdenes mentales. Una característica muy importante de estos rigelianos es que son capaces de salir de nuestro tiempo. Su sistema digestivo y generativo está afectado y por eso tienen que nutrirse a través de la piel. Su alimento consiste en una especie de sopa celular procedente de tejido animal que untan en la misma, pero no tienen inconveniente en caso de necesidad extrema en hacer lo mismo con seres humanos. Además, están realizando desesperadamente experiencias genéticas también con individuos de nuestra especie, y no para conseguir un cruce perfecto como los reticulianos, sino para lograr volver a reproducirse de forma natural. El defecto que padecen en sus gónadas hace que todos sean clones, razón ésta por la que parecen todos iguales. –Y acto seguido añade: – No debemos fiarnos, por muy imbéciles que nos parezcan.

En efecto, y como queriendo corroborar la afirmación de Dakota, un par de ellos se han quedado inmóviles frente al pico del área y, tras arduas reflexiones, parecen concluir que son once contra once y que, por lo tanto, hay que quemar todas las naves antes de poner la carne en el asador.
– Supongo que ahora nos llevan a una de las bases ocultas que les ha proporcionado nuestro gobierno –especula Dakota–. Espero que no estén tramando nada peligroso. Ojalá fueran ‘procionanos’ –añade–. Estos son rubios, altos y de ojos azules.
– No te jode, la muy foca –murmura por lo bajini el Cholo, definitivamente desenamorado. Dakota no ha escuchado el comentario, porque de haberlo hecho mi amigo estaría a buen seguro desmembrado.
– Los procionanos no están de acuerdo con lo que los rigelianos están haciendo. Parece que tratan de disuadirlos, pero no se atreven a intervenir porque son inferiores en número e inteligencia.
– Ya te digo –continúa con sus murmuraciones el Cholo–. Y se despeinarían.
Igual confundo desamor con celos, no lo sé. Dakota parece terminar con su larga disertación acerca de los extraterrestres:
– Finalmente los hay morenos, bajos y de ojos castaños. Son más discretos en la intervención en nuestro mundo. Según un informe filtrado en internet, estarían dispuestos a expulsar de la Tierra a los rigelianos si las autoridades mundiales se lo pidiesen oficialmente, pero no pueden actuar por sí solos porque ello conllevaría una guerra en la que perecerían muchos humanos...
Dakota se queda callada de repente. Ante nosotros se alza una inmensa cúpula de hielo cuya mayor parte permanece oculta bajo la nieve.
– Hemos llegado a Valdebebas –sonríe Juanillo.

2016-01-07 21:30 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo IX

Partimos al día siguiente. Dakota ha conseguido para nuestro peculiar viaje una espectacular autocaravana adaptada a la nieve, con esquíes en lugar de ruedas, de la renombrada marca paramilitar Sky-Hummer. Es el modelo más vendido en Alaska porque tiene de todo, incluso un habitáculo pensado para repeler un ataque de zombis, llegado el caso. Éste es su mayor gancho comercial. Me viene de inmediato a la cabeza el Cholo y suspiro con alivio. No sé cuándo podrían repetirse sus pulsiones caníbales. De todas formas, es improbable que pasemos hambre, porque nuestra guía y mentora no se ha quedado corta con el avituallamiento. He contado no menos de un millar de cuarterones de hamburguesas de vacuno en la baca. Curiosamente, en el McDonald’s utilizan las mismas unidades que mi ya mencionado abuelo Eusebio. Un cuarto de libra es un cuarterón, y los cinco pavos que cuestan son como cinco palomos de la época. Emprendemos ruta hacia el noroeste.

No tenemos una referencia exacta, pero por alguna parte hay que empezar. Dakota conduce y el Cholo está sentado a su lado, revisando en el ordenador de abordo el ‘Google Earth’. Da la impresión de que ya todo está perfectamente cartografiado y de que, posiblemente, la extraña cordillera que dijeron haber descubierto los integrantes da la antigua expedición Pabodie-Dyer no haya existido nunca. Pero esto es grande de cojones y ante nosotros se extiende un inmenso mar blanco, así que no damos nada por perdido de antemano.

– La expedición de mi bisabuelo comenzó en el puerto de Boston en septiembre de 1930 –nos ameniza el trayecto Dakota, que es muy buena contando historias siempre y cuando no salpique trozos de carne picada durante la cháchara–. La organización fue muy laboriosa y costosa, pero no les faltó el dinero. Un mes después, exactamente el día 26 de octubre, el ‘Miskatonic’ llegó al continente helado. Desembarcaron en la ribera de la bahía de MacMurdo, donde más adelante se instalaría la mayor base permanente antártica estadounidense.
Al igual que narraran aquellos valientes, también nosotros nos sorprendemos con las vistas que aparecen ante nuestros ojos. A lo lejos vemos grandes picos envueltos en misterio, pero el chivato del GPS no deja de informarnos de su posición exacta, altitud, temperatura, nombre oficial y nombre coloquial. Los enormes volcanes gemelos Erebus y monte del Terror –que se alzan imponentes en la lejana isla de Ross–, aparecen también denominados como Pérez y Reverte, seguramente fruto del periplo vacacional de algún ocioso programador cartagenero. Según avanzamos surgen nuevas cimas hacia la ruta oeste que nos hemos fijado, mientras el bajo sol meridional de medianoche extiende su halo mágico rojizo sobre la nieve, el hielo azul pálido o las rocas graníticas que asoman por las laderas que surgen a nuestro paso. El coche se tambalea cuando enfilamos alguna garganta de hielo, de tan furiosas que son las ráfagas de viento antártico. Este no parece un buen lugar para vivir, ni ahora ni antes.
– Aquí llegó mi bisabuelo con otros veinte hombres y cincuenta y cinco perros de Alaska –se ufana Dakota al contarlo mientras me riega con kétchup y saliva. Pues ya le vale a ésta. Al menos ahora me ha dejado a mí el volante, y me entretengo tarareando canciones con una vieja cinta de Camela para hacer más corto el camino. Cortesía de mi padre, otra reliquia por sorpresa que nunca le agradeceré bastante.
Le echo de menos. A mi amigo Chang también. Estoy cansado de carne cien por cien vacuno. Daría cualquier cosa por unas varitas de merluza bien fritas.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué te detienes, mediomoro?
Dakota me está gritando de no muy buenas maneras. Puede que de su profundo conocimiento de la jerga cartagenera haya aprendido ese adjetivo tan despectivo, pero también puede que sepa algo de fútbol y del origen de mi nombre. En cualquier caso, no me gusta que me hable así. Aunque me callo porque no quiero perder la cabeza de una patada voladora descontrolada. Estoy conduciendo con precaución, pero el coche no deja de dar tumbos como si pasara por encima de un bosque de topos. Pero no son topos.

Bajamos los tres del blindado y examinamos los extraños bultos que salpican la improvisada carretera. Una docena de ellos han reventado al paso de las doce ruedas, manchando de una sustancia pegajosa verde la nieve. Al parar el motor, oímos una especie de quejidos y el hielo se deshace delante de nosotros. Aparecen del orden de un centenar de extraños seres grises, con una enorme cabeza de profundos ojos negros, un pequeño cuerpo amorfo y algo que parecen ser extremidades, en un número que varía alegremente entre dos y siete. Con parsimonia salen de sus agujeros, en los que aparentemente dormían, y se dirigen hacia nosotros. Nos rodean. Dakota adopta la posición de la grulla, el Cholo agarra la escoba inquebrantable y yo la reliquia incorrupta de santa Gerasina. No parecen creyentes, pero de algo valdrá el postureo. Uno de ellos toma la palabra y con una extraña voz gutural nos saluda:

– ¿Sois los refuerzos que ha pedido el Míster? –pregunta–. ¿El nuevo tridente?
Nos miramos atónitos. El Cholo baja el palo, agarra con las manos al extraño ser por la cabeza y empieza a agitarlo frenéticamente. Espero que no esté pensando en sorberle los sesos que le asoman tentadores por uno de sus agujeros parietales. Pero no. Después de hacer alguna comprobación cuyo significado escapa a mi entendimiento, se dirige a él de forma educada:
– ¿Tú quién cojones eres, bicho?
– Soy el crack –responde sin inmutarse–. Desequilibro bien por banda derecha y la pego duro desde cualquier posición. De libre directo la pongo donde tejen las arañas y defino como un killer. He vestido la zamarra nacional desde que el Míster confió en mí.
– ¡Cállate! –brama Dakota–. Que alguien me traduzca a este imbécil, por favor.
– Pues ya te lo ha dicho él –intento aclarar–. Es el crack, así que imagino que actúa algo así como de portavoz de este ejército de enanos. Que, por otra parte, parecen inofensivos.
– En efecto, son unos benditos.
Una voz familiar llega hasta nosotros desde lo alto de una pared de hielo.
– ¡Juanillo!
El Cholo ha sido el primero en reconocerle y tanto él como yo corremos a abrazarlo. Dakota no entiende nada y se queda quieta apoyada en el capó del coche, rodeada por los enanos cabezones que tampoco parece que se enteren de nada.
– ¿Ha sido gol? –dice uno gris verdoso–. ¿Hay que bailar ya alrededor del banderín?
Sin esperar respuesta una docena de ellos se han puesto las camisetas sobre las cabezotas y corren como pollos sin cabeza celebrando el supuesto tanto, gritando en todas las direcciones mientras deslizan sus deformadas barrigas sobre la nieve, mejor que los mismos pingüinos. Nosotros seguimos estrujando a Juanillo, al que casi no dejamos respirar.
– ¡Te creíamos perdido! Salimos en tu busca y no hemos parado hasta encontrarte, sin importarnos los peligros.
Hay que reconocer que el Cholo miente como un bellaco. Sabe que si dan con nosotros y tenemos que reincorporarnos a la concentración olímpica nos van a hacer un montón de preguntas comprometidas. Así que mejor tener al imprescindible Juanillo Henriksdal de nuestra parte.
– Es una extraña historia –nos contesta–. ¿La gorda viene con vosotros?
La respuesta de Dakota es contundente. Difícilmente podrá recuperarse Juanillo antes de los Juegos Olímpicos ni aunque lo opere el traumatólogo del rey. No tiene buena pinta esa tibia sin peroné, y ahora no vamos a ponernos a buscarlo. La patada ha sido auténticamente voladora en mil pedazos.
– Eso ha dolido –se queja con resignación Juanillo, que es un buenazo–. En fin, de perdidos al río. Tampoco pensaba volver a competir, que aquí me tratan como a Dios.

Juanillo nos cuenta su curiosa experiencia. En efecto y como ya sabíamos, había ido lejos a entrenar. Se encontraba fuerte y con ánimos. Ya se disponía a volver cuando una luz cegadora le hizo perder el conocimiento. Al despertarse estaba encima de un gran altar de hielo en el centro de una bóveda cristalina inmensa, rodeado por los cabezones grises que parecían adorarle y no paraban de llamarle Míster.
– Era increíble –nos dice–. Todos intentaban llamar mi atención y destacar sobre los demás. Y no paraban un momento de correr y de hacer estiramientos sin balón.
Como para corroborar las palabras de nuestro querido Juanillo, los inquietos cabezones grises nos interrumpen constantemente:
– Sí, esperábamos con ansiedad la llegada de un nuevo Míster, alguien con ideas nuevas, dispuesto a dar espectáculo y sacarnos del pozo de segunda –afirma uno.
– ¡Fíjese en mí, Míster! ¡Vea mi capacidad de definición con la chilena! –exclama otro más pequeñito, que acto seguido se rompe la crisma en el intento. Un par de camilleros lo retiran para que los demás puedan seguir jugando. El Cholo añora viejos tiempos y limpia los sesos del hielo con la fregona. Le tienta lamerla pero se da cuenta de que le miro y se corta un poco.
– ¿Y por qué hablan tan raro? –interviene Dakota–. Sigo sin entenderles.
– Al principio yo tampoco les entendía –contesta Juanillo–. Pero luego me di cuenta de que probablemente son seres extracomunitarios, o extranjeros de fuera de España, no lo sé. El caso es que creo que entre ellos hablan de forma telepática, pero que por alguna razón sus transmisiones se mezclan con algo que reciben aquí de forma involuntaria.
El Cholo ha vuelto a agarrar a otro de ellos, a uno que estaba solo calentando en la banda, y con este pobre es mucho más expeditivo que con el anterior. Con ayuda de un extraño accesorio de su IPhone hurga dentro de su cabeza, a la que conecta un cable, y así monitoriza la respuesta cerebral en la pantalla. De paso logra recargar el móvil, porque el cabezón echa chispas por la boca.
– Lo que imaginaba desde un principio –exclama mi compañero de fatigas con tono triunfal–. Estos seres, con toda probabilidad alienígenas, se comunican entre ellos utilizando la banda de radio de frecuencia modulada entre 90 y 100 megahercios, que aquí en la Tierra es la misma banda de las emisoras especializadas en transmisiones deportivas.
– O sea –añado yo mirando a nuestra amiga americana–, que se les han cruzado los cables nada más llegar. Pobrecicos.
– Y tontos no son –continúa el Cholo hurgando la cabeza de otro más–. Ahora mismo este chiquitín está discutiendo con el falso delantero centro una solución revolucionaria al teorema de Fermat. Claro que se está saltando pasos en la demostración y prefiere el pelotazo largo.
– Posiblemente sean rigelianos –sentencia Dakota, ya más tranquila.

2015-12-21 19:34 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo VIII

– Entonces –se arranca Dakota frente a un plato bien surtido de carnes rojas y de todos los demás colores–, sois dos proscritos, ¿no?
– No exactamente –intento explicarle–. Salimos a buscar a un compañero y decidimos no volver, pero nada de eso habría pasado si no hubieran aparecido los hambrientos peluches a las primeras de cambio. Luego éste –añado, señalando al también hambriento Cholo que disfruta de una hamburguesa, con la consiguiente alegría por mi parte–, dijo que su destino estaba aquí, en el telescopio polar Martin A. Pomerantz-Norris. Y que en cuanto consiga una chapucilla, que se pone a buscar neutrinos.
– Radiación cósmica de microondas –me corrige el Cholo con la boca chorreando mayonesa–. Mi tesis estudiará los estados de polarización de estas radiaciones.
– Lo vas a tener difícil –le apunta Dakota–. El Congreso les ha quitado la subvención federal y van a desmantelarlo. Por mentirosos –añade–, y porque es un buen sitio para poner un silo nuclear apuntando a Corea del Norte.
– ¿Del Norte? –le interrumpo.
– Sí, del Norte. El petróleo ha bajado y vamos sobrados de combustible, así que los misiles darán la vuelta y pillarán a los comunistas desprevenidos mirando a otro lado –explica–. A mí no me preguntes que yo no tengo nada que ver con esa estrategia. Un par de hostias bien dadas –dice, haciendo el gesto de golpearme la mandíbula– y terminaríamos con el problema de una forma rápida y barata. Pero se han puesto finos en el Pentágono. Allá ellos.
– ¿Y para mí? –le pregunto al tiempo que bebo un sorbo de mi Coca-Cola–. ¿Sabes de alguna instalación científica que precise de un experimentado microbiólogo marino?
– Así a bote pronto, no –contesta con rapidez–. Claro que tampoco tengo mucha idea en ese campo. Lo mío son los libros antiguos. Me viene de familia.
– ¿Tus padres no tenían un gimnasio? –interviene el Cholo, que ha comenzado a dar cuenta de su tercera hamburguesa. No le conviene un exceso ahora, pienso.
– Antes de ser gimnasio era una librería. El abuelo de mi padre tenía una enorme colección de volúmenes antiguos, que a su muerte fueron donados a la universidad. Me lleno de orgullo y satisfacción cada vez que abro uno de ellos en la biblioteca y veo su nombre grabado en las guardas. De ahí mi pasión.
Hizo un gesto mezcla de tristeza y alegría. La comprendí. Yo también sé lo que es vivir a diario la transformación de salas de lectura en vestuarios y duchas. El éxito deportivo olímpico estadounidense se basa en una perfecta planificación de estas reconversiones, amén de en el uso adecuado e indetectable de anabolizantes y otras sustancias isotónicas potentes. O, al menos, eso me decía mi entrenador cuando me pinchaba las venas para atiborrarlas de hematocrito. Si acudieran a las competiciones sólo con macarrones, ya veríamos los resultados, añadía aquel bastardo.

Dakota siguió hablando sin freno, excepto en las obligadas pausas necesarias para engullir la comida y trasegar la bebida. La escuchamos sin perder ripio, porque la tía parecía entusiasmada con lo suyo y sabía transmitirnos esa pasión. También aflojaba el bolsillo sin miramientos y eso, estando tiesos y desnutridos como estábamos, era una poderosa razón como para hacernos los interesados con su historia. Tal y como nos había comenzado a contar, provenía de una notable familia venida a menos de la pequeña pero pujante ciudad de Arkham, en Massachusetts. Su bisabuelo, de nombre William Dyer, había sido hombre de letras y ciencias, amén de un simpar aventurero. Llegó a ser director de la más famosa institución de enseñanza en su ciudad natal, la conocida Universidad Miskatonic. Esta universidad es muy antigua, y aun hoy conserva parte de su bien merecido prestigio. Dakota va a disfrutar durante seis meses de una de sus jugosas becas, aunque de momento (a mi particular juicio) temo que se la funda antes de tiempo en patatas y hamburguesas, tanto o más jugosas. Si su gula nos sirve de algo, bien está. La magníficamente surtida biblioteca de esta universidad es igualmente antigua, y Dakota calcula que empezó a recibir libros raros a finales del siglo XVII. Allí es donde su bisabuelo descubrió, con otros colegas universitarios, un viejo ejemplar que ni él ni nadie logró descifrar ni mucho menos entender, puesto que se especula que estaba escrito en un lenguaje remotísimo.

– Todo eran ilegibles caracteres extraños, de apariencia muy antigua, con grabados de plantas y animales incomprensibles –nos dice en el intervalo que va desde un eructo al siguiente.
El extraño libro tuvo una historia singular, que para abreviar y no cansar Dakota promete detallarnos en próximas conversaciones. Junto a este manuscrito –que recibía el terrible y extraño nombre de ‘Necronomicón’–, en la universidad de Miskatonic se guardaba la mayor colección de material inclasificable sobre ocultismo conocido en el mundo occidental, así como intrigantes artefactos provenientes de culturas ancestrales. Siguiendo el rastro de uno de estos aparatos –una especie de reloj indestructible de origen incierto, con una extraña silueta en forma de manzana mordida grabada en la parte posterior del mismo–, su bisabuelo organizó con sus colegas una expedición costosísima, financiada por empresarios y gentes de bien de Arkham, que les conduciría precisamente hasta la Antártida. El bisabuelo Dyer, geólogo de formación, quería recoger fósiles de las rocas antárticas, mientras que su amigo y compañero Frank Pabodie, del departamento de ingeniería, planeaba seguir el rastro del raro cronógrafo vegetal, habiendo diseñado previamente un poderoso taladro capaz de penetrar en las capas más profundas de los materiales helados. A la expedición se unió también el prestigioso biólogo John Lake, que llevaba consigo una reproducción precisa del mencionado Necronomicón, con la esperanza de dar en la Antártida con alguna de las plantas y criaturas representadas en el intrigante volumen.

– ¿Qué ocurrió en esa expedición, Dakota? –el Cholo interrumpe a Dakota para preguntar completamente embelesado. Si no fuera porque la chica es más fea que gorda, que no es poco, de naturaleza agresiva imprevisible, y porque apesta a azufre quemado (supongo que por mor de las flatulencias que periódicamente libera para hacer sitio a nuevas consumiciones), pensaría que está enamorado. O quizá lo esté de verdad. Creo que no hay estudios suficientemente probados de los efectos sobre la psique de la ingesta de carne humana en seres de la misma especie. Con independencia de estas consideraciones personales, Dakota aúna simpatía e inteligencia y además tiene también una tarjeta de crédito ilimitado.
– Algo terrible que todavía nadie alcanza a comprender –responde la interpelada bajando la voz–. En las primeras transmisiones de radio, y como producto de las perforaciones antárticas iniciales, se dio cuenta del descubrimiento de unos fósiles de criaturas que parecían mitad animales y mitad vegetales, lo que estimuló la curiosidad del biólogo Lake. Éste partió con un pequeño grupo de hombres hacia el noroeste del campamento base, pilotando tres pequeños planeadores. Parece que avistaron una cadena montañosa que podía ser incluso más alta que el mismísimo Himalaya, pero cuando sus compañeros partieron para unirse a esta avanzadilla y explorar este hallazgo inesperado, dejaron de recibirse informes. Sólo regresó con vida de la Antártida mi bisabuelo. Y lo hizo para pasar el resto de su vida recluido en una institución mental de Arkham.
– ¿Por eso estás tú aquí? –soy yo ahora el que pregunto, conteniendo las náuseas por mor de la curiosidad extrema que la narración de esta especie de ogro que acabamos de conocer me produce. El local está bien cerrado para evitar el frío exterior, pero no parece tener salida de gases. Si alguien enciende una cerilla, va a arder Troya.
– Sí –me contesta–. He pasado años leyendo los antiguos volúmenes de la universidad, los extraños textos escritos producto de la demencia de mi bisabuelo, y toda suerte de libros que puedan tener alguna relación con él o con los hechos. Incluso he examinado un libro similar al Necronomicón que fascinara a John Lake, y que se encuentra en la Biblioteca de Libros Raros Beinecke, en la Universidad de Yale.
– ¿Te refieres al indescifrable ‘Manuscrito Voynich’? –pregunta el Cholo para mi sorpresa. Nunca he oído hablar de él, pero estos físicos están muy puestos en casi todo. Y digo ‘casi’ porque tampoco es capaz de recordar la alineación completa del mundial de 2010, ya que él siempre confunde Pedrito con Torres. El muy burro. Le he recomendado que se haga un tatuaje con sus nombres en las nalgas, porque es un lugar discreto y porque seguro que tendrá que echar mano de esa estratagema. Que lo veo venir.
– El mismo –contesta Dakota–. Con el Necronomicón perdido, es mi único recurso. Y tengo la intención de seguir los mismos pasos que aquí diera mi bisabuelo. Y quien sabe si tal vez consiga resolver el misterio que rodea a estos libros malditos.
– ¿El auténtico Necronomicón desapareció? –sigo preguntando mientras sumerjo de forma compulsiva patatas fritas en el kétchup. Ya no me preocupo del metano que me rodea, de tan absorto que estoy en la historia.
– Mi bisabuelo en su locura prendió fuego a la biblioteca universitaria de Miskatonic con este maligno ejemplar en su interior. Cuando las llamas se extinguieron, no era más que un montón de cenizas. Luego, para compensar al profesorado del desaguisado causado, legó los volúmenes de su propia biblioteca personal, pero nunca se pudo paliar esa pérdida. Si por lo menos hubiera donado alguna de las novelas del portentoso Arturo Pérez-Reverte, el dolor habría sido menos, pero todavía no había nacido el inmortal genio cartagenero.
Afirmamos con la cabeza, sorprendidos de la vasta cultura internacional de nuestra amiga. Ella se queda pensativa, mojando la última patata requemada. El local está a punto de cerrar, no tanto por el estricto cumplimiento de los horarios –algo bastante relativo en estas latitudes–, sino porque ya no queda nada que poner en la parrilla. Salvo que descuarticemos a alguien, y no quiero dar ideas porque luego me echarían la culpa.

Entonces ocurrió:
– ¿Os unís a mi causa? Pago bien.
Dudamos. Somos un par de españoles muertos de hambre, sin laboratorio para trabajar ni lugar a dónde ir, proscritos y desesperados. Seguimos dudando hasta que comienza a golpearnos para ablandarnos, como si fuéramos calamares. A la primera sangre aceptamos. ¿Qué mal nos puede pasar?

2015-12-14 20:19 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo VII

Hemos llegado al Polo Sur. Los primeros.
Junto a la antigua cúpula geodésica estadounidense dedicada antaño a la investigación polar de la estación Amundsen-Scott se encuentra la línea de meta. Según el Cholo –y de lo suyo sí que sabe– hemos barrido en el último tramo cronometrado. Nuestro coche es el ganador.
Pero comienzan a suceder cosas extrañas.

El coche se mueve solo. El piloto tiene las manos lejos del volante y sigue tirando cáscaras de plátano al asiento de atrás, donde tan apaciblemente nos ubicamos. El copiloto, para no ser menos, le imita en todo. El Cholo y yo estamos esperando la ocasión para meterles mano a los energúmenos, aunque de momento la intriga nos puede y dejamos nuestras propias manos quietas. Muy despacio, el coche entra en una especie de hangar. Se cierra la puerta del extraño garaje y una docena de mecánicos embozados se abalanzan sobre el coche.
– Tocará cambio de gomas –bromea mi compañero de fatigas, que ha vuelto a masticar sesos y, posiblemente, no rige ya al ciento por ciento.
– Vamos, fuera de aquí atrás –nos ordena uno de ellos–. Pasad al asiento de delante, haceos las fotos, cogéis la copa y cuando terminéis os damos diez dólares.
A cada uno. Mientras nos dicen esto, otros dos supuestos mecánicos están sacando a empujones y patadas a los pilotos de sus asientos, lo que nos va a ahorrar un buen trabajo. En el intercambio de puestos el Cholo aún atina a meterle un buen viaje en la cabeza a uno de ellos, de resultas del cual pierde el casco.
– Joder, si es un mono –acierto a decir, estupefacto.
Poco a poco tomamos el control de la situación. No es un mono estrictamente hablando, sino un mandril, de los del culo a colores. El otro también le imita en el diseño del culo. Los de los monos, de nuevo estrictamente hablando, tampoco son tales. Tienen estudios y no pocos, por cierto, y es que el que menos se gasta un doctorado en ingeniería aeronáutica. Nos explican que el coche ganador es un prototipo desarrollado por ellos, totalmente automático y teledirigido. La elección de mandriles como supuestos pilotos es deliberada, ya que no podían permitirse el más mínimo error.
– Somos españoles que trabajamos en el MIT. Perdiendo la carrera hubiéramos perdido la subvención –nos dice el que organiza este caos, que por el acento colijo es de Cuenca.
– Obviamente, no está permitido maltratar animales aquí, así que nadie puede ver a los monos –continúa un segundo, de acento entre Pinto y Valdemoro. Los simios están ahora en un rincón, pelándosela el uno al otro con gran vigor.
Ahora nos caen bien. Y son de los nuestros. También los ingenieros. Así que hacemos el paripé de ponernos los cascos y salir triunfantes manejando el ultramoderno dispositivo móvil, que tiene tantos indicadores y luces en el salpicadero que más parece la fachada de un puticlub. A todo esto los mandriles siguen a lo suyo. Han sido muchas horas juntos y se nota que el roce ha hecho el cariño.
El jaleo de la entrega de premios y las obligadas entrevistas a los medios pasa pronto: «Ha sido duro, lo mejor posible, cualquiera pudo marcar y blablá...» y, casi sin darnos cuenta, nos percatamos de que hemos alcanzado nuestro objetivo final: llegar al Polo Sur. Ante la magnificencia de las vistas de los edificios que albergan los experimentos cosmológicos ‘Biceps’ y ‘Ice Cube’ –que, según me confirma el Cholo, busca neutrinos chiquitines–, nos abrazamos emocionados, chocando y estrujando nuestros cuerpos sin poder evitar mojarnos los pantalones. Ahora sólo falta que nos den un puestito aquí. Pero antes le pido al conquense unos pantalones limpios, porque los frascos de nematodos que llevaba ocultos en los bolsillos se me han roto con la efusividad del Cholo, y los gusanos han desaparecido dejando sólo el agüilla pringosa empapando la tela.
Así que empezaré desde cero.

La actividad en la estación antártica estadounidense Amundsen-Scott-Norris es frenética.
La base cuenta con un formidable aeropuerto cuya pista tiene casi cuatro kilómetros de largo, y que entre este mes y el próximo febrero recibirá varios vuelos diarios desde la base nodriza de MacMurdo. De esta forma se hace acopio de todo tipo de equipos y suministros, y del más variado instrumental tanto militar como científico, puesto que durante los meses siguientes –en el invierno austral– el tiempo impedirá los accesos hasta aquí tanto por tierra como por aire.
También llegan nuevos inquilinos para las instalaciones, principalmente investigadores.
Así que no tendría que ser muy difícil ni para el Cholo ni para mí hacernos pasar por alguno de ellos –por alguno de los suyos–, y conseguir la residencia temporal en este idílico lugar. Decidimos esperar a mañana para, bien descansados, ir al aeropuerto a intercambiar opiniones con el personal que se incorpora. El Cholo es partidario del secuestro y posterior suplantación, pero no creo yo que tengamos que llegar a esos extremos de dureza.

Aunque a juzgar por las aficiones de la tropa aquí reunida, tal vez nos tomaran como héroes. Con las primeras luces del amanecer –hace apenas un rato nos hemos acostado en un barracón abandonado– resulta imponente la gran imagen del prócer amarrado al volante de un enorme blindado, aguantando los embates de un tremendo huracán bajo el fuego enemigo en Afganistán, treinta metros de altura en bronce fundido a la entrada del aeropuerto que, como todo en esta base americana –salvo los apellidos de los pioneros que le acompañan–, lleva su nombre: «Dios te bendiga, Carlos Ray Norris»
– ¿Qué te parece la cita de abajo, biólogo? –me pregunta sonriendo el Cholo. Se refiere a una frase grabada que aparece en la base de la estatua erigida en honor de Chuck Norris, que no es otro el nombre de guerra del homenajeado aquí y allá. Antes de contestar al cosmólogo antropófago leo en voz alta para él:
– «La violencia es mi última opción, a pesar de ser la respuesta a todo.» Interesante –opino.
– ¿Se puede saber qué estáis haciendo?
Sin poder emitir la más mínima respuesta, ni tan siquiera un débil quejido, nuestras cabezas ya están bajo las botas militares de un ser ciclópeo. En apenas cinco segundos nos ha derribado –a saber con qué malignas artes–, y ahora nuestra vida depende únicamente de su clemencia. Yo muevo la mano que me queda libre en señal de saludo, por supuesto pacífico. De resultas del gesto, o de que el gigante se aburre de la situación, nos libera.
– Las manos detrás de la cabeza –ordena–. Las piernas separadas y, en la medida de lo posible, contened la orina.
La última orden es fruto de la confusión, infiero, puesto que el Cholo no se ha cambiado los pantalones desde que se le vaciaran mis nematodos encima. Pero nuestro atacante –o defensor de lo suyo, según se mire–, piensa que somos unos cagados. Y no se equivoca, aunque el Cholo es capaz de comer carne humana como ya ha demostrado varias veces. Pero no lo veo yo con ganas de provocar ahora al descomunal armario armado que tenemos enfrente.
– Así me gusta, chicos –parece sonreír bajo el casco y la pintura de camuflaje. Esto último me parece una sobreactuación, puesto que los arbustos no abundan en el polo Sur–. Ya podéis descansar. Sois inofensivos.
Nos ha cacheado a base de bien. Nos ha quitado las botas, el cinturón y todos los objetos metálicos. Nos devuelve la bandeja, pero falta la reliquia de mi santa Gerasina.
– Me quedaré estos huesillos un tiempo, me pirro por las cosas antiguas. Me llamo Dakota. ¿Y vosotros?
Sorprende su afabilidad cuando hace sólo un par de minutos ha estado a punto de liquidarnos por, según él, mear el pedestal del señor Norris. Poco a poco vamos aclarando la situación y los conceptos. El primero, que tiene tetas. Grandes y hermosas. O sea, es ella y es policía. O militar. O ‘ranger’ como su ídolo, qué sé yo.
– ¿Militar yo, Zine? –se ríe al pronunciar mi nombre–. No. Sólo soy una becaria de doctorado.
Joder. Igual que nosotros. Sonreímos con la coincidencia. Pareciera que el aquí presente polo sur magnético tuviera la propiedad de atraer a todos los pringados y gente rara del mundo. Dakota es realmente enorme, nos saca una cabeza tanto al Cholo como a mí. En cuanto a sus otras dimensiones, guarda entera proporción, por lo que su peso rondará las cuatro fanegas de centeno si utilizo las unidades preferidas por mi abuelo, que en paz descanse. Yo me aclaro bien así.
– ¿Dakota del Norte o del Sur? –bromeo ahora que hemos cogido confianza. No mucha pero algo. El Cholo me interrumpe el chascarrillo, porque es algo lerdo en estos menesteres, y alega que la interpelada tiene que ser del Sur, que cómo si no habría llegado hasta aquí. Será por el acento sureño, no te jode.
– Dakota a secas. En realidad, Dakota Norris, como el tío este. Cosas de padres –añade.

Y rompe a hablar de forma compulsiva. Entre toda su verborrea acierto a comprender que viene de Massachusetts, que es filóloga o traductora y habla una docena de lenguas vivas y otras tantas muertas –esta es la razón por la que no tenemos que chapurrear nuestro inglés, cosa que agradecemos vivamente–, y que acaba de llegar a la Antártida siguiendo la pista a no sé qué extraño libro sobre el que está preparando su tesis doctoral. Además de todo eso, a Dakota le gusta el look gótico militar, las artes marciales –sus padres tienen un gimnasio allá en Arkham, de donde procede– y nos cuenta (como si no nos lo imagináramos a estas alturas) que ha crecido entre las patadas voladoras provenientes tanto de sus papás como de las películas de Carlos Ray, alias Chuck. También le gusta mucho comer. Dice que es una táctica para acumular grasas y ahorrar en prendas polares por estas latitudes, pero creo que viene ya gorda de paquete.
Con toda su locuacidad, nos resulta simpática. Si pienso en lo que podía haber sido, no tengo más remedio que reconocer que somos muy afortunados. Esta tarde hemos quedado en el McDonald’s de la base y nos va a invitar a unas hamburguesas. Al fin podré terminar con mi ayuno involuntario, y supongo que el Cholo retornará a la senda de los hombres cuerdos. Malo sería para todos que ahora encontrara insípida la carne de vacuno.

2015-12-06 20:28 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo VI

Juanillo continúa sin aparecer, y ya van para cinco días. La federación no ha tenido otra salida que comunicar el hecho a Madrid. Zarzuela ha suspendido todos los actos oficiales, incluida la asistencia a la corrida de toros de Beneficencia en la plaza de la Maestranza. Esperamos la inmediata llegada del ministro.

El urgentemente creado gabinete de crisis antártico ha decidido que una expedición formada por doce personas embarque hacia el continente. Por pura lógica, han escogido a los más torpes. En caso de percance, sea éste cual fuere, no se perdería mucho potencial olímpico. Así que además de un servidor –que apenas me mantengo en posición vertical sobre la tabla unos segundos, y eso que entreno con entera dedicación a diario–, el Cholo –que tampoco es un virtuoso en lo suyo– y otros diez inútiles más –la mayoría rayistas–, subimos en una Zodiac para emprender la búsqueda.

El desembarco es un desastre. Apenas ponemos pie en el trozo de hielo más grande del planeta, una manada de osos polares nos huele y decide dejar de hibernar para reponer grasas. Al verlos llegar a la carrera aún tenemos tiempo de acordarnos de la lumbrera de la geopolítica que decidió abrir aquí un parque temático con esta especie exclusiva del Ártico. Y de su santa madre, que no tenía culpa. Les ahorraré aquí una descripción gore de la masacre acontecida, que no fue nada grata de ver y mucho menos de sufrir. El resultado pudo ser aún peor si no llega a ser por el palo de escoba del Cholo, fabricado con una aleación de titanio de última generación para accesorios deportivos y, por tanto, irrompible por más veces que impactara contra el cráneo de los plantígrados, única zona no mullida de su poderosa anatomía y, por ende, su único punto débil. También flojearon según se les llenaba el estómago, pero eso les llevó un buen rato, pues paladeaban nuestras magras carnes con inusual deleite. Armado de valor, yo enarbolé los restos de la santa Gerasina, a la que religiosamente respetaron. No son muy de carroña estos bichos.

De tal guisa que la expedición en busca de Juanillo quedó reducida, a las primeras de cambio, al Cholo y a mí.
– Y ahora, ¿qué hacemos, Zine? –me pregunta el Cholo arrojando su escoba a la nieve, rodeado de vísceras. A nuestro alrededor pareciera que se hubiera montado una casquería.
– Ni idea –le respondo–. Dios y santa Gerasina proveerán –añado besando la reliquia salvadora de mi añorado padre–. ¿Volvemos?
– Ni hablar –me replica tajantemente mi compañero de fatigas–. A tu santa pongo por testigo de que no volveré a limpiar más letrinas. Y tampoco volveré a pasar hambre –añade palmeando su mochila en la que ha guardado qué sé yo–. Tengo que descubrir la explicación del origen del Universo y no hay más tiempo que perder.

Supongo que mis humildes nematodos también tienen derechos adquiridos en el complejo árbol de la evolución de las especies animales, así que me uno a su propuesta de abandonar definitivamente la concentración española, desertar, y dirigirnos hacia la base estadounidense Amundsen-Scott para proseguir con nuestros abandonados estudios científicos. Esta base se encuentra prácticamente en el Polo Sur geográfico y es el lugar más meridional del planeta. Los técnicos de la federación especulaban con que Juanillo hubiera tomado este rumbo, así que si nos pillan siempre podremos decir que seguíamos una buena pista, y tal vez librarnos así de la más que merecida pena capital por traidores a la patria. La mencionada base está habitada por los yanquis de manera permanente todo el año y, como puede colegirse de su denominación, su nombre honra a Roald Amundsen y a Robert Scott, los primeros bípedos no palmípedos que alcanzaron el Polo Sur. Esto ocurrió hace más de un siglo, concretamente en los años 1911 y 1912, respectivamente. Lo sé porque tengo estudios y un ordenador con acceso a Wikipedia. Además de una notable actividad militar y policial –consecuencia esta última de la creciente amenaza islamista, incluso en estas latitudes–, la base alberga un buen número de importantes experimentos científicos. El Cholo quiere llegar cuando antes al llamado “proyecto Bíceps”, que a mí me recuerda a partes iguales a deportistas y marineros pero que, según él, es la Meca de todo cosmólogo. Asocio la Meca con el problema integrista, los rudos marineros y los violentos atletas y trago saliva. Pero allá que vamos.

– ¿Y cómo llegamos hasta esa base?
No llevamos esquiando más allá de media hora y nuestras articulaciones están entumecidas por el frío y por el hambre. De agua, aunque fresquita, estamos bien servidos. A mi pregunta el Cholo no tiene respuesta. Se encoge de hombros, se detiene y se sienta en el suelo. Con parsimonia saca un paquete sanguinolento de su mochila.
– Come –me ordena–. De entre los papeles aparecen los sesos revueltos de un ingeniero geógrafo que había pedido ser destinado a la Antártida con la peregrina intención de perforar el Polo Sur y salir de nuevo a la luz por su homólogo del hemisferio Norte. Los osos no entienden esas cosas.
Rechazo su ingesta tanto por motivos éticos como por pura precaución. Ese tío estaba loco y se me puede pegar algo. Además, tengo varitas de merluza para varios días. El Cholo le mete diente al cerebro como si no hubiera comido en años. Tal vez sea un zombi y yo vengo a enterarme ahora, en medio de la nada. Por mi propio bien, espero que sólo sea la justificada gazuza y no algo más preocupante. Si aparecen otros síntomas, me colgaré el hatillo con los restos de santa Gerasina del cuello para dormir. Los muertos vivientes tampoco le dan a la carroña, son exquisitos en ese aspecto igual que los osos.

– ¡Mira, viene un coche! –grita alborozado el Cholo.
En efecto, un coche viene hacia nosotros a toda velocidad. Y tras él otro. Y otro más.
Agitamos los brazos intentando hacernos ver. Pero pasan de largo envueltos en una gran nube blanca de niebla y nieve. Sin detenerse. Incluso tenemos que apartarnos de la trazada de los neumáticos si queremos conservar el cuerpo entero, y después del episodio acaecido con los cariñosos plantígrados, conviene no tentar mucho a la suerte.
– Caminante no hay camino, se hace camino al andar –tarareo los inolvidables versos del gran poeta sevillano intentando animar a mi asilvestrado compañero de expedición. Gruñe un poco, remolonea, pero se reincorpora a la dura marcha. Entonces escuchamos el motor de otro coche, mucho más lento que los anteriores.
– No te vuelvas –me dice el Cholo–. Será un espejismo. Esto es hielo y refleja lo suyo.
No hago caso del caníbal y giro la cabeza para descubrir la razón del ruido. Un coche casi enteramente destrozado traquetea tras nuestros pasos. En el capó lleva enganchado de mala manera un alce, posiblemente víctima de un tropiezo accidental. Antes de que pueda explicarme la razón de esta paradoja espacio temporal, escuchamos una voz que nos reclama, precisamente a nosotros, ayuda.
– ¿Podéis empujarme un poco? Sólo hasta el control, quedan dos kilómetros para terminar el tramo cronometrado.
Tengo ante mí a un personaje que me resulta conocido, pero no acierto a recordar a ciencia cierta su identidad. Además, sigo haciéndome cruces sobre la presencia de alces cerca del polo Sur, ya que el parque temático sólo incluía osos. El Cholo se gira también al escuchar los lamentos del piloto.
– No sé de dónde salió este bicho, yo iba en cabeza. Soy un conductor experto, con muchos ralis Paris-Dakar a mis espaldas.
– Es mala suerte, hombre –le anima el Cholo sin dejar de mirar con lascivia los restos del alce chamuscados. Son unos cuantos kilos de carne ya preparada.
Decidimos ayudar al buen señor y entre los dos nos estrujamos los sesos para poner de nuevo en funcionamiento el vehículo. El Cholo no es mal mecánico y tiene más sesos que yo, aunque a mitad de digerir. Con el motor carburando, aunque despacio, nos ponemos en ruta. La civilización está más cerca. Confiado, lo celebro masticando una de mis últimas varitas de merluza. El alce estaba demasiado pasado de fuego para mi gusto. También he colgado los restos de santa Gerasina del retrovisor para evitar males mayores y es que este tío conduce como un poseso.

Con bastantes apuros hemos llegado al final del tramo cronometrado.
Ya es de noche y no queda ni el Tato, si es que ha venido. Y eso que apenas hay cuatro horas sin sol por esta época veraniega en la Antártida, pero nos acompaña la mala suerte sentada al volante. Así que nos acurrucamos dentro del coche como buenamente podemos para echar una cabezada y esperamos a que amanezca y vuelvan los organizadores de la carrera. A primera hora –alrededor de la una, obvio– oigo el rugir de los motores. O quizá sean los osos, porque de tan poco dormir y menos comer me estoy volviendo algo paranoico. Pero el Cholo me confirma que se está desplegando el campamento móvil y que tanto pilotos como mecánicos e ingenieros están poniendo a punto sus bólidos. El gran circo ambulante ha vuelto a la vida y la reinventada París–Dakar–Polo Sur está en su momento álgido. Varios helicópteros sobrevuelan nuestras cabezas sin perder detalle de lo que aquí ocurre para retransmitirlo a ansiosos telespectadores sentados a miles de kilómetros de distancia. En esas estábamos cuando se me ocurre que quizás podrían hacernos un favor y buscar desde el aire a Juanillo, que no debe de andar muy lejos. Por intentarlo no pierdo nada.
– ¿Españoles? ¿Perdidos? –me pregunta uno de los encargados de la seguridad cuando me dirijo a él. Me pide que espere, o eso creo entenderle, porque mi inglés apenas me llega para pedir un relajante café con leche en Madrid. El vocablo ‘churros’ no tiene traducción conocida, apunto aquí.
Hace una llamada por su teléfono móvil y casi de inmediato uno de los helicópteros gira y desaparece por el horizonte. Al cabo de unos quince minutos está de vuelta.
– ¿Ese Juanillo viste de frac? –vuelve a preguntarme tras hablar con el del helicóptero.
– No. Lleva el uniforme de respeto, así que no se pase –le contesto algo airado.
– Pues entonces no es él. Lo que han visto los pilotos será posiblemente un pingüino alejado de la manada –replica el guarda–. Será mejor que se vuelvan por donde han venido, si es que pueden.
Y sonríe maliciosamente. Nuestro coche está bastante perjudicado y no tiene pinta de poder arrancarse nunca jamás. Y nuestro compatriota es un baño de lágrimas. Procuramos consolarlo –inútilmente– y decidimos abandonarlo a su suerte, que intuimos no será buena, pero puede intentarlo otra vez el año que viene. La gente es muy mala y seguro que le pagan otra carrera, sólo sea por reírse.
– Vámonos ya –me apremia el Cholo.
– ¿Y Juanillo? –le pregunto.
– Se lo habrán comido los osos hace días. Es lo habitual por aquí, ¿no?
Le doy la razón moviendo la cabeza afirmativamente. Además, la decisión de abandonar la concentración deportiva española y unirnos a los científicos estadounidenses ya estaba tomada. Echamos a caminar con los esquíes al hombro. A los pocos pasos, uno de los coches de la competición se detiene y abre las puertas traseras de forma automática. Entendemos que es una invitación a subir, así que no preguntamos nada y nos acomodamos en el habitáculo. Los pilotos no hacen gesto alguno pero uno de ellos nos tira una cáscara de plátano a la cara. El otro le imita poco después. Como no tenemos ganas de pasar frío y queremos llegar pronto a nuestro destino, de momento dejaremos pasar la afrenta. Luego ya veremos.

2015-11-30 20:11 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo V

He desembarcado con mi equipaje en isla Livingston, situada en las proximidades de la costa antártica, el día primero de noviembre del presente. El petate que me acompaña no ha cambiado mucho respecto al que preparé en el lejano Madrid. Allí siguen, además del almidonado vestido de almirante infantil camuflado por mi amada madre, unos cuantos libros, mi portátil, la reliquia de santa Gerasina, que igualmente me ocultó mi padre para protegerme en la travesía –envuelta en un precioso hatillo, y que tan buenos servicios prestó durante el dantesco paso del estrecho–, y ahora también una bonita tarjeta, firmada por toda la tripulación del Findus como recuerdo de mi paso por su cocina. «Al Zine, un mago con la varita», han escrito todos en plan cachondo, empezando por el bueno del chino Chang y terminando por el afable capitán Malaspina, que ha intentado sin éxito confiscarme los huesos carpianos de la citada santa antes de mi marcha definitiva. Le he dicho que nones, pero se ha quedado contento con el extra de rebozado que le he dedicado en la última freidora. Bien escondidos de miradas indiscretas –y perfectamente envueltos en periódicos deportivos de muchos colorines–, llevo también en la mochila algunos de mis ejemplares preferidos de nematodos debidamente enfrascados. De momento sólo dispongo de estos para proseguir con mis estudios biológicos, aunque saldré en busca de nuevos y raros especímenes tan pronto como me sea posible. Siempre y cuando los previsibles duros entrenos me lo permitan.

Conmigo desembarcan igualmente del Findus el resto de integrantes de la selección olímpica. Elegidos por el cielo para alcanzar la gloria en venideras hazañas, a buen seguro en desigual competencia contra foráneos titanes. Todos nos uniremos de inmediato a los compañeros ya concentrados desde hace semanas en estos lejanos parajes. La olimpiada invernal se acerca, y no hay tiempo que perder ni gasto en el que reparar para lograr tan formidable empeño, porque las medallas sólo son patrimonio de los mejores. Como Capdevilla, mismamente, cuyo nombre me he tatuado en el lateral del brazo derecho –donde corresponde– para evitar males mayores. He disimulado esta grabación con algo de tradición marinera. Así, he añadido junto al nombre del héroe de la banda diestra un corazón con la frase «Amor de padre» porque, de momento, es el único de la familia que me ha sacado las castañas del fuego. Mi madre me negó la tabla de planchar y ésa es una de las principales razones por las que llego aquí bajo de forma. Me enervo cada vez que lo pienso vestido con este minúsculo traje de florido gondolero. Rabiarás con la foto, mamá, te lo juro.

En isla Livingston está ubicada la casi abandonada base científica Juan Carlos I, en la que se hacinan en condiciones extremas los últimos becarios que pudieron llegar hasta aquí y que, tal vez, nunca podrán regresar a su querida España. Y también la modernísima y recién inaugurada base Capitán Fernando Hierro, donde yo viviré. Aunque su denominación militar pueda llamar a engaño, se trata de un complejo para la práctica deportiva sin parangón en el mundo. Una auténtica ciudad en medio del hielo. La presencia nacional en estos lejanos parajes se completa con la también base militar del Ejército de Tierra en la pequeña isla volcánica de Decepción, la bautizada con el egregio nombre del simpar marino Gabriel de Castilla.

Imagino que sólo desde el aire será posible hacerse una idea de la magnitud de estas construcciones. Esto no es una ciudad corriente. Aquí se extiende una inacabable megalópolis, en comparación con la cual las fabulosas Atlantis y Lemuria se me antojan ridículas aldeas; durante kilómetros sin límite se extiende en cualquier dirección un laberinto de titánicas torres, columnas ciclópeas, grotescas estructuras de piedra maciza, muros, puentes y nervios de vidrio y acero que unen, de modo siniestro y amenazador, el complejo entramado olímpico.

– Se nos ha ido un poco la mano con las zonas comunes, pero ya está hecho –nos explica el Secretario de Estado para el Deporte mientras recorremos las instalaciones–. Sobraba terreno por todas partes –se justifica–. Así que dejamos trabajar al arquitecto a sus anchas. Nosotros sólo queríamos un edificio emblemático, de esos blancos llenos de pinchos tan monos que suele hacer, pero al final quedamos muy satisfechos con el resultado a pesar del ligero sobrecoste.
– ¿Y no está de más el aire acondicionado? –pregunto ingenuamente, ante la inquisidora mirada de mis supuestos compañeros deportistas. Estoy completamente helado y está trabajando a tope. Hace más frío dentro que fuera.
– Nunca se sabe. La calidad de la infraestructura ha previsto cualquier contingencia –me replica el político–. ¿O es que no has oído hablar del cambio climático, comulgante? Puede ocurrir en cualquier momento y fundir todo este hielo. Debemos confiar en nuestros científicos.
Lo miro y me santiguo de forma instintiva, igual que suele hacer mi padre.

Mis primeros días en la Antártida no puedo calificarlos sino de tranquilos, a pesar del duro trabajo físico que conllevan los interminables entrenos en la nieve. Además, por mor de las extremas condiciones de vida en este lugar y también por la escasez de personal y medios, los novatos tenemos que hacernos cargo de muchas de las labores de mantenimiento de la base deportiva. Aunque sé que el ejemplo no servirá de mucho, puesto que ya es cosa del pasado lejano, diré que la organización, la logística, y todo lo relacionado con la intendencia en este lugar se asemeja a lo que antaño se denominaba 'Servicio Militar', leva obligatoria de jóvenes abolida a principios de siglo cuando yo nací. Teniendo en cuenta mi reciente experiencia en el Findus, he sido destinado a cocinas nada más llegar a la Fernando Hierro. Aquí sigo preparando varitas de merluza de casi todas las formas imaginables, porque se conservan bien al fresco y, además, porque no hay otra cosa más a mano.

Los tubos de halfpipe se encuentran en uno de los pabellones a las afueras del formidable complejo. El Secretario de Estado se ufanó al calcular una extensión total aproximada de más de seiscientos campos de fútbol y, si esto es así, yo debo de tener mi lugar de entreno en el tercer anfiteatro del campo quinientos noventa y cinco. De un tirón llego ya cansado, así que me paro de tanto en tanto para ver practicar otras modalidades deportivas de camino. Y me entretengo.

Hoy he descubierto un deporte nuevo para mí, aunque supongo que no sería novedad para cualquier antepasado cavernícola de la época glacial. Básicamente, se tira una piedra –y se esconde la mano, cosa que tiene su malicia–, y se rompe el hielo. No se trata de ligar, sino de pegarle a otra piedra, y así hasta aburrir a los pingüinos. En los intermedios de este impagable festival de risas y diversión, un empleado –imagino que un becario investigador, por lo desastrado que luce–, limpia la pista con una escoba hasta dejarla brillante como una patena. Y tiene que hacerlo sí o sí, aunque no haya sudado ninguno de los competidores.

Hay ocasiones en las que, sin saber por qué, a uno le da por arrancarse por palmas. Algunos le llaman duende, otros lo denominan arte y yo, simplemente, le llamo frío que jode. El caso es que como yo era el único espectador en la grada, y la cúpula de cincuenta metros de altura de este pabellón auxiliar resuena lo suyo, todos han vuelto su mirada hacia mí. Así que no me ha quedado otra que bajar a saludar a mis compañeros de selección.

– Parece duro esto, ¿no? –pregunto por educación al tiempo que voy chocando en alto sus palmas con la mía. Por educación y porque así me las caliento, que tonto del todo no soy.
– Duro, muy duro –me responde una jugadora entre fingidos jadeos–. Pero lo hacemos lo mejor posible. Dejamos todo en la pista cada vez que jugamos.
No respondo a eso y miro la mencionada pista. Limpísima. O no han dejado tanto como dicen o el realmente bueno es el limpiador. Mi siguiente pregunta es para él.
– ¿Merengue o colchonero?
– Del Rayo –me contesta guiñando un ojo–. El truco ha funcionado. Es la forma que utilizamos los investigadores para identificarnos entre nosotros sin ser descubiertos. Luego intercambiamos un mensaje en código morse –él dando golpes con su escoba, yo palmadas en la frente como si intentara recordar el nombre del lateral derecho– para vernos al final de la tarde. Los demás piensan que somos gilipollas, pero no vamos a sacarles de dudas. Seguimos fingiendo durante un rato.
– ¿Cómo va el partido? –pregunto.
– Dos a cero –responde.
– ¿Y quién gana? –continúo.
– Los que llevan dos –afirma convencido.
Pongo cara de interés y prometo a todos volver cuanto antes para aprenderme bien las reglas.
El jugador de ‘curling’, que es así como se denomina al juego de las cavernas que acabo de describir, responde al apelativo del Cholo. Su nombre real es Miguel Cervantes, pero prefiere no usarlo en público por razones que todo el mundo entenderá. Es doctor en astrofísica y trabaja en un experimento internacional de búsqueda de pruebas de polarización de la radiación cósmica del fondo de microondas. Para comer tiene que fregar suelos.

Uno de los concentrados ha desaparecido esta noche. Este suceso nos llena de inquietud, alterando nuestra tranquila existencia. Los directivos de la federación están muy preocupados, no en vano el fornido rubio Juanillo Henriksdal –de madre sevillana y padre reponedor en el Ikea de la capital andaluza– es uno de los deportistas más prometedores de nuestra escuadra, estando considerado por toda la prensa especializada como un fijo del plantel para entrar en la lucha por los metales. Juanillo no ha pasado por el control de avituallamiento mientras se entrenaba en su especialidad de esquí de fondo. Reunido durante toda la mañana el cuerpo técnico, se ha decidido no comenzar la búsqueda hasta dentro de dos días. Es posible que esté entrenando más al fondo aún, y si llega al polo Sur no será bobo y suponemos que se dará la vuelta. Además mañana hay Champions en la tele todo el día y no hay que sacar las cosas de quicio.

2015-11-23 20:11 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo IV

Llevo varios días en alta mar, embarcado en el singular buque Findus. El barco ha puesto rumbo a los ricos y rentables caladeros de merluza descubiertos hace unos años junto al archipiélago de las Shetland del Sur, situado en el mismo Sur del Océano Atlántico y al Sudeste del Cabo de Hornos, mi destino final. Como consecuencia del Tratado Antártico, se asignó a España la posibilidad de asentar instalaciones no militares en este continente, en concreto en las islas Livingston –la segunda en tamaño, después de la Rey Jorge– y Decepción, que son dos de la decena que forman este archipiélago situado a escasos kilómetros del gran bloque de hielo. El Tratado en sí es papel mojado. Antes de salir por la puerta todos los firmantes ya habían plantado una base militar. Maricón el último y más si la tiene pequeña. Los norteamericanos tienen en la vieja MacMurdo a más de cuatro mil hombres –y alguna mujer, imagino–, y los argentinos a otros tantos y tantas, reclamando ingenuamente la soberanía de los miles de campos de fútbol de agua helada desde hace una buena pila de años.

La travesía no se prevé exenta de dificultades, aunque las excelentes prestaciones de la moderna maquinaria del navío, unido ello a la pericia de la tripulación en este tipo de viajes, hacen que la tranquilidad reine entre todos nosotros. La única preocupación del capitán, del que me he granjeado su total confianza nada más ponerme a sus órdenes, son los problemas que puedan causar los deportistas olímpicos. Están más excitados y violentos de lo que acostumbran, posiblemente debido a alguna partida adulterada de vitaminas sintéticas o por la misma tensión de la importante competición que se les avecina. Malaspina no es la primera vez que tiene que hacer este tipo de transportes, obligado por la compañía congeladora, que sabe lo mucho que gustan sus productos en las habituales recepciones de deportistas organizadas por Zarzuela. Casi acabamos de salir y no ve el momento de llegar y dejarnos a todos –a los citados olímpicos y a mí mismo que, a mi pesar, no dejo de ser uno de ellos como así consta en mi documentación oficial– en las frías tierras polares. El trabajo de pinche me resulta sencillo y el simpático cocinero chino tiene paciencia conmigo, aunque he chamuscado docenas de valiosas varitas. Pero le voy cogiendo el tranquillo. Al menos ya he aprendido lo que significa emplatar.

Ya son dos las semanas de travesía, y de momento han transcurrido sin mayores novedades. El tiempo está calmado y también los ánimos de los deportistas abordo, que prácticamente no salen de sus camarotes si no es para leer el Marca en la cubierta, tumbados en sus hamacas, momentos que aprovechan los fisios para poner a punto sus delicados muslos. El trabajo en la cocina es aburrido por lo que he intentado cambiar los gustos del pasaje con alguna innovación en el menú –como añadir un par de huevos fritos al pescado, recordando viejos tiempos–, pero no he tenido éxito. Estoy empezando a pensar que estos hombres viajan precisamente en este barco por el único placer de poder comer varitas de merluza recién pescada. No sólo las comen con fruición, sino que incluso organizan concursos de construcciones con ellas. Resulta conmovedor contemplar una exacta reproducción a escala de la Sagrada Familia –primer premio, Pascual Escualo, contramaestre– cuando se está tan lejos de casa. La plasticidad de la merluza para el modelado es sorprendente para aquél que la desconoce. Para Pepe, con el que solía compartir buena parte de mi tiempo libre, que es mucho, el concurso ha sido un fracaso y a la vez una tragedia. Hacer bolas de pescado con la boca no es propio de hombres, sino de niños, según ha resuelto el jurado tras una difícil deliberación no exenta de polémica. De nada le ha servido presentar el certificado médico de inútil total –además de manco tiene los pies planos–, intentando evitar su nominación y consecuente expulsión. El capitán ha mostrado su lado más oscuro, ha cedido a las presiones de los otros mandos de la marinería, y le ha obligado a volver a puerto embarcado a solas en un bote. Creo que no llegará muy lejos remando en círculo.

Las singladuras se suceden y hoy hemos hecho nuestra primera y última escala. Con el fin de reponer provisiones y pisar tierra firme, amén de visitar prometedores burdeles –no sólo de merluza puede vivir un hombre–, pasaremos dos días en Ushuaia, la ciudad más al sur del continente americano. Ushuaia es un lugar extraño, de aspecto lúgubre, a pesar de la reinante claridad. Nos encontramos ahora al comienzo del verano austral y el sol no se oculta hasta las once de la noche, para aparecer sólo cinco horas después. Este fenómeno tiene rebotados tanto a la tripulación como al pasaje, acostumbrados como están a largas farras nocturnas. Aunque está situada a más de tres mil kilómetros de Buenos Aires, la pasión por el deporte del balón es similar. Hemos dedicado toda la tarde a jugar con los lugareños. Como no se acababa nunca la luz y, por consiguiente, el partido, alternamos las patadas al balón con puñetazos en partes blandas mientras nos mentábamos hasta cinco generaciones de nuestros respectivos árboles genealógicos. En el descanso, tumbado en el banquillo, he conseguido averiguar gracias al arquero rival que, en realidad, estoy enamorado de mi madre y que por eso he emprendido este largo e incierto viaje en la búsqueda de mi yo emocional. Entre sollozos y vestido con mi traje de comunión he prometido a mi psicoanalista llevarla conmigo a Zarzuela si se presenta la ocasión. Aunque sea disfrazado de repartidor de Pescanova y no de medallista.

Media ya el mes de octubre cuando el práctico del puerto de Ushuaia guía al Findus por el canal de Beagle, a un lado Chile, al otro Argentina. Casi seis horas de navegación hasta encontrarnos en mar abierto, en aguas del estrecho que separa el continente americano del antártico y que une el océano Atlántico con el Pacífico. Dejamos atrás el paralelo 50 camino del 60, el que marca el comienzo de la Antártida. El tiempo era bueno y la mar parecía el culito de un niño, en palabras de un rijoso marinero que ya ha cruzado este estrecho más de una docena de veces. Cuando todo parecía conseguido, y sin previo aviso, las olas comenzaron a levantarse por encima de los siete y ocho metros, sacudiendo al Findus como una marioneta. La aguja del inclinómetro marcaba una escora de más de cuarenta grados consecuencia del embate de las olas y vi gente llorar, vi gente rezar, vi gente correr. Yo hice lo propio, y al tiempo que rezaba corrí a mi camarote a lágrima viva, hasta encontrar un pequeño paquete que mi padre –que no iba a ser menos que mi madre– había colado de contrabando en mi equipaje. Ya con este asunto liado entre los dientes fui a compartirlo con el capitán. Malaspina, que estaba de los nervios, recuperó en ese mismo momento su pachorra habitual. Al son de Bob Marley saliendo a todo volumen por los altavoces varió ligeramente el rumbo mientras atravesábamos el terrorífico paso de Drake. Aferrado sonriente al timón y con su inconfundible e inseparable varita de pescado rebozada asomando por el bolsillo de la chaqueta. Una vez superados los imponderables de la ruta de las primeras estribaciones antárticas, llegamos al mar de Brandsfield, en el que nos esperaban aguas más tranquilas y el imponente espectáculo de una catedral de hielo.

– ¿Qué te parece si para celebrarlo les rebozamos a la tripulación hoy dos veces el pescado para la cena? –me ha preguntado Chang, apoyado conmigo en la borda del Findus, embelesado como yo por el fascinante paisaje helado que tenemos ante nosotros.
– No sería mala idea –he contestado–. Doble de pan, doble de huevo, pochamos, reposamos, aliñamos, freímos, emplatamos y servimos aún bien calientes.
– Me gustas, Zine. Tienes iniciativa –me ha dicho el chino llamándome por mi nombre, en perfecto castellano–. Deberías dejar de preocuparte por las enfermizas costumbres reproductivas de esos gusanitos marinos que estudias, y empezar a pensar en dedicarte de lleno al negociado del marisco y su variada gastronomía. Fíjate en esa tropa –añade, refiriéndose a los olímpicos–, y en cómo se llenan los carrillos con ellos sin acusar el cansancio ni las agujetas producidas por la ingesta masiva del ácido láctico contenido en tanto crustáceo.
– Te refieres, intuyo, al ácido úrico –comienzo a corregirlo–. Y los nematodos no son unos gusanos cualquiera. Son redondos, de cuerpo alargado y cilíndrico pero no segmentado, con una clara simetría bilateral. Y respecto a su reproducción, te diré que con frecuencia el macho tiene un extremo posterior curvado o helicoidal con espículas copulatorias. Los órganos reproductores son en proporción a su cuerpo muy grandes y complejos. En el macho nematodo están formados por testículos, vasos deferentes, vesícula seminal y conducto eyaculatorio…
– Para ya, Zine, que te vienes arriba y te olvidas de lo fundamental –me interrumpe–. ¿Has repasado ya la alineación?
– Joder, no –exclamo, mordiéndome el labio inferior–. Casillas, Ramos, Piqué, Puyol…
– Capdevilla –me ayuda.
– Sí, ése. Capdevilla –y continúo–: Alonso, Busquets, Xavi, Pedro, Villa y…
– ¡Iniesta, joder! ¿Quién si no? –Chang se irrita–. Te van a atizar esta noche otra vez. No digas que no te lo advertí.

Resoplo. En efecto, cada noche se repite la misma cantinela. Después de repartir las viandas, todos los deportistas desplazados hasta aquí tienen la obligación de recitar como un mantra la alineación campeona del mundial de fútbol de 2010 a modo de acción de gracias, y yo, obviamente, con ellos. Ayer me pillaron silbando porque me atasqué con el puñetero lateral derecho. Y me zurraron, claro. Huelga recordar aquí que la tripulación, desde el más humilde marinero hasta el mismísimo capitán Malaspina, se abstiene de cualquier intento de mediar en asuntos de vestuario. Además de la paliza tengo que lavar los trapos sucios allí, como si tuviera poco con los platos pringados de aceite que Chang no deja de apilarme.

Aprovecho ahora para escribir un poco acerca de mí. Al menos, para presentarme.
Me llamo Zinedine, aunque todos me conocen por la apócope de Zine. Zinedine María es mi nombre completo. Vine al mundo con el siglo, el año 2001. Otro rato explicaré por qué mis padres me hicieron esto, pero supongo que es fácil hacerse una idea de los gustos y devociones de mis progenitores. Mi padre es muy creyente y mi madre no se quita la camiseta blanca ni para ir a un entierro. Ella dice que es por el frío, pero mi hermano pequeño se llama Iker. Pensando en esto me vuelvo a replantear el asunto del presumible posado familiar en Zarzuela. Al fin y al cabo, el argentino era un charlatán que sólo buscaba mi plata.

2015-11-16 12:09 | Categoría: | 1 Comentarios | Enlace

Capítulo III

– ¿Cuándo zarpa ese barco del que me hablaste ayer, comemierda? –le he espetado al sosias de Popeye nada más cruzármelo en el puerto. Odio las espinacas desde niño, pero él agradece con una sonrisa desdentada el piropo cartagenero. Nuevamente el marino ha sido parco en las explicaciones.
– Un par de días, a lo sumo. En cuanto terminen de descargar la merluza –me contesta–. Para embarcarte tendrás que hablar con el Moro y convencerlo, y eso no te saldrá barato.

He deambulado por allí durante toda la tarde en busca del sujeto indicado por el fornido personaje. El ambiente bullicioso invitaba al paseo. La actividad era febril en torno a dos buques de la Armada, otrora invencible y ahora reducida a unas pocas fragatas desvencijadas cuya única misión oficialmente asignada es la de escoltar las frecuentes regatas en las que siempre toman parte los desocupados y numerosos infantes. Cerca de allí he reparado en un barco diferente. Un combi cuatro estrellas con dos motores de funcionamiento independiente, arcón congelador, distribuidor de hielo y panelable. No puede ser otro que el magnífico frigorífico Findus, el barco más moderno de la flota de Pescanova. Me he encaminado hacia él, con la esperanza de encontrar en sus proximidades al misterioso moro que pueda solucionar mis problemas. Un marino del moderno navío me ha dado razón de este individuo. Se había ido de putas pero mañana tiene turno de faena todo el día.

He vuelto a pasar la noche en el mausoleo. Casi no he podido dormir por culpa de los numerosos visitantes, que no dejan de acudir a cualquier hora del día o de la noche para venerar los restos incorruptos del famoso escritor, restos que flotan ingrávidos en un gran cilindro de material transparente. Llaman especialmente la atención sus enormes huevazos. Sorprendido yo también del tamaño fuera de lo normal de sus atributos viriles, me he unido a sus plegarias hasta que ha despuntado el día. De nuevo en el puerto, he preguntado discretamente a un joven que comenzaba su jornada en el Findus si conocía a un individuo de aspecto magrebí, tez oscura y cabellos ensortijados y negros, y que respondiera al apelativo del Moro. El muchacho, alto y rubio pero de complexión frágil, más tenía el aspecto de un fracasado proselitista mormón que de un descargador de merluza, aunque su camiseta a rayas horizontales y, sobre todo, el tatuaje de dos gaviotas en vuelo en su antebrazo derecho delataban su inmunda condición. Respondía al común nombre cristiano de Pepe. En su antebrazo izquierdo no había tatuaje alguno, supongo que por falta de espacio en el muñón que le colgaba. También las cajas de teleósteos –vulgo merluzas, y es que me puede la deformación profesional– que apilaba dificultosamente, daban cuenta de su anodina actividad diaria.

– ¿Preguntas por el Moro? –ha contestado a mi pregunta con otra el citado sujeto.
– Sí. Necesito hablar urgentemente con él.
– ¿Otro científico? –ha vuelto a preguntar sin apartar la vista de su gélida carga.
– Pues… sí –he dudado en la respuesta–. Supongo que ya puedo denominarme así.
– El precio habitual para embarcar es de una córnea. Si no hay calidad, y veo que tú llevas gafas, entonces tienes que desprenderte de un riñón. La operación es limpia y segura, no tienes de qué preocuparte.
Reconozco que me preocupé. Pero no todo estaba perdido, pensé.
– Quiero hablar con el Moro. No admito intermediarios –le he chuleado.
– Lo tienes delante de tus podridas córneas, maldito bergante chupapollas –me ha respondido utilizando correctamente la conocida jerga cartagenera. Mi imaginación esperaba a alguien tomando el té en chilaba y babuchas sobre una alfombra, apuntando nombres de desgraciados como yo en una lista de viajeros de derecha a izquierda. Me ha explicado cortésmente que estaba empezando, y que por tanto necesitaba un nombre de guerra para impresionar.
– Ya sé que cuesta empezar. Dímelo a mí –le he dado la razón, con la secreta esperanza de conseguirle arrancar un poco de lástima y compasión hacia mi persona.
– No me gusta mi trabajo, no soporto ese maldito olor a pescado. Ni los tiburones. Por eso intento dejarlo –me ha explicado agitando su ya inexistente extremidad superior siniestra–. Yo antes era como tú, un jodido investigador sin futuro.
– ¿Te estás quedando conmigo, maldito lisiado? –he preguntado sorprendido, sin perder la compostura propia de una educación pobre en sabores pero rica en saberes.
– Aquí donde me ves, soy doctor en cirugía oftalmológica. Pero hasta hoy sólo he practicado con los besugos, que son de ojos grandes y saltones. Y es fácil entrenarse con ellos.
– ¿Y pican muchos?
– No, no creas. Nadie se atreve a dejarse operar por mí. Supongo que trabajar con sólo un brazo no inspira confianza. El colega nefrólogo tiene más negocio. Y buenos contactos en el mercado negro.
– Me refería a los besugos, pero te agradezco igualmente la información.
– Entonces, ¿cerramos el trato, malparido? –me ha insistido.
– Sigue intentándolo con los besugos. Creo que esperaré otro barco.
Dándole la espalda, he comenzado a caminar hacia la salida. Pero despacio.
– ¡Eh, tú! ¡El cuatrojos! No tan deprisa…
– ¿Puedes ofrecerme algo menos doloroso? –le pregunto girándome hacia él.
– ¿Sabes cocinar?
– Sé freír huevos –y he sido sincero.
– Creo que bastará –ha respondido–. En el barco no se come otra cosa que varitas de merluza, y la fritura es la misma técnica.
– Entonces, ¿podré embarcar? –grito sin poder contener la alegría.
– Déjame que le hable de ti al capitán –me afirma moviendo la cabeza–. Necesitamos un pinche de cocina nuevo, porque el anterior se fue por la borda durante una juerga en el último viaje.
– ¿Se emborrachó y perdió el equilibrio?
– Algo así. Cogió una merluza enorme.
– Me imagino el mareo dentro de un barco, sí.
– No, no te imaginas el cabreo del capitán. Nadie roba en el Findus. Lo largó fuera de una patada en los cojones –añade.
– Seré prudente, entonces.
Mañana a primera hora tengo la entrevista de trabajo con el capitán. Si todo sale bien, zarparé dentro de dos días en el Findus rumbo a mi destino antártico.

Otra noche sin pegar ojo en el mausoleo Pérez–Reverte. Pero salgo de allí con buen ánimo –y buen hambre–, al encuentro del capitán Malaspina. El nombre me resulta familiar y sonoro, supongo que por la clara asociación de ideas con la mercancía que transporta. Este ha resultado ser un hombre tranquilo y afable, muy diferente en trato y maneras al del episodio narrado por Pepe el manco, antes conocido por mí como el Moro. Al contrario que a este, le sobra mano izquierda para tratar con la gente. Me ha invitado a un café caliente acompañado de unos churros de aspecto indescriptible en una taberna cercana, no sin previamente ceder su brazalete de capitán a un compañero antes de abandonar el barco, tal y como marcan las ordenanzas al producirse una sustitución. La Carta Esférica es un local de estilo indefinible, lleno de fornidos marineros que lucen orgullosos su musculatura con los más variados tatuajes grabados en extraños lugares, como Benalcázar, Bañares, Alcocer, Curiel o Burguillos, por ejemplo. Allí un incidente ha perturbado nuestra entrevista. Un grupo de pelanas ataviados con el chándal de respeto de la selección olímpica ha irrumpido en el tugurio exigiendo a gritos sus consumiciones. Los rudos marineros se han apartado prudentemente de la posible refriega, sabedores de que se exponen incluso a penas de cárcel si no respetan a los deportistas. Están especialmente furiosos porque dicen tener que hacer un largo viaje hacia su concentración en un bacaladero, y no en el yate habitual tal y como se estipula en sus contratos de imagen. Para mi desgracia, como me ha confirmado avergonzado entre lágrimas el capitán, serán mis compañeros de pasaje.

2015-11-09 11:22 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo II

Hoy he terminado mis estudios en la Universidad. Comienza una nueva vida para mí. La primera decisión importante que he tomado, ahora que he aprendido a escribir correctamente, ha sido la de llevar un diario de mis andanzas, que espero sean muchas. Aunque la universidad no es ya un lugar tan serio como dicen que lo fue, me hacía falta una titulación cualquiera para conseguir un trabajo y escapar de casa. O eso, o la vida mendicante en los duros tiempos que corren. El panorama que se dibuja ante mí, una vez licenciado en la compleja especialidad de microbiología marina en nematodos abisales, sólo puede definirse como desolador, amén de patético. Pero mi inquebrantable optimismo, mi juventud –todavía no he cumplido los cuarenta–, y mis renacidas ganas de vivir, me impulsan a salir del cálido y seguro nido familiar en busca de inciertas aventuras. Mi principal mentor, don Leandro Rebolledo, un viejo profesor desencantado de las miserias universitarias pero todavía entusiasta investigador, hará lo posible por conseguirme una modesta beca y enrolarme en el buque científico Hespérides. Ojalá lo consiga.

Don Leandro acaba de llamar. Los acontecimientos se precipitan. A uno de los deportistas del programa olímpico se le han cruzado los ligamentos y yo puedo ocupar su lugar si retocamos un poco las fotografías. Un amigo me ha juntado las cejas con Photoshop y asunto arreglado. Es un extenso contrato de tres meses gracias al cual se supone que voy a ir a la Antártida para practicar snowboard, en su puntera modalidad halfpipe, disciplina en la que se nos resisten los metales desde hace décadas, con el consiguiente enfado de Casa Real, que ve en estas debilidades deportivas, antaño triunfales, una prueba más de su decadencia. Don Leandro es un lince, tanto por su proverbial inteligencia y sagacidad para conseguir dinero, como por estar en las últimas, existencialmente hablando. Tengo que incorporarme a la concentración nacional dentro de cinco días en Cartagena, desde donde partiremos deportistas y científicos rumbo al Continente Helado. Casi no tengo tiempo para prepararme. De momento voy practicando con la tabla de planchar en el sofá mientras veo en el reproductor un cursillo acelerado a cámara lenta, valga la paradoja. Al encontrarme de esta guisa mi madre ha empezado a gritar, convencida en sus sospechas del reblandecimiento de mi sesera como consecuencia de tantos años de inútiles estudios de bichos marinos, igualmente blandengues. Tampoco mi padre parece muy entusiasmado con la nueva afición de su retoño, y menos aun viendo el lamentable aspecto de sus camisas. Quiere que le devuelva inmediatamente el sofá, la tele y el mando a distancia. Ver llorar a un padre no es plato de gusto, así que he claudicado ante ellos y ahora prosigo con los entrenos en la bañera, que voy rellenando periódicamente con su espuma de afeitar. Papá parece un pordiosero, con barba de varios días y la ropa hecha un churro, pero puede presumir en la oficina de tener un hijo deportista olímpico. Antes, cuando los compañeros le preguntaban por mí, agachaba la cabeza y decía: «El chico me ha salido microbiólogo marino. Qué le vamos a hacer.» Ahora es feliz y sueña con una foto en Zarzuela junto a mi madre.

He llegado esta tarde a Cartagena en el AVE, ligero de equipaje puesto que mi madre no ha permitido que me llevara su tabla de planchar. Allá ella si se pierde la foto real por autoritaria. La estación murciana lleva pomposamente el nombre de su hijo más ilustre: «Estación Internacional de Ferrocarriles de Alta Velocidad Arturo Pérez–Reverte.» Todo en este lugar lleva su nombre. Las calles se denominan con los títulos de sus novelas más conocidas, sus plazas y rotondas se adornan con bustos, estatuas y monolitos dedicados a su insigne persona. Incluso la gente habla como él, orgullosa de haber nacido en la misma ciudad. Al tomar un taxi para dirigirme a la pensión, el conductor, sin perder en ningún momento su franca sonrisa, me ha preguntado: «¿A dónde vamos, mamoncito de mierda?» No me lo he tomado a mal, pues sé de las costumbres de sus peculiares habitantes. He respondido con pareja cordialidad: «A la pensión Conde–Duque de Pérez–Reverte, en la plaza del mismo nombre, cabronazo.» Ha sido un trayecto apacible a la par que tranquilo, del que hubiera disfrutado plenamente si el taxista no se hubiera empeñado en recitarme de memoria el inmarcesible guion de Gitano. En verso. Ya en la pensión, me he dado una ducha rápida para poder disponer de más tiempo y salir de inmediato a conocer un poco la ciudad y, sobre todo, su gran puerto, donde se supone está atracado y listo para zarpar mañana conmigo a bordo el otrora formidable buque Hespérides. Pero no he podido dar con él. Tal vez debido a la poca luz, dado lo avanzado de la tarde. Botado en el año 1990, dicho navío tiene que estar ya para pocos trotes, pero se mantiene operativo y a flote en virtud del Tratado Antártico, del que España es miembro consultivo. Perder influencia en la zona sería catastrófico para las renacidas aspiraciones olímpicas de Madrid. La relación causa–efecto no está muy clara, pero a los escasos pero astutos científicos no se les ha ocurrido argumento mejor para sobrevivir que alegar la importancia estratégica de un tratado como el citado, de numerosas a la par que clarísimas implicaciones con la promoción olímpica. Los políticos nunca pondrán en duda las opiniones de personas con el graduado escolar aprobado. Como digo, la supervivencia del conocido como Buque de Investigación Oceanográfica Hespérides es una razón política y, por tanto, de todo punto incuestionable. Con capacidad para realizar actividades multidisciplinares, el navío ha surcado los siete mares –incluidas aguas polares con hielos someros de verano–, y ahora se dispone a comenzar su trigésima tercera campaña antártica. Durante todos estos años ha llevado a buen puerto –valga la expresión para un barco– serias investigaciones sobre corrientes de hielo en el margen pacífico de la Península Antártica, sobre circulación y batimetría en el entorno de la corriente circumpolar, o trabajos no menos importantes de botánica, radiación austral, agujero de ozono, geodesia, vulcanología o zoología de ecosistemas acuáticos, por ejemplo. Los nervios me impiden conciliar el sueño pensando en la leyenda del navío que me acogerá las próximas semanas, y el cansancio no basta para rendirme. Mañana será un gran día y tengo que estar bien despierto para disfrutarlo, así que abro la mesilla de noche buscando una Biblia reparadora, pero sólo encuentro un ejemplar de La tabla de Flandes. Cuando el sopor comienza a invadirme cierro la novela y termino este resumen diario.

El despertador ha sonado frenéticamente al punto de la mañana. No he tardado ni quince minutos en recoger mis cosas, abonar la magra factura de la modesta pensión y salir hacia mi destino, tal es mi ansiedad. Con las primeras luces del amanecer resulta imponente la gran imagen del prócer amarrado a un enorme timón, aguantando los embates de un tremendo huracán bajo el fuego enemigo en Sarajevo, treinta metros de altura en bronce fundido a la entrada del puerto que, como todo en Cartagena, lleva su nombre. Otro taxista me ha traído hasta aquí junto con mi pequeño petate. Aunque no lo suficientemente pequeño como para que mi madre, a mis espaldas, haya añadido un par más de calzoncillos y el olvidado traje de mi primera comunión. «Por si te hace falta en alta mar, mi marinero», dice una pequeña nota que apareció en el bolsillo de la chaquetilla. Definitivamente, si hay foto con sus altezas será sólo con papá. El citado conductor se ofrece a acercarme al mausoleo si dispongo de tiempo, donde puede visitarse el cuerpo criogenizado del santo varón: «Merece la pena, hijoputa. En esta época del año está lleno de peregrinos venidos de todo el mundo.» Declino amablemente la oferta, le mento igualmente la madre como es aquí obligado, y me despido.

Pero el barco no está.

Al rato de vagar inútilmente por el puerto, y viendo que el tiempo se me echaba encima sin encontrar el Hespérides, me atrevo a preguntar a un rudo trabajador de la mar que paseaba ociosamente por allí acerca del paradero del barco. El sujeto me mira de arriba abajo con aspecto divertido y luego comienza a reírse a carcajada limpia. Le hubiera atizado de no ser porque conozco el mito de Popeye, que rápidamente asocio al instinto básico de supervivencia. Por lo que parece –según me ha explicado el marino no sin antes orinarse encima como consecuencia de la supuestamente graciosa pregunta–, el tal buque hace más de dos meses que yace hundido en la bahía cartagenera. La noticia no ha salido todavía a la luz, por las antedichas razones de la estrategia política y porque el COI continúa sin decidirse entre Madrid y Buyumbura. Sin perder la compostura –aunque ya clara presa del desánimo–, le he preguntado si él conocía alguna manera para poder viajar a la Antártida, con la esperanza de que pudiera echarme un cabo, nunca mejor dicha la metáfora entre marinos que somos. Su escueta respuesta ha sido que, o bien iba nadando, lo que no era muy aconsejable dada la distancia y la temperatura del agua, o bien me colaba de polizón en el buque congelador de Pescanova. He sopesado rápidamente las opciones. No tengo ya dinero ni forma de conseguirlo. (Excepto si practico innombrables acciones en un local de alterne cercano que mi interlocutor me recomienda vivamente, puesto que él es cliente habitual. Por supuesto declino su invitación.) A pesar de todo estoy decidido a volver mañana al mismo lugar del puerto a buscarlo, con el deseo de encontrarlo ya aliviado y con calzoncillos limpios, que yo mismo le podría proporcionar, en su caso, pues ando sobrado de dichas prendas.

Hoy no me queda otra que hacer noche en el mausoleo.

2015-11-03 13:59 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Capítulo I

He regresado vivo del infierno. Y voy a contarlo.

Incluso hoy, pasados ya varios años desde mi vuelta de las regiones polares, los recuerdos son tan vívidos que ni el sueño más profundo inducido por los médicos que me atienden –y que no dejan de intentar a diario que descanse al menos durante unas pocas horas–, logran que olvide o tan siquiera amortigüe los terribles sucesos que una y otra vez golpean mi cerebro. Y cuando consiguen que cierre los ojos la pesadilla renace con mayor virulencia, como si mi cabeza no tuviera ya voluntad propia, subyugada a una fuerza superior desconocida, y como si se negara a que todas las experiencias vividas y padecidas en la Antártida me abandonasen. Han tomado posesión de mi cuerpo y de mi voluntad, y dudo que fármaco alguno pueda conseguir ya que un incierto día me reinserte de nuevo cuerdo en esta sociedad donde, siendo muy joven, partí lleno de inquietudes hacia el continente helado en busca de conocimientos, aventuras y algo de fortuna.

Apenas son seis metros cuadrados. Y un jergón.

La exigua habitación en esta institución psiquiátrica donde me encuentro internado no da mucho de sí, pero supongo que a nadie le importa. Si ellos supieran… Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué. Y yo era uno de ellos. Hasta que tomé la decisión más terrible de mi vida, ofuscado por los cantos de sirena de convertirme en un gran sabio, en el gran desvelador de los secretos que todavía encerraba la naturaleza. Craso error. Apenas conseguí entreabrir esa enorme caja de misterios helada que todos conocemos como Antártida. Pero lo que vi allí nunca me compensará de los horrores sufridos. Ya no puedo quedarme callado por más tiempo. Y más a sabiendas de que otros pretenden continuar mis trabajos en aquellas hostiles tierras polares, no sin antes advertirles de los inimaginables peligros que correrían. Mi voluntad, aunque debilitada, me empuja a narrarles lo que allí ocurrió.

Me llamarán loco. Y razón no les faltará. Yo ya perdí toda.

Y se burlarán de mí tildándome de exagerado y embustero, de fantasioso. No me importa. Allá ellos si hacen caso omiso de mis advertencias. Yo sólo espero descansar pronto en paz. Los próximos días intentaré poner orden y fechas en mis confusos y amargos recuerdos. Los médicos me han autorizado a ello, puesto que creen que, tal vez, –ya perdidas las esperanzas en los ansiolíticos y tranquilizantes más potentes, y también en los más complejos estupefacientes psicotrópicos sintetizados hasta hoy– esa liberación consiga dejar paso a algo de luz en mi destrozada consciencia.

A partir de mañana podré dictar estas notas a un ordenador.
En ningún caso me será permitido el uso de un bolígrafo o cualquier otro objeto punzante, y ni tan siquiera me veré libre de mi camisa de fuerza si no es en la presencia de un enfermero cuya altura –según se recoge en el permiso redactado para este fin por el director del psiquiátrico– nunca podrá ser inferior a la del armario ropero del pasillo. Tal es la fuerza de mis desvaríos. De esta manera se evitará que pueda atentar contra mi propia vida de forma alguna. Después de cada grabación el mismo enfermero retirará la batería del portátil, puesto que tengo intolerancia tanto al gluten como al litio. Por el contrario, como tolero bastante bien las bofetadas, el director deja al enfermero la potestad del buen uso de las mismas si así lo cree conveniente.

Y todo por ir en la busca de ese maldito libro.
Mil veces maldito. Qué razón tienen quienes desdeñan la existencia de la droga del conocimiento y son felices en la ignorancia, absortos como viven en el subyugante videojuego de última generación, en su idilio con el alcohol de garrafa de incierto origen, o en la absorta contemplación de la inefable tertulia catódica, en la que se discute hasta el paroxismo la posibilidad de discernir la voluntariedad o no de una mano pegada al cuerpo. Con la mano abierta les daba yo, de tenerles a mi alcance y de acompañarme las fuerzas ya irremisiblemente perdidas. Pero estos ágrafos congéneres han demostrado ser más prudentes que yo. Y eso me hace sentirme inferior en mi pretenciosa sabiduría.

Uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Puede que el tiempo sea el juez implacable que da y quita razones. Y puede que no haya peor ciego que aquel que no quiere ver, pero estas frases encierran sólo medias verdades. Son aún más ciegos aquellos que desean, sin atenerse a las consecuencias, ver lo que nunca debería verse. En mis pesadillas nocturnas aparecen sus láminas como claras fotografías. En mi vigilia diurna sus textos ilegibles cobran forma y significado, revelándome ignotos secretos ocultos para los no iniciados. Una vez abierto ya no puede volver a cerrarse. Te atrapa sin remisión y te obliga a seguir leyendo sin poder desengancharte de sus páginas. Palabra tras sílaba, oración tras plegaria, pliego tras folio.

Y en este desquiciante viaje supe del formidable conflicto entre las fuerzas que habitaron la Tierra antes que los hombres, y me di cuenta de que nuestra especie había aparecido en el planeta como el fatal resultado de la cruenta batalla librada entre inmortales seres ancestrales, contrincantes feroces que alteraron el ritmo pausado de la evolución humana haciéndola progresar de forma caótica e impredecible. Sólo somos formas bestiales y deformes lejanamente emparentadas con aquellos más sabios y poderosos. Descendientes fallidos e indignos, esclavos de aquellos seres predestinados para dominar el universo, venidos hasta aquí desde remotos planetas girando en torno a lejanas estrellas incombustibles. Estamos a merced de la voluntad de los dioses Primigenios que habitan entre nosotros desde un tiempo que no somos capaces de imaginar.

Pero volvamos al inicio. Ese fatídico año yo me había licenciado en la universidad. Y nada sabía de otros libros que no fueran mis textos científicos o las excepcionales novelas de Arturo Pérez-Reverte. Todavía.

2015-11-03 13:40 | Categoría: | 0 Comentarios | Enlace

Algunas notas de interés (Introducción)

Comienzo aquí y ahora un nuevo proyecto, seguramente condenado al fracaso y al olvido.

Pero por si acaso obra algún milagro –de ésos que de vez en cuando se hacen virales en internet-, no está de más explicar de qué diablos se trata. Como reza el título (milagro, diablos, rezar, qué religioso me encuentro hoy) se trata de una novela por entregas. La he bautizado –y sigo en plan creyente- de forma apresurada: Aventuras y desventuras de un precario en el fin del mundo.

No suelo escribir en clave de humor, al menos desde hace bastantes años. Aunque bien es cierto que lo primero que publiqué (me publicaron, para ser exactos) era una cosa así de extraña. Se titulaba El libro horrible e hizo honor en todo a su nombre y contenidos. Pero fue una estupenda experiencia de la que aprendí mucho, incluso a juntar algunas letras por encima de la media. Luego vendrían mis novelas serias, la divulgación –sin excesos, unas veces remunerada y la mayoría no–, y colaboraciones en prensa de muy distinta índole. Pero no es éste el lugar ni el momento de contarlo, que ya cosas salidas de mí y de mi sesera se pueden encontrar con profusión en mi otro blog personal El Muro de Planck.

Volvamos a esta desenfadada historia sin final. Lo que tienen ante ustedes es un relato que he ido pergeñando en momentos de ¿lucidez? durante los últimos meses. Siendo sincero, no sé qué hacer con él. Me parece demasiado absurdo –y, posiblemente, demasiado malo– como para hacérselo llegar a mi editora, que se merece algo más trabajado y de fundamento (de todas formas, que esté tranquila, que no sólo escribo tonterías como las de esta página). Y, por otra parte, anido una arrinconada esperanza de que alguien se ría con estas ocurrencias. Que hay gente muy rara por ahí.

Esta es la idea. Con una periodicidad semanal (más o menos) iré subiendo dos o tres páginas de la novela. Lo haré en un formato clásico, es decir, una entrada convencional en este blog de texto plano. Para ello usaré la plantilla y el alojamiento que me proporciona la entrañable Blogalia de mi buen amigo Víctor Ruiz. Llegado el momento podría currármelo algo más y permitir la descarga en algún formato electrónico de lectura, sobre todo si avanzamos en la trama y el personal se pierde en la maraña de entradas. No pretendo mucho más. La narración se encuentra casi parada en mi ordenador –y en mi cabeza– esperando su tiempo y lugar. Así que, simplemente, la pongo a disposición de los posibles lectores en pequeñas dosis. Que, como es lógico, pueden ayudarme con sus críticas y opiniones en los pertinentes comentarios que se habilitan al final de cada entrada. Anímense o me desanimo.

Poco más. Durará lo que tenga que durar. Ojalá les guste.

Enrique Joven

2015-11-03 13:11 | Categoría: | 5 Comentarios | Enlace
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